jueves, 11 de marzo de 2021

La Bestia

 

 


¡¡RECOMPENSA!!

30 MONEDAS DE ORO

Para quien dé caza a la bestia que está matando a las cabezas de ganados de los vecinos del pueblo y a los ciervos del coto privado de caza del Duque.

Los ataques han ocurrido durante el alba de diferentes días.

 

—Eso solo traerá a caza-recompensas sin escrúpulos al pueblo y acabarán con todos los animales del bosque —comentó una muchacha con un tatuaje cerca del ojo derecho que observaba como el alguacil colgaba el cartel que acababa de leer en voz alta para que el mensaje llegase a todos los vecinos de la aldea.

—¡Mejor! —le respondió un hombre ya entrado en años—. Así no perderemos nuestro ganado. Nos llevan a la ruina.

—Pero se acabamos con todos los depredadores, la población de conejos se disparará y acabarán con nuestras cosechas y eso también nos llevaría a la ruina —repuso de nuevo la muchacha.

—¡Eso! Mi familia vive de las cosechas —se escuchó otra voz.

—¡Y la mía! —gritó una mujer enjuta vestida de luto—. Tuvimos que vender la vaca que nos dejó en herencia mi padre para pagar las deudas.

La crispación entre los vecinos comenzó a crecer y las discusiones entre los que pedían defender la ganadería y los que querían defender la agricultura se fueron dividiendo en pequeños grupos que en breve llegarían a las manos.

De la taberna del pueblo salió un forastero que se montó en su caballo. Antes de partir, y llamado por el tumulto, se acercó a la muchedumbre. Se abrió paso con su corcel hasta el letrero, y tras preguntarle a un aldeano que estaba próximo al mismo, se dirigió al resto de los allí congregados.

—¡Yo acabaré con La Bestia! —exclamó para llamar la atención de los presentes. Cuando el bullicio fue disminuyendo, repitió su mensaje—. ¡Yo acabaré con La Bestia! No será la primera ni la más fiera que venzo. Mi nombre es Ralph. Ralph El Norteño me llaman por estos lares.

Se escucharon susurros de aprobación y se vieron gestos de asentimiento. Algunos afirmaban conocerlo y otros decían haber oído de sus trabajos.

—Yo acabé con las Sierpes de Burgo Alto, también me enfrenté al Uro de Portvalley y salí victorioso ante la Hidra de Tavarés. Me pondré a ello esta misma noche. ¡Que alguien me de cobijo para descansar y alimente a mi caballo! —ordenó.

La multitud se fue disgregando ya habiendo olvidado la discusión que tenían unos con otros y poniendo toda su fe en el caza-recompensas. Un joven imberbe conducía el caballo del nuevo héroe local a los establos de su familia, mientras sus padres y alguna de sus hermanas mayores charlaban con él camino de su morada donde le darían asilo el tiempo necesario.

 

Los días y noches siguientes pasaron sin que nada reseñable sucediese en el pueblo ni con sus vecinos, hasta que al amanecer del cuarto día el caza-recompensas hizo acto de aparición en la plaza central del pueblo con un enorme lobo gris, muerto, sobre la grupa de su caballo. Allí ante la admiración y los vítores de los presentes lo alzó sobre su cabeza y lo arrojó al suelo.

—¡Aquí tenéis a La Bestia! —bramó—. La sorprendí cuando se acercaba al río. Un certero disparo con mi arco acabó con su vida.

El alguacil se acercó a estrechar su mano cuando bajó del corcel.

—Mil gracias, Ralph. Tu gesta será cantada durante años. —Después le dirigió una mirada temerosa al cadáver del animal—. Esta misma tarde el Duque te hará entrega en persona de tu recompensa. Hasta entonces, come y bebe cuanto quieras en la taberna, los gastos corren de nuestra cuenta.

Acompañado de algunos hombres y varias jóvenes que querían merecer los favores del asesino de La Bestia y corresponder su valentía con sexo apasionado, el caza-recompensas entró en la taberna para saciar su apetito tras una larga madrugada vigilando y esperando a La Bestia.

—Cerca de donde abatí al lobo descubrí otras huellas, más pequeñas, de una manada —anunció El Norteño tras apurar su tercera jarra de cerveza—. ¡Voy a organizar una batida de caza esta misma noche con todos los valientes que quieran acompañarme!

Dos chicas le acariciaban los brazos, el cuello o la espalda. Una se le acercó al oído para susurrarle algo, sin que los demás pudieran oírla.

—Por supuesto que antes tengo tiempo para ti —dijo poniéndose en pie y cogiendo de la cintura a la mujer—. ¡Y también para ti! —agregó agarrando a la otra fémina con el brazo que tenía libre.

Los tres pusieron rumbo a la parte alta de la taberna, donde se encontraban las habitaciones para los pocos huéspedes que visitaban la zona.

A media tarde, cuando el caza-recompensas roncaba en un camastro y algunos de los que le habían acompañado a beber lo hacían sobre las mesas y asientos, un aullido desgarrador quebró sus sueños.

—¡Es el Macho Alfa! ¡Es el Macho Alfa! —gritaba El Norteño a la vez que bajaba las escaleras a trompicones—. ¡Una moneda de oro para todo aquel que esté en la entrada del pueblo en cinco minutos. Sereno y armado!

Cuando hubieron pasado los cinco minutos de rigor, Ralph se encontró con cuatro hombre armados y dispuestos a dar caza al Alfa de la manada.

—Habrá otra moneda más para todo aquel que regrese sano y salvo, y dos para las viudas y familias de los que no lo consigan —prometió.

Los cinco hombres se adentraron en el bosque, hacia el lugar del que afirmaban los vecinos que había venido el aullido. Efectivamente, como habían dicho, en aquel sitio había estado La Bestia, ya que había huellas de lobo, muy grandes y muy profundas.

—Tiene que ser enorme —exclamó uno de los hombres.

—Cincuenta kilos, por lo menos.

Una sombra se movió entre los árboles.

—¡Allí! —gritó uno.

Casi antes de acabar de hablar, del arco del caza-recompensas salió una flecha que impactó contra la criatura que acechaba. Un leve quejido les indicó que había hecho blanco.

—¡A por él!

Los cinco se internaron tras la arboleda en busca del lobo herido para rematar la faena, sin embargo, lo que se encontraron fue algo que no hubieran podido imaginar ni en sus peores pesadillas: habían caído en una emboscada lobuna.

Un nutrido grupo de lobos le estaba esperando y les cerró el paso en cuanto llegaron a su destino. Había demasiados para hacerles frente sin sufrir las consecuencias, aún así Ralph empuñaba su arco apuntando en todas direcciones en busca del Alfa. El resto blandía su espada o su hacha con poca convicción.

—No quieren haceros daño —dijo una voz desde lo alto de un árbol—. Solo están asustados y se defienden de vuestros ataques. Si tiráis las armas estoy segura de que no os verán como una amenaza y se irán.

—¿Qué sabrá una mocosa como tú? —le respondió El Norteño. Quien hablaba era la muchacha del tatuaje en el ojo derecho.

—Es la hija del druida —dijo uno de los hombres—. Su familia siempre se ha comunicado con la naturaleza. Deberíamos hacerle caso. —Y dejó su hacha en el suelo. El grupo de lobos abrió el círculo por donde estaba el hombre desarmado. Otros dos hombres hicieron lo mismo y el círculo se abrió más.

La muchacha bajó del árbol y se encaminó hacia ellos con los brazos abiertos y las palmas de las manos bien visibles para que los lobos no la vieran como una amenaza.

—¿Veis? —les dijo cuando llegó junto al grupo de hombres. Cogió el brazo del caza-recompensas y le hizo bajar el arco. El otro hombre también depuso su espada. La manada de lobos se fue de allí a la carrera dispersándose en varias direcciones. El Norteño se quedó mirando por donde se iba el mayor de ellos.

Cuando se vieron a salvo del ataque, los vecinos del pueblo agradecieron a la hija del druida se ayuda.

—Regresad a casa con vuestras familias. Los lobos cazan conejos, ciervos y alguna cabeza de ganado que se despista del rebaño, pero no atacan a los hombres si no se ven amenazados.

Los hombres recogieron sus armas del suelo y emprendieron el camino a casa. Todos excepto Ralph El Norteño que, mientras la chica hablaba, emprendió una carrera salvaje tras La Bestia, tras el Alfa. Cuando la chica lo vio ya era demasiado tarde para detenerlo, pero, aún así corrió tras él para detenerlo.

Era ligera y rápida, pero eso no le bastó para llegar a darle alcance antes de que entrase en la cueva que era la lobera del Alfa. El lugar era pequeño y estaba iluminado por un tragaluz natural horadado en la roca. Allí lo vio apuntar con su arco tenso y soltar la cuerda. Vio la flecha volar y escuchó la vibración de la cuerda al recuperar su posición original. El proyectil se clavó en el vientre del lobo que, en un intento de defenderse, se había lanzado hacia El Norteño. El cuerpo sin vida del animal cayó a los pies del cazador que respiró aliviado.

—¡¡NOOO!! —exclamó la muchacha al borde del llanto. Corrió junto al cadáver del lobo e intentó cubrirlo con su menudo cuerpo para que el caza-recompensas no se hiciera con él.

—¡Aparta, niña! —le ordenó. Ella obedeció y se puso en pie respirando agitadamente—. He matado al Macho Alfa y cobraré mi recompensa.

—Has matado al macho, pero no al Alfa. No permitiré que te lo lleves. —La voz se le había quebrado y parecía más grave que unos momentos antes. La semioscuridad de la lobera no permitió ver al cazador que el cuerpo de la chica estaba empezando a cambiar y se había hecho más grande.

—He matado a La Bestia y me lo voy a llevar.

—¡Con La Bestia te encontraste, muere ahora como mataste! —le dijo la chica con una voz que era mitad humana mitad gruñido de lobo a la vez que se lanzó sobre él. Le clavó unos colmillos lobunos en la garganta y se la arrancó de un solo mordisco.

En la lobera, la chica, convertida en una gran Hembra Alfa lanzó un aullido desconsolado por la pérdida de uno de sus hermanos.

domingo, 21 de febrero de 2021

Cruz de navajas

 

—¡Ponme un whisky con hielo! —le gritó una voz desde el fondo.

—Lo siento, pero son las cinco y la barra ya está cerrada —respondió Mario acercándose a aquel hombre.

—Venga, tío, ¿qué te cuesta?

—Me cuesta que yo salgo a las seis y hoy, encima, me toca hacer caja, con lo cual será de día antes de que salga. Y si mi jefe me ve sirviendo una sola copa después de la hora del cierre de la barra me despedirá.

—Me da igual lo que te pase. Quiero que me pongas una puta copa ahora mismo.

—Te repito que la barra está cerrada.

—¿Hay algún problema, Mario? —le preguntó el compañero que hacía las veces de guardia de seguridad y en aquel momento estaba despidiendo a la que gente que iba abandonando el local de copas—. Caballero, le ruego que me acompañe hasta la salida.

—Déjame, imbécil —le recriminó el aludido—. Voy demasiado colocado como para que me corten el rollo así. Me voy a otro sitio.

Cuando el bar 33 se encontraba vacío, Mario comenzó a hacer recuento de la caja. Últimamente las ganancias habían aumentado en los fines de semana y bajado los días de diario. Si él fuera el dueño se plantearía cerrar los lunes, martes y miércoles. Incluso los jueves y los domingos cerrarían antes. La última hora estaba el bar casi vacío y era más el gasto que tenían que las ganancias.

 

A las nueve de la mañana llegó a casa. Allí lo esperaba su mujer, María. Llevaba ya varias horas despierta, ansiosa porque él llegara. Todas las noches las pasaba en un continuo duermevela, angustiada por si a Mario le sucedía alguna desgracia. Por las mañanas, antes de que él regresara ella preparaba café y limpiaba la casa para que el tiempo se le pasara más rápido. Siempre que llegaba desayunaban juntos y en la mayoría de las ocasiones hacían el amor hasta que ella tenía que prepararse para ir al trabajo.

Aquella mañana Mario apenas le dio un ligero beso. Ella le esperaba con una ligera bata semitransparente sin nada por debajo. Se acercó nuevamente a él y volvió a besarlo apasionadamente. Él la separó y se encaminó hacia la cocina.

—Cariño, ahora no. Estoy muy cansado. Hoy ha sido una noche muy dura. Solo quiero comer algo y dormir.

—Muy bien —le espetó molesta. Se quitó la bata y se encerró en el baño. Esperó a que su marido se acostara y salió de su encierro para desayunar. El café ahogaría su ansiedad y la haría más artificial. Cogió la bolsa con el almuerzo y se encaminó hacia los grandes almacenes en los que trabajaba.

Ocho horas de trabajo interrumpidas por una hora para la comida ocupaban la mayor parte de su vida. Las noches sin Mario se hacían demasiado largas. Notaba que su ausencia estaba afectando negativamente a la relación y a su propia personalidad. Cuando regresaba a casa, no había ya nadie esperándola. Mario ya se había ido a trabajar; y así un día tras otro.

Su vida se había convertido en un eterno círculo en el que no podía estar con su pareja. Era como en aquella película en la que habían lanzado una maldición a los dos protagonistas y durante el día la mujer se convierte en halcón y por las noches el hombre lo hace en lobo y solo estando los dos juntos como humanos pueden deshacer la maldición. A ella le pasaba algo parecido, pero ni Mario ni ella se convertían en animales. Simplemente vivían en aquella casa en horarios diferentes y usaban la triste cama a turnos. Y así pasaban los días y los meses.

 

Una noche cualquiera, una de tantas en las que Mario se pasaba las horas sirviendo copas y chupitos tras aquella barra, la puerta del local se abrió de forma súbita y varias personas vestidas de uniforme y con la cara tapada entraron gritando algo que Mario, al principio, no pudo entender. Unos instantes después lo escuchó todo perfectamente.

—¡POLICÍA, QUÉ NADIE SE MUEVA! —gritaban todos a la vez. Después uno, que parecía ser el jefe, continuó hablando.

—Apaguen la música y enciendan las luces —le dijo al primer camarero que se encontró. Le entregó una orden judicial para registrar el local y este se lo hizo llegar al jefe del local. Cuando la música se hubo apagado, continuó dando órdenes, ahora ya sin pasamontañas—. Esto es una registro. Que todo el mundo se ponga de cara contra aquella pared. Los camareros que salgan de la barra y se sitúen en esa zona de ahí.

—Pero, ¿por qué hacen una redada en mi bar? —quiso saber el dueño del local mientras ponía cara de inocente. Tanto Mario como todos los que trabajaban en el 33 sabían perfectamente que en la parte reservada del local los clientes consumían drogas, incluso había algunos que las vendían. Por hacer la vista gorda, el dueño del bar se llevaba un buen pellizco. Sin embargo, había habido alguien que había avisado a la policía—. Aquí no van a encontrar nada.

—Tráigame toda la documentación del local y póngase donde lo demás —ordenó el jefe de la Policía Nacional.

Entretanto, el resto de los policías se encargaban de cachear a todos los presentes y registrar el local. Apenas eran las doce y media cuando la policía entró a realizar la redada. Llevaban dos horas de registro y seguramente le quedaban muchos minutos allí.

A las cuatro y diez, la policía clausuró el 33 y todos los clientes y los trabajadores abandonaron el local. La gran mayoría de ellos regresó a sus casas, solamente unos pocos fueron detenidos y algunos fueron conducidos a la comisaría como testigos.

Las calles del Valencia estaban casi desiertas en aquel jueves de noviembre. Mario regresaba a casa caminando, ya que a esa hora no había transporte público y no tenía dinero suficiente para coger un taxi. Lo mejor de llegar tan pronto sería que por fin pasaría una noche con María después de muchos meses sin hacerlo. A las cinco menos diez llegaba a su barrio.

Por su calle, vacía, a lo lejos solo se veía a unos novios comiéndose a besos. Mario entendía aquello. María y él se habían besado en aquella misma esquina tantas veces que había perdido la cuenta, pero de aquello hacía tanto tiempo que ni recordaba aquellos besos. Sin embargo, sí que recordaba que a María le gustaba que la cogiera por la nuca mientras la besaba, como aquel chico estaba haciendo con su novia. Recordaba que él también la cogía de aquella manera del pelo. Aquel pelo tan largo y moreno, como el de aquella chica que estaba de espaldas.

Apenas unos metros más allá se encontraba su portal y en el primer piso su mujer estaría en la cama, esperándolo. Le daría una sorpresa por llegar tan pronto.

Cuando pasó junto a la pareja que se besaba no pudo evitar la tentación de echar un ojo. Aquella chica tenía un lunar detrás de una oreja, igual que María. Con aquella visión algo se le despertó en el interior. La imagen de María se le apareció en ante sus ojos. Parpadeó un par de veces pensando que así desaparecería, pero no fue así. Lo que estaba viendo no era una alucinación ni un sueño. Frente a él tenía a su mujer. Ella era la que se estaba besando con aquel otro hombre.

—¿María? —preguntó él sorprendido.

—¿Mario? —preguntó a su vez ella con la misma sorpresa.

A Mario le había dado un vuelco el corazón al descubrir que su mujer le era infiel mientras él trabajaba. La vida acababa de dar un repentino giro en una dirección que él nunca había podido imaginar. En aquel mismo momento se quiso morir.

—¿Qué está pasando?, ¿quién eres tú? —preguntó el hombre con el que estaba María.

—Yo soy su marido —le espetó Mario a la vez que lo empujaba.

—¿El que nunca está? —respondió aquel hombre devolviendo el empujón a Mario.

Este, más herido en el orgullo que en el físico, le propinó un puñetazo al acompañante de María y se abalanzó sobre él. Ambos cayeron al suelo, donde siguieron forcejeando. Mario, nublado por la ira, golpeaba sin cesar a aquel hombre que tenía bajo su cuerpo. Mientras tanto, su mujer gritaba frases que no alcanzaba a oír.

En un momento de respiro, el amante de María golpeó a Mario y se deshizo del ataque acosador, poniéndose nuevamente en pie. El alboroto formado durante la pelea y los gritos de María comenzó a alertar a los vecinos, que se asomaban con curiosidad a las ventanas.

—¡Drogadictos! Id a pegaros a otro sitio —gritó algún vecino desde la seguridad que le ofrecía encontrarse dentro de su hogar.

—¡Hijos de puta, estamos hartos de vosotros!

—¡Voy a llamar a la policía!

Mario sacó una navaja del bolsillo para intimidar a su rival. Pero lejos de ello, este sacó otra navaja para enfrentarse a Mario en el último asalto de aquel combate a muerte.

Mario atacó primero. Lanzó un corte que no llegó a su destino. Su oponente tampoco tuvo éxito en su ataque y, tras cruzar varios intentos por herirse, por fin, Mario alcanzó a su rival en el brazo que tenía la navaja e hizo que la tuviera que soltar. Era su gran oportunidad, tenía que acabar con aquel hijo de puta que le había robado a su mujer. Después, ya ajustaría cuentas con ella. Pero antes de poder lanzar el golpe final, alguien se le echó encima.

Su mujer, María, se lanzó sobre él para evitar que matara al hombre que había hecho renacer la pasión en ella. Marido y mujer rodaron por el suelo, acompañados de la tercera incógnita de aquella maldita ecuación.

Por fin, Mario consiguió desembarazarse de María y su acompañante y se puso en pie para caer de rodillas un instante después. Tenía una herida en el pecho de la cual salía el mango de la navaja. La sangre había comenzado a extenderse por la camisa manchando la tela a su paso. Finalmente, Mario cayó de bruces sobre el asfalto exhalando un último suspiro.

María corrió junto a él con lágrimas en los ojos.

—Esto no tenía que haber pasado nunca— le dijo al cadáver de su marido. Después le cogió la cartera y se la entregó al amante—. Toma, cógela y huye. Yo diré que escuché jaleo y por la ventana vi que estaban intentando robar a mi marido. Que eran dos drogadictos con el mono y que bajé al portal a ayudarlo. Que cuando llegué vi como uno de ellos lo apuñalaba para quitarle la cartera.

El hombre hizo lo que la mujer le indicaba mientras ella lloraba abrazada al cuerpo sin vida de Mario.

Minutos después llegó la policía e interrogó a María sobre lo sucedido y ella contó lo que ya le había dicho a su amante.

Aquel día, la edición matinal de los informativos habría con la noticia de la pelea y posterior muerte de Mario.

—Ha sucedido hace escasos minutos en un conocido barrio valenciano —comentaba el presentador del noticiero—. Un hombre ha fallecido víctima de una puñalada cuando dos toxicómanos intentaban atracarle. Nos informa Carolina Verdú, Valencia. ¿Qué nos puedes contar de este suceso?

La imagen en la pantalla se dividió y pasó de un primer plano del presentador a una instantánea del presentador y la reportera en el lugar de los hechos. Cuando la imagen se centró solo en la mujer, al pie apareció un rótulo que rezaba: "Dos drogadictos en plena ansiedad roban y matan a Mario Postigo, mientras su esposa es testigo desde el portal".

—Buenos días, Miguel. Como bien has dicho el suceso ha ocurrido alrededor de las cinco de la madrugada, cuando Mario Postigo regresaba a su casa tras una noche de trabajo en el bar 33. Dicho bar hoy ha sufrido una redada policial, por lo que la víctima regresaba a su domicilio bastante antes que de costumbre.

»Los vecinos nos han comentado que la mujer de Mario, María Pineda, ha sido testigo de todo al encontrarse en el portal del edificio, alertada por los gritos de su marido y los dos asaltantes.

»El amanecer valenciano se ha teñido de malva por la sangre en este triste día.

»Para Noticias 1, Carolina Verdú.



CANCIÓN
Cruz de navajas (Mecano)
A las cinco se cierra la barra del 33 
pero mario no sale hasta las seis 
y si encima le toca hacer caja despídete 
casi siempre se le hace de día 
mientras maría ya se ha puesto en pié 
ha hecho la casa 
ha hecho hasta el café 
y le espera medio desnuda 
mario llega cansado y saluda 
sin mucho afán 
quiere cama pero otra variedad 
y maría se moja las ganas en el café 
magdalenas del sexo convexo 
luego al trabajo en un gran almacén 
cuando regresa no hay más que un somier 
taciturno que usar por turnos 
Cruz de navajas por una mujer 
brillos mortales despuntan al alba 
sangres que tiñen de malva 
el amanecer 
Pero hoy como ha habido redada en el 33 
mario vuelve a las cinco menos diez 
por su calle vacía a lo lejos sólo se ve 
a unos novios comiéndose a besos 
y el pobre mario se quiere morir 
cuando se acerca para descubrir 
que es maría con compañía 
Cruz de navajas por una mujer 
brillos mortales despuntan al alba 
sangres que tiñen de malva 
el amanecer 
sobre mario de bruces tres cruces 
una en la frente la que más dolió 
otra en el pecho la que le mató 
y otra miente en el noticiero 
dos drogadictos en plena ansiedad 
roban y matan a mario postigo 
mientras su esposa es testigo 
desde el portal 
en vez de cruz de navajas por una mujer 
brillos mortales despuntan al alba 
sangres que tiñen de malva el amanecer.

 

Strange fruit

 

Texto:

Carmen Jones nació del odio clavado en el barro, de las entrañas revueltas de la tierra, de las heridas que la atraviesan. Del dolor de una noche y el zumbido del miedo. Su primer latido, un golpe seco contra el suelo; su primera lección, el desprecio hacia una raza. Carmen Jones nació cuando no debía, creció como pudo y vivió bajo las normas. También juró venganza.

Aquellas navidades transcurrían de forma diferente. La familia había decidido reunirse en la antigua casa de los abuelos para celebrar juntos la Nochebuena. En pocas ocasiones los nietos habían visitado esa zona y estaban encantados y ansiosos. A Tim le hacía especial ilusión viajar a aquella casa que parecía perdida en mitad de ninguna parte. Ahora que los abuelos habían decidido reformarla e instalarse en ella, era una ocasión única para conocerla.

Su madre, mancillada al amparo de la nada, la crio sola, despacio y con ganas. En un mundo de hombres blancos donde la fuerza y el aliento a whisky eran poder, Carmen Jones y su madre poco tenían que hacer, pero sus atractivos cuerpos, su piel exótica y los ojos rasgados tenían mucho que decir. Muchos rehusaban mirarlas; otros se las comían con ojos de lobos hambrientos. Mordían sus delicados cuellos y aullaban al compás de sus lamentos.

El jardín de la antigua casa no era como Tim había visto en antiguas fotografías. Ni el camino de piedra ni las escaleras. Todo le parecía postizo. Nuevo sobre viejo. Se sintió algo molesto por ello sin comprender por qué y acarició la gélida barandilla antes de entrar en la casa. Un escalofrío le recorrió todo el cuerpo. Aun así, siguió acariciándola hasta llegar al último escalón.

En el gran salón ardía la leña y se escuchaba el canturreo de su abuela en la cocina. Tirado en la alfombra boca arriba, ante la indiferencia de su familia, se quedó anonadado contando el número de pequeños cristales que componían la enorme lámpara.

—Vamos a cenar dentro de nada. ¿Te has lavado las manos? —Interrogó su madre acercándose.

—Sí, mamá… —contestó él sin haberla escuchado.

—Déjame ver… ¿Qué son estas manchas? ¿Qué has estado haciendo? ¿Y todo este barro? Corre ahora mismo al lavabo y compórtate.

Tim continuó tumbado unos segundos ante la mirada furiosa de su madre y levantó los brazos queriendo alcanzar la lámpara. Allí tirado todo parecía pequeño. Todo estaba a su alcance. Giró la cabeza y divisó el árbol de Navidad. Desde esa perspectiva, guiñando un ojo y acercando un dedo, podía tocar las llamas de la chimenea sin quemarse. Vio a su madre marchar aireada poniendo un pie delante del otro. Continuó sumergido en sus pensamientos y se durmió.

Soñó con árboles gritando de dolor con las ramas manchadas de sangre y con las raíces estremeciéndose como nidos de serpientes. Las hojas de los álamos bailaban una triste danza al son de aquellas canciones del viejo sur. El chirrido de las cadenas acompañaba al macabro balanceo de los cuerpos colgados. En su sueño, Tim se acercaba a los pies de una mujer colgada. Pendía desnuda y su espalda estaba llena de heridas provocadas por los latigazos. Pese al dolor que sentía, acercó una mano al tobillo de la mujer. Lo acarició con suavidad y miró hacia arriba. La boca de la mujer dibujaba una mueca horrible pero, al mirarla, cambió y le sonrió. Seguidamente, se alejó de todo aquello caminando de espaldas. Abandonó la estampa sureña donde los cuerpos colgados de varios negros parecían frutos colgando de las ramas.

Carmen Jones estuvo con su madre hasta el final. Ella siempre pensó que no fue la enfermedad la que se la llevó, sino los demonios blancos que la acechaban. Se quedó sola al amparo del señor y ahí empezó su maldición. Noche tras noche. Día tras día. Pero tuvo una idea. Tomó todo lo execrable de su vida y creó una capa tersa y suave, opaca, sin fisuras, a juego con su piel oscura. Piel sobre piel. Recreándose, había cubierto ceremoniosamente todo su cuerpo con la tierra que le había dado la vida, especialmente por sus codiciados muslos. Nadie más volvería a tocar su verdadero cuerpo. Protegida, aislada, enmascarada. Carmen embadurnó su cuerpo con una capa de insondable rencor.

—¡Tim, despierta! —gritó su hermana— ¡La abuela va a contarnos la leyenda de Carmen Jones!

—Todos los años igual, hijita. ¿No preferís otra historia? ¿La del fantasma de Rene Asche Rondolier? ¿El hombre de dos cabezas de Georgetown?

—¡No! ¡Carmen Jones! Queremos escuchar esa historia otra vez, ¿verdad, Tim?

—¿Los lagartos de Sweetylake? —insistió la anciana.

—Abuela, por favor… —colaboró Tim mientras se recomponía de su pesadilla y se quitaba restos de tierra de las uñas.

Comenzó puntualizando que hacía exactamente doscientos años de lo acontecido y, como era habitual, los dos niños se dejaron engullir por la famosa historia.

En un mundo de blancos, su piel se llamaba tentación. Negra como la noche. Negra como las cosas que suceden en la noche. Carmen Jones sabía que los volvía locos. Caminaba despacio, viendo pasar un pie delante del otro. Tacones, la falda sobrepasando el límite de las pantorrillas, la cintura alta y la blusa desabrochada lo suficiente. Sabía cómo atraer los instintos más sucios de los hombres. Ella los limpiaría a cambio de sus almas.

Afuera llovía. La abuela continuaba con su versión de la historia y los niños, embobados, permanecían atentos como si fuera la primera vez que la escuchaban. Se acercó al ventanal y vio cómo llovía con fuerza. Las pocas hojas que todavía quedaban en las copas de los álamos eran arrancadas con brutalidad por el viento huracanado.

—Así que, sola y desamparada, cayó en manos del pecado. Pero se dice que no es que cayera en él, sino que lo llevaba consigo. Ella era el pecado.

—Pero, ¿qué podía haber hecho, abuela?

—Siempre hay opciones, Tim.

—No siempre.

—Cállate, Tim. Ahora viene lo mejor. ¡Deja a la abuela que continúe!

Afuera llovía. La tierra ansiosa se abría sedienta para recoger el agua. Penetraba en ella y la saciaba. Entonces, su interior se removió, renació, sucumbió a la vida. Despertó por fin. No podía abrir los ojos ni moverse, no tenía sentido del olfato, pero sabía que la tierra húmeda con su particular aroma estaba ahí. La sentía. Una sacudida recorrió su cuerpo haciéndolo temblar. Quería salir, pero carecía de fuerzas. Recordó. Un espasmo alzó su cabeza y dirigió su brazo rígido hacia la superficie.

—Por eso dicen que su espíritu todavía ronda por aquí. Durante la Nochebuena se la ve caminando cabizbaja, triste, arrepentida de sus actos, sin rumbo fijo.

—Qué pena que muriera así.

—Era el castigo para quien no cumplía las normas, pequeña.

—Querrás decir para los negros —matizó Tim.

—Eran otros tiempos, querido. También murieron muchos blancos en manos de negros. Fue una época oscura.

—¿Tú la has visto alguna vez, abuela?

—No, por suerte no me la he encontrado. Pero nuestra vecina cuenta que le pareció verla la Nochebuena pasada. Dice que no fue más que una sombra, un pálpito, un escalofrío recorriéndole el cuerpo; pero tiene la seguridad de que era ella. Se quedó petrificada. Hubo un momento en que el espectro la miró, y sus ojos negros brillaron como el fuego.

—¡Qué pasada! ¿Y realmente es tan guapa? ¿Pudo verla bien? —preguntó la niña encantada.

—Dice, como el resto de testimonios, que vaga desnuda exhibiendo su cuerpo como hacía cuando vivía.

—¿Y tú te crees esta versión, enana?

—¿Por qué no iba a creerlo, pequeño? Mucha gente la ha visto durante todos estos años... —convino misteriosamente la anciana.

La niña miró a los ojos de su abuela asustada pero, seguidamente, apareció en su pequeña boca una sonrisa pícara. Se encontraba completamente seducida por la leyenda.

—Acusarla de robo y colgarla después de todo lo que tuvo que pasar no fue justo —añadió Tim negando con la cabeza.

—Os he contado esta historia miles de veces... ¿Te encuentras bien, Tim?

—Morir así tiene que ser terrible... —prosiguió.

—Te noto pálido.

—Estoy bien. —Y se levantó del suelo.

—¡Pero, hijo! ¿Qué llevas en las botas? —inquirió su madre de pronto.

—Solo es tierra, mamá. Nada peligroso —contestó con una mueca.

—Pero si te las he limpiado antes... —observó extrañada—. ¿Has vuelto a salir?

—Solo es tierra...

Un brazo recubierto de tierra negra como la noche, negra como las cosas que suceden en la noche, atravesó la superficie. Los huesos de los dedos crujieron uno por uno. Al poco, otra mano emergió del fondo de la tierra como queriendo agarrarse al cielo. Ambos brazos en alto. Todo a su alcance. Poco a poco, el resto del cuerpo de Carmen Jones fue aflorando. Un parto agónico; el nacimiento de algo muerto. Un castañeteo de dientes de lo que ya debería ser polvo y estar olvidado. Pero Carmen Jones jamás se rindió. Jamás se detuvo. Su cuerpo denostado no había llegado a descomponerse nunca.

Mojada de arriba abajo, siguió absorbiendo las gotas de lluvia a través de los jirones de su piel. Desnuda, comenzó su danza macabra caminando arrítmicamente por la yerma superficie. Se detuvo. Un chasquido de huesos anunció que había girado súbitamente la cabeza hacia aquella antigua mansión. Buscaba. Y había encontrado.

Tim lloraba encerrado en el cuarto de baño. Sentía rabia, odio, injusticia. No comprendía por qué. Se levantó del frío suelo y apoyó los brazos en el lavabo. Alzó la mirada para ver su reflejo en el espejo y, de pronto, se detuvo en seco. Un chasquido en la ventana le hizo girar bruscamente la cabeza. Se acercó. Y vio.

Quieta. La mirada vacía, fija, impasible, hacia el ventanuco del primer piso de la casa. Sabe a quién acudir. La piel putrefacta de su espalda rezuma pus ante el hallazgo. Ella ya no puede sentir, pero está llamando. No puede ver, sus cuencas están vacías, pero le está mirando. El viento agita su cabello y eriza sus pezones. Lo que fueron sus caderas señalan hacia el ventanal del salón de forma descarada.

Tim ahoga un grito de terror. Es Carmen Jones. No lo puede creer. Abre los ojos como nunca lo ha hecho antes y siente. Escucha el lamento. Una lluvia de tristeza y abandono le abate y le deja casi sin sentido. El escozor de la espalda y el clamor de la entrepierna le paralizan. Siente que le falta el aire. Comienza a ahogarse y tose, tose sin parar.

Sus rizos y sus ánimos se arrastran por el agua. La tarde, magullada, se acurruca para dejar paso a la oscuridad. Carmen recuerda su vida, su historia, la Historia. Deja los brazos caídos al balanceo del viento. Del interior de la casa emerge una cálida luz que recorta y afila las sombras. Cálida para quien puede dormir sin tener pesadillas.

Quieto. La mirada vacía, fija, impasible. Carmen Jones ha acudido a él y él ha respondido. La espalda le arde y le martiriza, le enfurece a cada segundo. Se siente vil, sucio y con todo el cuerpo en carne viva.

Toma mi rabia, toma todo mi odio. Carmen Jones tuvo un pasado. Nunca tendrá un futuro, pero vivirá en ti. ¿Duelen las bofetadas? ¿Sus uñas te desgarran la piel? ¿Sientes que se te escapa la vida al romperse tu cuello? Lamo tus latigazos, todo pasará, pequeño. Hazlo y vivirás en mí.

Tim sonríe. Sale del cuarto de baño y baja hasta la entrada de la casa. Nadie se percata. Huele la noche. Huele la tierra mojada, escucha el musgo creciendo lentamente, siente los gusanos deslizándose sigilosamente por su cuerpo. Pero también huele a magnolias frescas y carne quemada. Escucha el batir de las alas de los cuervos acercándose a los cuerpos. La ama.

La familia no consigue encontrar a Tim en la casa. ¿Tim? ¿¿¿Tim??? El dolor es insoportable, el aroma de la culpa ha llegado para quedarse. Tras la incredulidad llega la ira. Y unas huellas de barro que se adentran en el bosque les hacen estremecer y preguntarse si acaso es posible, si la venganza es posible.

 

Una brizna de hierba roza su pómulo intentando hacerle cosquillas, pero ella no lo siente. Una mueca se dibuja en su rostro feliz y sereno mientras camina por el valle con Tim de la mano. Él mira a lo lejos con el orgullo de quien ha hecho algo importante. La ha salvado. Una lombriz asoma por la cuenca de su ojo, pero ella no la siente. Tim, afectuoso, la retira y la lanza a la oscuridad. Marchan juntos en la noche.


CANCIÓN

Strange fruit (Billie Holiday)

Southern trees bear a strange fruit,

Blood on the leaves and blood at the root,

Black bodies swinging in the southern breeze,

Strange fruit hanging from the poplar trees.

Pastoral scene of the gallant south,

The bulging eyes and the twisted mouth,

Scent of magnolias sweet and fresh,

Then the sudden smell of burning flesh.

Here is a fruit for the crows to pluck,

For the rain to gather, for the wind to suck,

For the sun to rot, for the trees to drop,

Here is a strange and bitter crop.

 

Extraña fruta (Billie Holiday)

De los árboles del sur cuelga una fruta extraña,

Sangre en las hojas y sangre en la raíz,

Cuerpos negros balanceándose en la brisa del sur,

Extraña fruta que cuelga de los álamos.

Escena pastoral del galante sur,

Los ojos saltones y la boca torcida,

Aroma de magnolias dulce y fresco,

Y el repentino olor a carne quemada.

Aquí hay una fruta para que la arranquen los cuervos,

Para que la lluvia la tome, para que el viento la aspire,

Para que el sol la pudra, para los árboles la suelten,

Esta es una extraña y amarga cosecha.