jueves, 8 de enero de 2015

Yúrei y un mundo raro

Por Carmen Gutierrez.


Despertó en medio del bosque, igual que la noche anterior. Y la anterior a esa. Estaba hambrienta y adolorida por haber dormido hecha un nudo bajo un árbol. Años atrás atravesó el mismo bosque en menos de dos días, pero ahora parecía que la zona se había extendido hasta triplicar su tamaño. Había árboles nuevos, jóvenes; árboles que no estaban ahí la primera vez que cruzó el área. Al ponerse de pie, estiró su delgado cuerpo con un movimiento gatuno que le permitió desentumirse. Buscó en su ajada mochila un poco de agua y pan que le dio El Cocinero días atrás. El agua estaba helada y el pan duro, pero era más de lo que había conseguido en meses. La miseria de su vida no le molestaba, lo que le molestaba era que había sido su elección. 

A veces pensaba que podría solucionar las cosas si ella fuese diferente. Si no hubiese vendido su alma ahora tendría una casa, comida, agua, una cama caliente y con seguridad sería amada por alguien. Si fuera una simple mortal viviría en alguna comuna de las nuevas, con sistemas perfectos de irrigación y un sentido abstracto de la naturaleza. Pero era un Sicario. No era mortal, ni normal, ni mucho menos tenía un alma.

Comenzó a caminar despacio pero con decisión, consciente de que su condición de renegada la llevaba más allá de lo que quería. No podía ser la única. El Cocinero había mencionado entre acertijos, como siempre, la existencia de los artefactos, la existencia de Babel. Él estaba en algún lado, ella lo sentía, escuchaba los latidos de su corazón enterrado en la cotidianidad. Babel se había dejado conquistar por “El cambio”.

Fue un sistema tan puramente planeado y tan rápido que ella apenas tuvo tiempo de huir. La humanidad había “cambiado”. Se habían contagiado de un modo inevitable y ella se había quedado sola; sin tener con quien pelear pues no había contrincantes, sin misiones que seguir, sin Kulja, su creadora.

Kulja, la eterna, la cegadora de vida, la armonía espiritual; el arcano perfecto, guía de su camino y poseedora de su alma. Pensaba en ella al despertar, al comer, al caminar, a cada momento. La llamaba con desesperación desde que “El Cambio” inició, pero Kulja se negó a atender sus plegarias y ella comenzó a creer que había perdido. «Mi Dios está muerto»escribió con letras rojas de aerosol afuera de una de las comunas, años atrás. Los humanos rieron al ver el anuncio y escribieron con pintura vegetal color verde«Ven con nosotros, nuestros Dioses viven»

Enfurecida planeó un ataque nocturno, incendiarles la comuna sería tan gratificante. Se le ahogaron los planes al no encontrar combustible, la distrajo aquel estúpido oso que trató de comérsela en la noche y terminó perdiendo las ganas, aunque siguió pintando la misma frase en cuanta comuna se encontró.

Todo fue por el internet, de eso estaba segura. La gente comenzó a darse cuenta de su poder, a rebelarse contra la tiranía, a mostrar al mundo lo que el poder de los humanos podía lograr. Si un gobierno oprimía a su pueblo este se ponía en movimiento casi de inmediato. Los países tercermundistas fueron los primeros. Haití organizó un cambio de gobierno tan eficaz y de una rapidez tan espeluznante que los demás países siguieron su ejemplo. En las redes sociales se denunciaba la esclavitud, el maltrato animal, el abuso de poder, la violencia contra los vulnerables y a todo se le encontraba una solución.

Un caso muy sonado fue el del niño maltratado por sus padres en El Salvador. Una vecina grabó mientras lo mojaban con una manguera en el patio de su casa, era de noche y estaban a temperaturas muy frías. La mujer subió el video a su muro, y de inmediato una agrupación de vecinos tomó cartas en el asunto. El chico fue rescatado y enviado a vivir a España con una pareja que se ofreció a cuidarlo.

La humanidad se dio cuenta de que podía hacer un mundo perfecto. Distribuir equitativamente el poder, el dinero y el amor.

Y lo hicieron.

En un momento, sin que nadie aparte de Yúrei lo notase, surgió “El Cambio”. Nuevos Dioses fueron creados abandonando a los antiguos, aquellos que no pudieron mejorar nada durante siglos. No había religiones, ni credos, ni rezos. Había filosofía y bienestar. El Vaticano cayó cuando el Papa en gestión sacó a la luz todas las mentiras; no había un redentor, ni un salvador, ni una virgen. Cada humano era un dios en potencia, un ser de luz. Hasta la ilusión de la vida extraterrestre se perdió en cuentos infantiles. Si un niño escucha una historia, la cree, la analiza y la cuenta a otros niños entonces esa historia no existe.

La Diosa Rehtom creadora de vida era la más grande. No se le rezaba, ni se le pedía; se le agradecía por lo que daba. Si la cosecha era buena, gracias. Si no, gracias. Anojra, Dios del arte y la música era el siguiente, se le representó como un hombre solitario, lleno de alegría y amor al mismo tiempo. Cada canción creada y por crear llevaba una alabanza implícita.
Y así la humanidad dio rienda suelta a su armonía.

Un buen día se acabaron los robos. Las noticias destacaron que era la primera vez en la historia, en que las personas no envidiaban a sus semejantes. Esto sorprendió a Estados Unidos, líder del capitalismo basado en el deseo de poseer. Al poco tiempo el presidente de la nación más poderosa del mundo anunció el desarme total de su sistema de defensa y nadie se escandalizó, pues no había miedo en el pueblo.

Las ciudades, antes rebosantes de vida, se programaron para ser únicamente alojamientos. La prioridad de la gente era el campo, la cosecha, la naturaleza. La salud mejoró, desapareció el cáncer, el SIDA, el ébola. Los animales fueron liberados de sus jaulas y se restableció el control natal. El marfil, los diamantes, incluso el oro perdieron su preciado valor. A nadie le resultaba atractiva una cadena dorada cubierta de piedras preciosas, o las estatuillas hechas con colmillos de elefantes y estos fueron los más agradecidos.

Surgieron las comunas, se abolió el matrimonio pero se protegió a los niños por sobretodo. Se les enseñó a respetarse, a cuidarse y a defender sus ideales. Se les enseñó a sembrar tres árboles por cada uno que se cortaba; recuperaron los caminos y eliminaron los automóviles. Sin embargo, el internet prevaleció. Había ciudades enteras que se dedicaban a que siempre hubiera conexión disponible y a mejorar los sistemas de comunicación. La televisión se volvió obsoleta y dejaron de usar papel.

Así que después de casi diez años el mundo… era un mundo perfecto para ellos, las ovejas. Para Yúrei era un mundo post apocalíptico donde era la única sobreviviente. Las ovejas trataban de llamarla a su lado cuando la notaban cerca. Le dejaban comida y agua si la veían rodear algún campamento. Le dejaban respuestas a sus graffittis invitándola a conocerlos. Apestaban.

En más de una ocasión se había topado con alguna tropa de exploración y había huido despavorida ante sus llamados; al principio incluso desenvainaba su katana sólo para devolverla a su lugar casi de inmediato. Las ovejas “cambiadas” ni siquiera se amedrentaban ante sus amenazas, seguían sonriendo y ofreciendo amparo. La veían de un modo escalofriante, como si la conocieran de toda la vida.

Una noche acampó cerca de una comuna en la montaña dedicada a resaltar el valor del arte. Hacía tanto frío que renunció a dormir a la intemperie y se coló en un pasillo protegido del viento helado, desde donde escuchaba a un grupo pequeño de ovejas que contaba historias dentro de uno de los campers. Estaban bebiendo y disfrutando de los cuentos que una anciana de dientes amarillos dibujaba con acuarelas a medida que soltaba la narración con voz pastosa pero demasiado juvenil para su aspecto.

Yúrei estaba haciendo planes mentales para entrar sin ser vista y disfrutar del calor de la estufa de hierro a pesar de la peste a oveja, cuando se quedó paralizada al escuchar una palabra en especial: Kulja.

«…un arcano terrible y poderoso, lleno de rencor y ambición, creado en las entrañas mismas de la tierra vistiendo espectro de mujer. Kulja es la más poderosa defensora de todo lo prohibido, de lo bajo y la traición. Antes creíamos que una entidad maligna, con cuernos y alas de murciélago nos llevaba por el camino de la perdición. Pero esas eran mentiras inventadas para subyugar nuestra luz. Kulja iluminó el sendero de la envidia y el odio pues ella misma envidiaba a los demás arcanos y odiaba a la humanidad. Su poder se ha debilitado con el paso de los años y hoy en día, nuestros nuevos dioses la detienen y le impiden destrozar todo lo que hemos conseguido, por lo cual hay que agradecer cada mañana y cada noche.»

¿Hay más arcanos, madre? preguntó un chico de unos once años que miraba a la anciana con una sonrisa tranquila.

Ya no. El cocinero de la ciudad de Angerona, el gran conocedor, es el único que podía localizarlos a todos. Es el vigilante nocturno, aquel que alimenta las fuerzas de las energías creando platillos exquisitos que sólo unos cuantos pueden probar.

¿Dónde está Angerona? preguntó una pequeña.

Ah, es una ciudad que no existe para nosotros dijo la anciana y volvió a pintar, nosotros los simple mortales tenemos prohibida la entrada a la cocina de la creación. Somos los restauradores, repararemos el daño que hicimos durante siglos. Nosotros pagaremos la deuda que la humanidad se ha echado a cuestas. Angerona está rodeada por murallas invisibles que protegen secretos más antiguos que nuestra tierra. Los antiguos dioses despreciaron la protección de la ciudad para acercarse a nosotros y llenarse de alabanzas y sacrificios; han sido castigados. La puerta a Angerona, es ésta…

La anciana presentó a sus oyentes un dibujo en tonos grises. Yúrei arriesgó su seguridad y asomó la cabeza por la ventana para ver la ilustración que mostraba una grieta en un gran monolito de piedra sin tallar. La piedra tenia la forma reconocible de un huevo y la textura porosa de las rocas de mar. Yúrei la reconoció al instante. Ella había visto esa piedra en otro tiempo, ella no era una mortal.

Tan embebida estaba con el relato de la anciana que no se dio cuenta de que ésta la miraba por encima de las cabezas de sus discípulos.

Gogino te dará las respuestas, chinita dijo la anciana dirigiéndose a la intrusa; los oyentes se volvieron a ver a Yúrei quien por instinto llevó su mano a la empuñadura de la katana. La anciana la tranquilizó con un gesto. Debes buscarlos a todos, es tu destino.

Yúrei se alejó de la ventana sin poder dejar de observar los ojos de la vieja que le sonreía con un cinismo que no había olvidado. ¿Sería posible que fuera…?

Cuando lo veas, dile que La Sanguijuela le envía sus saludos.

Yúrei escapó.

Encontró al cocinero, a costa de muchos viajes y huidas. Y ahora estaba a punto de encontrar a Babel.

Llegó a la ciudad que antes se llamaba Madrid (y que ahora era el Asentamiento de investigación  no. 10), una mañana de invierno. Tuvo que soportar el hedor a oveja mientras atravesaba la ciudad guiándose sólo por el olor a quemado que aun distinguía al gran BabelAldajaskary. Lo encontró sin mucho esfuerzo, pero apenas pudo reconocer a su antiguo líder en aquella imitación de oveja en que se había convertido. Babel había cambiado sus ropas oscuras por un traje de lino blanco, demasiado ligero para el clima, se había quitado la barba y unos rizos escandalosos cubrían su cabeza anteriormente calva.

Yúrei se mantuvo distante, alerta mientras lo seguía por la calle. Los mortales la miraban, siempre con compasión y tuvo que subirse el cuello de la chaqueta para soportar el mal olor y esquivar sus palabras curiosas. Babel no se fijo en ella. Fue su sombra cuando él llegó al campamento de niños, lo observó mientras jugaba en el parque con una pequeña muy hermosa y parecida a él, lo acompañó cuando él llevó a la niña a sus clases de canto y se quedó afuera hasta que lo vio salir. De nuevo se encaminó junto con él desandando el camino hasta una pequeña y austera oficina donde Babel se sentó frente a un ordenador. «Se convirtió en un investigador» pensó Yúrei mientras se colaba detrás de él y se preparaba para saludarle.

¿En qué puedo ayudarle, señorita? preguntó el hombre sin volverse a verla, presintiéndola, como siempre.

Ayúdame suplicó ella sin pensar en sus palabras pues sólo al verlo tan cerca se dio cuenta de que no sabía que decirle.

Babel se giró entonces para encararla.

¿Cómo me encontraste? preguntó con frialdad.

Cómo se encuentras las cosas perdidas contestó ella con más seguridad, buscando.

Ha pasado mucho tiempo, querida. No deberías estar sola.

Ya no lo estoy replicó Yúrei mirándolo con desconfianza, también como siempre.

Ni yo dijo Babel desafiante y ella entendió que se refería a la niña.

¿Dónde está Kulja? preguntó la oriental sin más preámbulos.

Está muerta contestó el moreno encogiendo los hombros, sin darle importancia.

Sabes que eso no es cierto. Ella no se rendiría sin buscarnos.

Está muerta repitió el hombre justo antes de recibir un puñetazo en la nariz.

Yúrei estaba enfurecida, llena de miedo y perdida. No hay nada más impredecible que una mujer insegura que se siente defraudada por las personas que aprecia. Ella adoraba a ese hombre, era su mentor, su líder y ahora se había convertido en un guiñapo cambiado

—¡No seas una oveja común, Babel!—gritó con lágrimas en los ojos— ¡Tu no!

Él se quedó justo donde estaba, se llevó una mano a la nariz, sin apenas hacer caso del chorro de sangre que le manchaba las ropas blancas. La miró sonriendo, le guiño un ojo, y soltó una carcajada escalofriante.

—Mi pequeña niña, no puedo regresarte el golpe —se quitó la camisa y la rompió para usarla como esparadrapo improvisado—. Sigo en el radar, si lo hago me expulsarán.
­
—Que lo hagan. —dijo ella en un siseo antes de asestarle otro golpe sin que él hiciera nada por detenerla.

Esta vez sí logró que Babel se recostara en la silla ergonómica con ambas manos en el rostro, sin quejarse pero demostrando dolor. Sus ojos se llenaron de lágrimas aunque siguió sonriendo.

—No voy a detenerte si me matas —dijo con voz apagada por la tela en el rostro—. ¿No lo ves? Puedes asesinarme aquí mismo y dejarme tirado como una basura, pero no pasará nada. ¡Nada! Kulja no vendrá, no vendrá porque está muerta…

—No quiero matarte, quiero que vengas conmigo a buscarla —dijo ella conteniendo un sollozo, no había llorado en siglos, pero ahora al ver a su mejor amigo abatido por las rutinas y las costumbres tuvo miedo, pavor de estar realmente sola —. Si está muerta me enterraré con ella, si está viva la liberaré. Si no vienes… no puedo obligarte, pero necesitaré a alguien que cabe mi tumba. 

Babel se puso de pie mirándola a los ojos, era mucho más alto que ella, más corpulento, más fuerte pero Yúrei no retrocedió cuando él se abalanzó sobre ella, al contrario, abrió los brazos y lo recibió en un abrazo eterno, como una madre recibe al hijo ausente, como un arcano recibe el caos y lo dejó llorar en su pecho. Y Babel lloró al percibir el olor a eternidad que desprendían las ropas de la mujer. Olía a muerte, a destrucción, a dolor… a todo aquello que lo había mantenido vivo por muchos años, antes del “cambio”, antes de Claudia.

—Vamos, entonces —dijo él cuando pudo controlarse—. Todos vamos a morir, pero eso es irrelevante; lo importante es que ahora estamos vivos.

Y tomó a Yúrei dela mano y salió al mundo, sin importar que no llevara camisa.


6º Especial de Sábados de Brutos Escritores



Ella va a despertar
Por Daniel Echeverria.

Según los pitagóricos, los planetas emiten un sonido al recorrer sus órbitas, pero nadie puede escucharlo porque estamos acostumbrados a él.
Con la vida ocurre algo similar: despertarse cada mañana demanda acciones que, por estar acostumbrados, tampoco registramos.
Podría decirse que vivimos de manera automática, en una sucesión de imágenes reflejadas por un espejo. O que la única conciencia es la de la muerte.
Lo que sigue son palabras que no escribí.
-Veo mi cuerpo sobre la cama. Mi cara es la de un hombre que duerme en paz. Desde afuera siento la cesación de todo esfuerzo.
Una mujer duerme junto a mi cuerpo. Ella también tiene una expresión de paz, pero sus ojos se mueven. Debe estar soñando, hay vida trascurriendo frente a sus ojos.


[Sin título]
Por Enrique Hernández Negrete.

Era su segunda vez en locutorios. Ser el abogado de su prima le valió para poder realizar dos visitas: una familiar y otra de oficio. Sin embargo ella seguía en silencio, con la mirada perdida. No había dicho una sola palabra después de que la policía hallara a sus tres hijas degolladas.
Justo cuando estaba a punto de irse, ella emitió un extraño sonido desde el pecho y al volver la vista le dirigió una macabra sonrisa, su cara había cambiado de aspecto, lucía unas bolsas por debajo de los ojos, sus encías estaban hinchadas y sus ojos estaban inyectados en sangre.
—Vendrá por tu hijo esa noche— dijo ella. Sin saber que contestar Arturo tropezó con la silla, un frío recorrió su espalda y le dijo "Lo siento, no podré hacer nada por ti".
El guardia corrió la puerta de acceso a la zona de visitas y desde el fondo del pasillo estalló una risa demencial que resonó en todos los rincones del centro.


[Sin título]
Por Karytha Bravo Palma.

Cuando entró a ese museo nunca imaginó qué pasaría, solo quería estar con más gente, estaba aburrida de estar sola. Por lo que cuando vio a esa niña era lógico también que quisiera seguirla... Y una vez que la siguió ¿quien podría resistirse a la oportunidad de volver a sentir?... Ella no era santa, nunca lo fue y ahora no iba a empezar, por lo que sin contemplaciones se introdujo en el cuerpo de la niña de siete años que miraba todo con asombro. Ella solo queria volver a sentir. Y una vez que sintió no quiso salir... Era algo natural, ¿quien la puede culpar? era obvio que ella mataría el alma de la niña para quedarse con ese cuerpo y es por eso que ella ve en los reflejos su verdadero rostro.... Solo ella se ve... aún así sigue sintiendose sola, lo mejor quizás sería está vez morir acompañada.



Mamá
Por Federico Domenella.

Resignada, me limité a caminar por la desolada plazoleta que acompaña la soledad de mis días. De repente
oía música, y a mí alrededor descubrí antigüedades, artistas callejeros e instrumentos de madera vieja. Seguí rumbo. No dejaba de pensar en mamá. Desde la noche en que entraron a casa, hace ocho años, y la mataron por una simple vajilla de plata, mi mente se enroscó en un nudo tenso de ira, desesperación y venganza. Arribé al puesto más lujoso. Me tomé un respiro y observé la mercancía detrás de un entretejido. Me estremecí… allí estaba. Como un espejo, la vajilla donde mi madre solía llevar las tazas de té, reflejaba mi rostro y comencé a experimentar una horrenda alucinación. Cuando el vendedor se apiada de mi malestar, en menos de un segundo saqué mi revolver y le apunté al mentón. No vacilé. Atravesé su rostro con un disparo de justicia...


Cubertería de plata
Por Sergio Bonavida Ponce.

 ¿Sabéis que es lo que más me aterra al cerrar los ojos delante de un ajuar de cubertería de plata? Lo que más me aterra es pensar que cuando cierre los ojos, la figura reflejada en la cubertería no cerrará los suyos al unísono con los míos. Sino que los mantendrá abiertos. Mirándome.
Acechándome.
Y en ese instante de tiempo, cuando mi pulso se acelere y mi corazón se desboque, yo no sabré si realmente el reflejo tiene los ojos abiertos o no, porque yo ya habré cerrado los míos... quizás para siempre.

jueves, 18 de diciembre de 2014

Voces de Navidad

Por Vanesa Ian.

          El sol entraba por la ventana, como un invitado que se ha colado a último momento y ha venido solo a aguarnos la fiesta. Al menos, así lo sentía Sofía. No quería que la luz tocara su piel, no quería ver la marcas que el desgraciado de Juan le había dejado la noche anterior. Se levantó del sofá y cerró bien las cortinas. Y ahí se quedó, sola, en la oscuridad y esperando a que la vocecita le dijera que hacer a continuación.
Sofía era una mujer de treinta y cinco años, muy bonita, por cierto. Se había casado joven, todas las ilusiones las había puesto en ese hombre nefasto, que en esa época era un buen muchacho, o al menos, eso creyó ella. La colmó de halagos, siempre le enviaba cartitas de amor con una de sus compañeras de colegio, las que ella leía en el recreo, extasiada de felicidad. Un día, la invitó al cine y aceptó, aunque ella tuviera diecisiete años en ese momento y el veintidós, era bien visto por su madre. Lo consideraba un hombre hecho y derecho, según sus palabras, no era como los tontos adolescentes que solía llevar a casa Sofía, esos que siempre armaban lío y no sabían tener la boca cerrada. Y la palabra de su madre, era palabra santa, ya que era su única familia, su padre murió cuando ella tenía tan solo cinco años. Terminó la secundaria y cuando Juan le propuso matrimonio no tardó en aceptar. La carrera universitaria, que tanto había soñado, podía esperar unos años, hasta que ellos se “asienten”, había dicho Juan y a ella no le pareció raro en lo más mínimo, todo lo contrario, creyó que era lo máximo.
Todo fue bien durante el primer año, Sofía, vivía en una casita chiquita, pero muy mona, la cual brillaba de limpia. Su esposo, se recibió de abogado ese mismo año y no tardó mucho en empezar a trabajar. Ella siempre pensaba que él sabía hablar, él tenía el don de la palabra, y eso no era poca cosa en ese submundo de cuervos, negros como la noche. Al siguiente año quedó embarazada y, si bien ella se consideraba una mujer feliz, ese día, cuando se enteró y se lo contó a su marido, sintió el súmmum de la felicidad, un éxtasis imposible de describir.
Se acercaba la navidad y su madre y ella deseaban hacer las compras navideñas en el nuevo centro comercial, entonces Juan se ofreció a llevarlas. Ellas pasarían las fiestas en la casa de los padres de Juan y querían llevar un regalo a cada uno de los miembros, y eso que eran muchos… Todo sucedió muy rápido, lloviznaba y la calle estaba resbaladiza, Juan hizo una mala maniobra al esquivar a otro conductor, perdió el control y estrelló el coche contra una columna de alumbrado público. Su madre murió en el acto, ella perdió su bebé y Juan no sufrió ni un rasguño. Ese fue el verdadero comienzo del fin.
Ella entró en una depresión lógica, cada día que pasaba, le costaba más y más volver a su rutina. Poco a poco, Juan empezó a maltratarla. Si la comida no estaba lista cuando él llegaba, pellizco en el brazo. Si estaba fría porque él llegaba más tarde de lo debido, tirón de pelo. Si la camisa estaba mal planchada, nalgada. Ahí fue en donde la primera voz hizo su aparición. Mátalo, decía. Y aunque ella casi no recordaba a su padre, estaba convencida de que la voz pertenecía a él. Con el tiempo, empezó a tener largas charlas con esa voz, de las que, sin darte cuenta, te pones a hablar en la calle y alguien te mira extrañado, entonces disimulas una tosecita. Más tarde, se unieron otras voces, algunas creía reconocerlas, como la de su padre y luego la de su madre, pero del resto no tenía idea; hasta pensaba que variaba el interlocutor de su cerebro, según lo que esa voz quisiera decir. Si bien, ella en un comienzo creyó que estaba volviéndose loca, poco le duró esa certeza. Si seguía hablando con las voces, era porque le decían lo que iba a pasar y le daban concejos sobre cómo actuar.
Una vez, se le había hecho tarde en el mercado porque se puso a charlar con la chica de la panadería, ella ya no tenía amigas y disfrutaba mucho cuando podía conversar con alguien, pero el tiempo se le había escapado sin darse cuenta. Cuando llegó a su casa y aun sabiendo que no llegaba con la cena a horario, se puso a preparar el pastel de carne que quería Juan, él todos los días le decía que debía preparar de cena y pobre de ella si no lo hacía. Cuando faltaban diez minutos para que Juan cruce la puerta y media hora para que el pastel estuviera listo, la voz le dijo:
—Cuidado Sofía, cuando te diga “maldita inútil de mierda”, cúbrete el ojo derecho, levanta el brazo.
Y así fue, tal cual, se evitó un ojo negro o algo peor, le quedó el antebrazo hinchado, pero eso se tapaba fácil, una blusa de mangas largas y listo.
Así fueron pasando los años, entre golpe y golpe. Las alegrías, si es que alguna vez las hubo, eran cada vez más distanciadas. Para colmo de males, tenía que aguantar a la siniestra suegra por teléfono todos los días y verle la cara los domingos al mediodía en el almuerzo familiar. Era una vieja sádica y malvada, que no tardó en sacar las uñas de una verdadera bruja cuando se dio cuenta que ella se había quedado sola en el mundo. Varias veces la había visto pellizcar a los hijos del hermano mayor de Juan, o sea, sus nietos, y a las niñas, hijas del hermano menor, les tiraba de las trenzas cada vez que podía. Eso significaba, no ser vista por nadie. Sofía la vio, porque se lo dijeron las voces.
—Cuando tu suegra vaya a ver a los niños al jardín, síguela despacio, que no te vea Sofía, y fíjate lo que hace —dijo una voz indefinida.
Y Sofía la vio. La voz la instó a que hablara, a que contara, pero esta vez, ella no hizo caso. No servía de nada hablar, seguro lo negaría y pobre de ella después.
Llegó un momento en que las voces no paraban de hablar, hablaban entre ellas mismas, y no la dejaban dormir. Sofía se hallaba inmersa en una hiperrealidad que rayaba lo absurdo. A veces, pensaba, por qué si las voces sabían tanto, no le decían un número de la lotería, así ella se fugaba para siempre. Pero no, sabía, muy dentro de ella, que jamás tendría el valor de hacer algo semejante, porque también sabía que Juan, la perseguiría hasta el fin del mundo si era necesario y no quería pasarse el resto de su miserable vida huyendo y mirando sobre su hombro; esto era hasta la muerte, como tantos años atrás había jurado ante Dios, sería hasta que la muerte los separe.
Con el correr de los días las voces, (una voz en especial), la instaba constantemente a actuar. Esa voz le había dicho que su nombre era Vescatur* y que era el Dios de las causas justas, y que la de ella era una causa justa. Ella, al estar cada día más metida en ese mundo de ensueño, no respondía como antes a las exigencias de Juan, lo que hacía que Juan estuviera cada día más y más violento. Vescatur se hizo cada vez más insistente.
—Tienes que matarlo, Sofía, antes de que él te mate, porque eso es lo que va a pasar, te lo aseguro —dijo Vescatur.
—¡No puedo! No sé cómo hacerlo —contestó confundida.
—Yo voy a ayudarte, solo tienes tiempo hasta navidad, después, será tarde. Ahora escúchame y sigue al pie de la letra el plan —dijo terminante, Vescatur.
Y ella escuchó, sus ojos se iban abriendo a medida que las palabras entraban en su cerebro, hasta que quedaron velados. Podían, tranquilamente pasar, por los ojos de una muñeca. Unos ojos vacíos, sin alma.
Faltaban solo dos días para navidad. Sofía, empezó a actuar. Cuando Juan se fue esa mañana, Vescatur le pidió que saliera a la calle y se fijara en los setos de la casa de enfrente, lo que debía encontrar era una prescripción médica, que él sabiamente, había hecho “volar” del bolso de una descuidada señora. Cruzó la calle, y ahí estaba, flameando entre los setos, como Vescatur le había dicho. Caminó hasta la farmacia y entregó la receta como si fuera suya, nadie peguntó nada. Volvió con una caja en la mano, con el contenido exacto, de sesenta comprimidos ranurados de Clonazepam. Esa mañana la utilizó para hablar con su malvada suegra sobre la cena navideña. Todos los años pasaban las navidades en casa de Sofía y ella debía preparar todo, ellos solo llegaban y sentaban su fruncido culo en la silla y ella debía de atenderlos como si fuera su mucama. Bueno, este año será el último y se llevarán de regalo una linda sorpresa, pensó Sofía, mientras una risita siniestra se escapaba de sus labios.
Vescatur le había dicho que a las dos de la tarde iba a recibir un sobre lacrado, y así fue, cuando escucho el sonido del papel deslizarse bajo la puerta corrió a buscarlo. Debía abrirlo y mirar bien la fotografía, después ir a la peluquería y pedir exactamente eso. Sofía abrió el sobre y lo que encontró adentro fue un pasaporte, un documento de identidad, un pasaje de avión a Canadá y mucho dinero. Se quedó mirando el pasaporte, lo que vio le gustó, nunca había probado el color rubio y esa foto que jamás se había tomado le decía que iba a quedarle muy bien. Fue hasta una peluquería a la que nunca había ido, en la otra punta de la ciudad, y pidió exactamente eso, el resultado fue asombroso. Al salir, compró un pañuelo grande y se lo ató a la cabeza para ocultar su cambio.
Cuando llegó a su casa agarró el mortero y empezó a aplastar metódicamente las sesenta pastillas. Continuó con la cena, una exquisita bolognesa que acompañaría las pastas de esa noche, de la cual, obviamente, ella no probaría bocado.
Más tarde llegó Juan, hecho una furia como siempre y con ganas, muchas ganas de agarrárselas con ella.
—Imagino que tendrás la cena lista Sofía, hoy no estoy para peros —dijo en forma altanera, las discusiones en su trabajo le daban hambre o nada arruinaba su rutina, por lo visto.
—Sí, mi amor —contestó Sofía.
—¿Qué mierda te has puesto en la cabeza, mujer? ¡Dios!
—Es solo un baño de crema, Juan. Es para tener el pelo más bonito mañana, en la cena de navidad —respondió Sofía, esperando que no notara el cambio antes de estar fuera de combate, si pasaba eso, todo su plan se desmoronaría—. Siéntate y come.
—¿No vas a cenar?
—No, esta noche comeré solo fruta, no quiero tener pancita mañana.
La respuesta de él fue solo un gruñido.
 Y Juan comió. Cuando iba por el segundo plato su boca se abrió en un gran bostezo. Sofía esperaba y ofrecía más. Cuando sus ojos se pusieron vidriosos, se sacó el pañuelo y enseñó su nuevo cabello.
—¿Te gusta, mi amor?
—No… me siento…bien, pareces…puta…unaputademierda —dijo, uniendo las palabras, en un último esfuerzo por mantener la consciencia.
—Me lo hice pensándote amor, vamos a la bañera, a darte un buen baño de inmersión, creo que te pasaste con el vino esta noche.
Lo llevó a rastras prácticamente, como tantas veces había hecho cuando llegaba pasado de copas. Lo desnudó mientras se llenaba la bañera. Lo sumergió entero, cuando Juan abrió los ojos al sentir la falta de aire, el último vistazo que dio de este mundo fue la cara de su esposa sonriendo y la de un ser extraño, con unos largos dientes y una cara ancestral al lado de ella. Esos dientes son para morder y desgarrar, pensó, presa del pánico pero sin poder hacer nada. Entonces, murió.
Sofía rápidamente puso manos a la obra. Seguía una a una las instrucciones que Vescatur le daba. Había llegado el turno de cortar y seccionar. Ella prestó atención y lo hizo a la perfección, parecía como si en vez de haber sido ama de casa toda su vida, hubiese sido carnicera, eran cortes limpios, impecables, pensó que su madre estaría orgullosa de ella, ya que siempre la criticaba porque no sabía ni trozar un pollo, siempre le pedía al carnicero que lo haga por ella. Pero, esta vez, el pollo es Juan, dijo entre dientes riendo.
Una vez cortado, seccionado y eviscerado, venía el momento de pelarlo, si, los seres humanos también se pelan, al igual que cualquier animal; era una tarea de mucho cuidado, había que hacerla con un cuchillo especial para no dañar la carne que había debajo. Cuando terminó, el alba ya hacía su aparición. Llevó los trozos a la cocina y los dejó marinar unas horas en ricas especias y condimentos, mientras ella limpiaba el desastre del baño. Una vez concluida esa tarea, puso las presas en una asadera con ajíes y cebollas y las metió al horno. Vescatur había dicho que era necesario unas cuatro horas de cocción en horno moderado. Aprovecho ese tiempo para dormir. A las veinte horas llegaron los “invitados” a la cena navideña.
—¿Y Juan? —ni buenas noches, ni feliz noche buena, nada. Así entró su suegra.
—Buenas noches, primero, —contestó sonriendo Sofía— A Juan lo vino a buscar un cliente muy importante que tuvo un problema legal, viene dentro de un rato, dijo que empecemos la cena sin él.
—El auto está afuera, y ¿por qué te has puesto ese ridículo pañuelo en la cabeza? Pareces una de esas estúpidas mujeres árabes —preguntó sin tacto alguno su suegra.
—El auto está afuera porque lo vinieron a buscar, dije, y las mujeres árabes no son estúpidas, el pañuelo es última moda en Europa y le gusta a tu hijo —contestó Sofía conteniendo la irritación que esa maldita mujer provocaba en ella, se consolaba pensando en que esa sería la última vez que la soportaría.
—En Europa hace frío, Sofía, aquí hace un calor de mil demonios, —contestó la vieja bruja, siempre tenía que tener la última palabra— vamos a comer, querida.
Si, pensó Sofía, vamos a comer y verás que sorpresa te llevas mañana, puta vieja.
Se sentaron a la mesa y Sofía sirvió la cena. Como siempre, los maleducados de los hermanos de Juan, empezaron a comer antes que ella terminara de servir.
—Esto está delicioso cuñada, la mejor carne que comí jamás. Esta vez, sí que te has esmerado.
—Es cierto Sofía, este cerdo está delicioso. Lo mejor que has hecho hasta el momento, sin dudas, —añadió su suegra— siéntate y come, querida.
—Sí, ¿por qué no?, si está tan sabroso como dicen… —y probó, Sofía probó.
El avión partía pasada la media noche, por eso Sofía programó su celular para que suene dos horas antes. Fingió hablar por teléfono y dijo:
—Voy a buscar a Juan, el auto que lo traía se ha roto a mitad de camino. Ustedes siéntanse como en su casa, ya vuelvo.
En el auto estaban las valijas preparadas en el baúl. Se subió y partió rumbo al aeropuerto.
Nunca más en su vida volvió a ver a esos parientes siniestros, ni a saber nada de ellos, aunque lamentó no estar ahí cuando se dieran cuenta de lo que habían comido, le habría gustado verles la cara. El avión salió a horario y todo fue sobre ruedas, o sobre alas, si lo prefieren. Sofía llegó a Canadá, desembarco, pasó unos días en un hotelucho de mala muerte y cruzó por tierra a Alaska.
Residió un tiempo en un pueblito costero y luego se mudó a Juneau. El idioma no fue un problema y ella se adaptó de maravillas a ese nuevo lugar, tan distinto al que había vivido toda la vida. Hizo amigas y amigos. Pasó por diferentes empleos cada uno mejor que el anterior. Vescatur seguía siendo su amigo y aliado, jamás podría desentenderse de él. Él la había salvado, liberado y todo le había ido tan bien… Es por eso que cuando le sugirió que busque empleo en Alaska Network on Domestic Violence & Sexual Assault*, ella no dudó. Él le explicó que debía conseguir ese empleo, porque,  en Estados Unidos, cada año, dos millones de mujeres eran violadas o acosadas físicamente por un pariente cercano, una cifra que es tres veces más alta en Alaska, y ella tenía que ayudar.
Demás está decir que Sofía consiguió el empleo, como todo lo que se proponía en esta nueva vida que tenía. Ayudó como concejera a muchas mujeres maltratadas por sus esposos, y si bien, ese era el trabajo que se le había otorgado, y ella lo cumplía a la perfección, también ayudó a la comunidad de una manera diferente, una manera que solo ella sabía.
Cuando empezaron a desaparecer esos esposos maltratadores, nadie sospechó; eran lacras humanas y todos pensaban que se habían ido para evitar el castigo de las autoridades. Nadie jamás se dio cuenta de nada. Y Sofía hace un gran favor a la comunidad que tan amablemente la acogió en sus brazos, Sofía recibe de la comunidad, lo que para ellos es basura y ella, sabiamente y con la incalculable ayuda de Vescatur, lo transforma en comida…
Fin


*Vescatur: Palabra del latín cuyo significado en español es caníbal.
* Alaska Network on Domestic Violence & Sexual Assault: Red de Alaska sobre la Violencia Doméstica y Asalto Sexual.


Consigna: que la historia transcurra en época navideña.