miércoles, 13 de diciembre de 2017

Un grito en O'Fendoal

Por María Galerna.

     Un grito resonó en el bosque. Una asustada lechuza remontó el vuelo y se alejó del lugar…
     La noche empezó como tantas otras. Asier se acomodó en un viejo sillón de cuero marrón después de servirse una copa. En el tocadiscos una obra clásica, la sonata para piano Claro de luna, una melodía tranquila para acompañar la lectura.
     Hacia tiempo que se había aislado en esa antigua edificación,  un viejo castillete bastante bien conservado, enclavado en un espeso bosque del norte de España.  Se había escondido ahí huyendo de Ellos.
     Durante el tratamiento experimental al que lo sometían, intentando cambiar y controlar su naturaleza escapó. Solo con pensar en el dolor… pero temía más a los efectos secundarios de las drogas que le administraron. Oía voces, veía sombras.
     No se concentraba en la lectura. Una insaciable sed que nunca se paliaba con la bebida, lo atormentaba. Decidió salir a caminar por el bosque. Pero las voces… Cogió su mp8, los cascos y poniéndose algo de abrigo, salió a la noche.
     Enseguida las vio, sombras que le rodeaban, que le hablaban, pero que Asier silenciaba con un poco de AC/CD a todo volumen. Así, medio sordo y evitando mirarlas, se adentró en la espesura.
     En el campamento todo eran risas a pesar de que Sergio se empeñara en contar historias de fantasmas. Nadie lo tomaba en serio. El alcohol y algo más, rulaba de forma constante. Todos habían pensado que sería una buena idea ir un fin de semana a O Fendoal, hasta que…
     —Es hora de irse a dormir.
     —Yo voy a echar una meada —dijo uno— Igual veo una de esas ánimas que dicen hay por estos sitios.
     Los demás rieron y se fueron metiendo en sus tiendas.
     —¡Chicos! —Llamó Rubén— Juan no ha regresado y ha pasado más de una hora.
     Preocupados, cogieron las linternas y fueron a echar un vistazo por los alrededores, no podría estar muy lejos.
     —Seguro que se está quedando con nosotros. Y ahora sale y…
     No llegó a terminar la frase, la luz de su linterna alumbraba el cuerpo sin vida de Juan.
     En los cascos de Asier sonaba Send me and Angel. Caminaba orientado por la luna que asomaba entre los jirones de las nubes. Pensó en regresar a su refugio. Odiaba las tormentas y el aire olía a una. No temía extraviarse, conocía la orografía del lugar, pero los relámpagos y los truenos si le asustaban. Era cuanto menos irónico viviendo en el norte, donde estos eran tan abundantes.
     Notaba la presencia de las sombras, a veces sólo una, otras veces eran varias las que lo rodeaban. Nunca callaban…
     Los campistas no sabían que hacer. Habían regresado al campamento con el cuerpo del compañero. No tenía heridas, sólo dos pequeñas marcas en el cuello y una palidez extrema.  Sergio y Rubén se alejaron de la hoguera.
     —Esperemos que no se asusten y salgan corriendo —susurró Sergio acercándose a Rubén— Hay que calmarlos, los necesitamos de cebo si queremos cogerle.
     —¿Crees que ha podido ser él?
     —Los últimos informes lo sitúan por esta zona.
     Un revoloteo los dejó callados. El fuego se proyectaba hacía la oscuridad creando sombras que se movían…
     De repente se desató el caos. Una sombra cruzó ante la hoguera apagándola. Gritos llamándose, linternas encendidas… Un ligero olor a gasolina y el fuego crepitó de nuevo. El resplandor mostró otro cuerpo tirado. Igual que el cadáver  de Juan, no mostraba más heridas que un par de orificios en el cuello por el que resbalaban algunas gotas de sangre caliente.
     Asier vio una especie de fogonazo entre unos árboles. No se encontraba lejos y decidió acercarse. Apagó la música, se quitó los cascos y oyó unos gritos. Provenían de esa misma dirección.
     Con cautela se acercó. Lo que vio le heló la sangre. Había dos hombres allí a los que conocía, eran Ellos, los que lo habían creado, convirtiéndolo en el monstruo que era.
     Sin pensarlo entró en el círculo de luz. Las sombras empezaron a rodear el lugar. Los supervivientes del grupo estaban aterrados.
     —Asier —balbuceó Sergio— Hemos venido a buscarte, debes volver con nosotros al laboratorio. Es por tu bien…
     —¿Mi bien? ¿Ya no recordáis el sufrimiento al que me sometíais hora tras hora, día tras día? Yo no os pedí que me crearais. No pedí ser “esto”.
     Mientras hablaba, las sombras tomaron una forma consistente. Parecían humanos, pero no lo eran. Grandes bocas se abrían en sus caras, y en ellas dos afilados colmillos rebelaban su naturaleza. En un instante acabaron con todos los del campamento, a excepción de Sergio y Rubén. A éstos los empujaron hacia Asier al tiempo que decían:
       Te esperábamos, Maestro.
Una cruel sonrisa cubrió su cara. Y al entreabrir los labios… dos enormes colmillos brillaron…

Ahora que sabía realmente quién era, reclamaría su venganza.

--FIN--

Datos del receptor:
Nombre: Asier / Asier Rey (lo que prefiera el autor)
Nacido y pacido en Barakaldo / Bizkaia / Euskadi / España / Europa
33 años
Trabajo de administrativo
Aficiones: Ciclismo, literatura, footing,senderismo, la cartografía, la geografía...
El relato podría ambientarse en zona urbana o en la naturaleza, si se decanta por este último caso, podría ambientarse en una zona boscosa (por el norte de España hay bastantes, Selva de Oza / Macizo del Gorbea / Asturias / Pirineos / etc...)
Miedo tengo a las tormentas (brontofobia) y al resto de fobias habituales (a la muerte, al dolor, a la enfermedad, a las agujas, a que me toque la polla chilena y haya extraviado el décimo (o peor, a ir a cobrarlo y que el del banco se quede con mi pasta)
Música: Soy bastante flexible, desde clásica (Grieg, Schubert, Mozart, Beethoven...) hasta el rock (Iron Maiden, Berri Txarrak, Scorpions, Kiss...) pasando por reaggeton (vale, esto NO)
Libros: Sorpréndeme ??    (me gusta el cómic europeo y narrativa contemporánea, entendiendo esto último como autores españoles de principios de siglo XX. También me va el rollo histórico, pero sin pasarse)
Películas: La naranja mecánica, Chacal (la original), yo qué sé, tampoco metas películas con calzador en el relato que quedaría raro ??
Consigna: Relato de terror en el que aparezcan vampiros

El Japón de los líos

Por Sergio Bonavida Ponce. 

        Ganar la XVI edición de versus, patrocinada por El Edén de los Novelistas Brutos con un premio en metálico de dos millones de pesos argentinos, permitió a Ismael Manzanares cumplir su sueño de revisitar Japón con calma y tranquilidad. Agarró su maleta de viaje -la que tenía pegatinas de Tokio, Osaka, Kioto, Nagasaki y Chimpún- e introdujo calcetines, calzones, pantalones, camisetas y su antigua cámara Canon para emular a los nipones en su afán de inmortalizar los viajes. También añadió al contenido de su maleta, que estaba hinchada hasta los topes, un libro: Groucho y yo. El libro, de humor, se lo leería en algún parquecito urbano de esos que tanto predominaban en el país nipón.
Ya con todo lo necesario para tan opíparo viaje se dirigió al aeropuerto de barajas -desafortunado nombre que no tiene nada que ver con los juegos de cartas- y aguantó las interminables colas de embarque, los cacheos corporales, los apretones en clase turista... Todo ello en el primer vuelo, pues necesitaría realizar tan solo cuatro escalas más para poder llegar a su destino: Tokio. Después de un viaje corto de tan solo 28 horas -ni el sol tarda tanto en dar la vuelta al mundo- aterrizó, ya por fin, en al aeropuerto internacional de Haneda, situado a un tiro de piedra de la capital de Japón. Solicitó un taxi. Pronunció el konnichiwa al que su interlocutor respondió con el riguroso konnichiwa de vuelta; se sentó y disfrutó de la primera visión de la ciudad desde la ventanilla del vehículo que avanzaba con honorable orden por las calles relucientes de impoluta limpieza. Una vez llegado al lujoso Hotel Sakura Tantimao, entregó una suculenta propina al taxista, pues no quería que se notara que era Español de la virgen del puño cerrado; agarró la maleta, hizo el chequín en recepción y con su maleta agarrada entre las manos, cual osito de peluche, entró en la habitación. La depositó con cariño en una esquina y, sin desnudarse ni ducharse, cayó rendido cual tronco recién cortado sobre la cama -Ismaeeeel vaaaa- y patapúm... Durmió unas catorce horas sobre el dulce colchón. Los dineros ganados en el Edén sumaban tal suculenta cantidad que no hacía falta visitar el país de sus sueños con ninguna clase de prisas.

Al despertar tomó un espléndido desayuno japonés a base de sopa de miso, arroz blanco y pescado a la parrilla. Para beber no perdonó el café y arrinconó el té verde para la tarde-noche. Subió de nuevo a la habitación, cargó una pequeña mochilita de espalda e introdujo Kleenex -era muy mocosín-, su libro, Groucho y yo, y su cámara fotográfica. Al salir del vestíbulo del hotel inspiró con fuerza, abrió con desmedida rapidez sus manos en horizontal para llenarse del aire nipón tan beneficioso, pero tan loco estaba de alegría que no calculó bien la trayectoria de sus largas manos y golpeó en la nariz a un enjuto anciano japonés de vestido trajeado que poseía todo el cuello tatuado. Inmediatamente, cuatro hombres vestidos de riguroso negro, con similares tatuajes en el cuello, surgieron por los lados del hombre. El primero le propinó tal puñetazo a Ismael que este cayó redondo al suelo. Después de una consecución de honorables golpes, sin intención de matar, le dejaron en paz. Al escritor le dolía hasta el tuétano, pero aquel pequeño incidente no haría que sus merecidas vacaciones como ganador del Edén fueran perturbadas. Renqueando, con la pierna un poco fastidiosa, y aun con legañas en los ojos, se dirigió al destino marcado en el mapa.

A medida que caminaba y la alegría se apoderaba de él sentía menos el dolor. El buen humor comenzó a instalarse en su optimista alma, pues a pesar de los sinsabores de la existencia era un hombre con una innegable actitud positiva. Al llegar al parque observó que en una tarima se celebraba lo que parecía un festival de canto karaokizado. Una pantalla gigante transcribía en inglés y japonés las letras de las canciones; aunque predominaban canciones de estilo J-pop y K-pop, también se podía escuchar las comerciales baladas estadounidenses de los cantantes de moda, y ocasionalmente algún cantante más exótico. Le hubiera gustado acercarse a la tarima y cantar algo delante de toda la gente congregada en el improvisado festival, pero le asustaba sobremanera hablar en público. Se alejó buscando la tranquilidad de un banco de madera. Los cerezos en flor abrían sus pétalos y mecían sus ramas ante la agradable brisa que soplaba. El camino de tierra con pequeñas piedras le conducía hasta un pequeño banquito de madera situado detrás de una fila de hermosas aucubas, unas plantas verdosas de enormes hojas, bien cuidadas que separaban con elegancia el camino de la zona de reposo... Una hermosa japonesa surgió de repente de detrás de las plantas, el pecho blando de la muchacha impactó contra el torso de Ismael y el hombro le propinó un fuerte golpe a la altura del riñón; aunque bajita y de constitución delgada, el inesperado golpe hizo trastabillar al escritor, este perdió el equilibrio y la inercia le envío en dirección contraria, justo contra una homónima fila de arbustos situados al otro lado del sendero. Shitsurei shimasu pronunció la muchacha vehemente con rostro de auténtico arrepentimiento, pero no paró de correr y continuó en dirección hacia el espectáculo de canciones; los hombres trajeados, los mismos que habían asestado una pequeña paliza de bienvenida al escritor, la seguían de cerca. Por suerte para Ismael caído de espaldas, con ramas y hojas por toda la cara, no repararon en su presencia.
«¿Qué chica tan linda? ¿Por qué la perseguirán esos malvados? ¿Serán yakuzas?», al levantarse notó un bulto en el bolsillo de la chaqueta que antes no tenía. Metió la mano y extrajo un colgante. La cadena dorada poseía una bonita piedra azulada encasquetada en medio de una circunferencia plateada. Al incidir los rayos de luz sobre la piedra lanzó destellos hermosos al aire. Guardó la joya de nuevo en el mismo bolsillo y tomó asiento en el ansiado banco de madera oculto del camino principal por la alta fila de aucubas. Observó en derredor, pero ya no había rastro de la chica ni de los yakuzas. La tarima del karaoke quedaba en el limbo de lo suficientemente cerca y lejos, ya que si no prestaba atención podía no escuchar las melodías, pero por otra parte las canciones podían ser escuchadas si así lo deseaba.
Extrajo Groucho y yo, el volumen no muy pesado, arrancaba con una fotografía en portada de un envejecido Julius Henry Marx; bigote blanco, gran puro en los labios y un bocadillo, al más puro estilo de las viñetas de cómic, donde el lector observaba al alter ego de Julius, un Groucho Mark acaramelado con una hermosa mujer que observaba al humorista extasiada. Ismael abrió el libro por la página donde tenía el punto de libro de Smoking Dead, lo situó en la primera página y continuó leyendo; mientras, el cansancio y los recientes sustos comenzaban a realizar mella en los ojos, que a pesar de querer leer, se entornaban con lentitud...

—¿Qué lee? —Una voz socarrona le arrancó de la divertida lectura. Se giró y abrió, tal búho, los ojos en una redondez pasmosa.
Un hombre de complexión delgada, con un inmenso bigote negro rectangular, peinado con una impecable raya en medio del cabello bien almidonada, gafas redondas y de sonrisa pícara le dirigía una mirada traviesa. La boca de Ismael se desencajó, ante él la mismísima visión de Groucho Marx en su máximo esplendor le sonreía. La mudez se apoderó del joven escritor y los ojos, aún abiertos como lo de un búho, observaban incrédulos la aparición.
—Observo, Jovencito; que prefiere estar callado y parecer tonto que hablar y despejar las dudas definitivamente.
—No, yo... —Salivó un poco e intentó no parecer tan tonto como se supone que todo buen escritor debe parecer—. Estaba... leyéndole.
El hombrecillo, pues no era muy alto, se acercó con diligencia hasta su lado y tomó asiento.
—¡Qué honor! Pero no me hable de usted, por favor, aunque yo si le trataré así. Buen libro, ciertamente algo vetusto, pero sigue siendo gracioso. ¿Qué ven mis ojos? ¿Y esa cadenita dorada que asoma inquieta en el bolsillo de su chaqueta? Amigo, ¿acaso colecciona joyas de fantasía nipona?
Ismael, quien extrajo con rapidez la joya en su mano, sostuvo entre los dedos pulgar e índice el colgante encontrado después del fortuito choque con la hermosa chica japonesa.
—¿Sabes de quién es?
—Me ofende, por supuesto que lo sé. Yo sé todo lo que sé, menos aquello que no sé. ¡Qué cosas de decirme! —Groucho gruñó alegre y continuó el monólogo—. Pero deberá pagarme para obtener dicha información.
—¿Cuánto debo pagarle?
—¿Cuánto? Me ofende de nuevo, no cuánto, si no ¡cómo!
—¿Cómo? Perdona Groucho, no comprendo. —La cara de Ismael se transfiguró en un antiguo poema del cantar de mio Cid.
—¡Qué juventud tan apocada! No importan los cuántos sino los cómos. ¿Por qué un viejo humorista debería aceptar algo tan ingrato como el dinero? Vil metal que solo ayuda a sucios banqueros, políticos corruptos y prevaricadores jueces. ¡Cómo! ¡Cómo! Empápese bien de ese palabro si desea llegar a ser algo en la vida, aunque algo nunca cayó bien a nadie.
Ismael parpadeó con viveza, una gota de perlado sudor le bajó por la sien y tragó de nuevo saliva.
—Y... —dudó—. ¿Cómo debo pagarle?
—Hete aquí una inteligente cuestión al fin. ¡Hay tantas cosas en la vida más importantes  que el dinero... pero cuestan tanto! ¿Qué es lo que le da miedo, mi entrañable joven compañero?
Tragó saliva y rememoró aquella vez en quinto de EGB -primaria digasemelé- cuando la maestra Antonia Badmilk le hizo salir a la pizarra y le obligó a deletrear la tabla del siete. Se encasquillaba al llegar al siete por ocho... Las risas de la clase completa y la posterior amonestación de la señorita Badmilk le avergonzaron, quizá... más de lo que el paso del tiempo debería haber permitido a un ingeniero hecho y derecho como lo era él.
—Me da miedo... hablar en público.
Groucho propinó una larga calada a su enorme puro y observo -acción que no había dejado de hacer— a Ismael.
—Pues debe cantar Happy Birthday Mr. President de Marilyn Monroe.
—¿Qué? —dijo Ismael en esa simpleza del lenguaje que es el decir.
—¡Qué no, cómo! —gruñó Groucho sin fiereza pero si con cierta irritación—. ¡Cómo! ¿Recuerda?
Ismael negó con la cabeza, un tanto aturdido por intentar seguirle el ritmo a aquella mente tan despierta, pero recobrado del estupor se animó a continuar bajo la atenta observación de la ávida mirada bajo el amparo de aquellas pobladas cejas.
—¿Cómo? —preguntó al fin.
—Bien sencillo, amigo. ¿Observa la lejana tarima del karaoke?
Ismael gesticuló con aquiescencia girando el rostro para observar el no muy lejano espectáculo de luces y canciones.
—Vaya allí... y márquese un buen birthday al estilo Monroe.
—Pero... no puedo. ¡Es mucha vergüenza!
Groucho se levantó del banco, una brisa suave avivó la llama en la punta del puro. Levantó su mano derecha y miró en dirección a la muñeca, con la otra mano repiqueteó con suave insistencia la superficie acristalada del reloj.
—O está muerto o se ha parado mi reloj. —Gruñó de nuevo y con actitud amable extendió la mano en dirección a Ismael que retiró de súbito—. Mejor... La próxima vez que lo vea, recuérdeme no saludarlo.
Dicha esta frase le asestó un duro golpe con su bastón en la cabezota a Ismael, quien se desmayó.
El escritor abrió los ojos de nuevo, su libro Groucho y yo estaba caído en el césped a los pies del banco. A lo lejos, la gente aplaudía a un improvisado cantante, que entregaba el micrófono a una mujer. Guardó el libro en la mochila, cerró la cremallera y caminó en dirección al caldeado ambiente de canciones.

Comenzó a abrirse paso entre la gente, algunos niños, hombres asiáticos, jóvenes, turistas con cámaras fotográficas, preciosas mujeres de ojos rasgados y en ese momento un camión de la cadena Tokyomira aparcó a lado del escenario. Observaba la tarima con cierto pesar, las tripas le hacían ruidos extraños; el malestar, el nerviosismo y el miedo crecían en su interior. No avanzó ni un paso más en dirección a la plataforma. En ese momento, un hombre trajeado de negro señaló el bolsillo de su chaqueta por el que asomaba el dorado colgante. «Mierda con la joyita», murmuró mientras los yakuza se le acercaban con caras de pocos amigos. Comenzó a correr dando empujones entre la gente; un nuevo matón le cortó el paso, retrocedió, pero dos metros más atrás un tercer hampón, también de negro, le cortaba la retirada. Solo quedaba libre el acceso a la escalera en dirección al escenario y, con pasos ágiles, subió los escalones de dos en dos.
La presentadora del evento, una mujer de piel blanca, ojos rasgados, pelo corto, minifalda kawaii, orejeras de gato en el pelo y una inmensa sonrisa en el rostro le entregó el micrófono a Ismael.
—Where are you from? —Le preguntó en un excelente inglés percatándose de la lejanía del recién llegado.
—Yo, esto... —Tragó saliva—. I mean. I am Spanish.
Un alargado ooohhh surgió de algunos gargantas. La presentadora aplaudió con elegancia y dirigió unas frases al público de mayoría japonesa. Algunas risas se escaparon de la boca de los congregados, pero no existía malicia en la broma; después, se giró de nuevo hacia Ismael y le entregó el micrófono.
—What song do you want to sing?
Happy... birth... Happy birthday Mr. President of... —tartamudeó un poco— of Marilyn Monroe.
El rostro de la presentadora realizó una mueca extraña pero en seguida recuperó la sonrisa y levantó el pulgar en dirección al cielo. Le dio la espalda y se alejó a una esquina detrás de las improvisadas cortinas que hacían las veces de bambalina. Con el micrófono en la mano y sudando un mar de gotas saladas, observó las dos salidas del escenario. A cada lado dos trajeados yakuza le observaban con cara de pocos amigos. Dos hampones más estaban situados entre el público. Y tragó saliva.... de nuevo.
La reconocida tonadilla de cumpleaños comenzó a sonar, pero Ismael se quedó congelado en medio de la pista de madera; de su boca no surgía ni una sola palabra. Algunos entre el público comenzaron a señalarle y de nuevo, como años atrás, la ansiedad comenzó a crecer dentro de él. Tragar saliva seguía sin ayudarle a articular palabra. De repente -las cosas raras siempre suceden de repente- un pequeño tumulto se formó a los pies del escenario, la chica que había chocado con él huía de los yakuza situados entre el público. Sin pensárselo, Ismael le tendió una mano, ella la vio y rápido la asió. La chica pesaba poco, un ligero salto y la colosal fuerza de Ismael hizo el resto. La muchacha ya estaba al lado de él en el escenario. Ahora los espectadores no reían, observaban a la pareja sin llegar a comprender que sucedía. La chica se le acercó, posó sus manos sobre las manos de él y, dirigiéndose a la audiencia, pronunció un largo discurso -obviamente en japonés - que arrancó un nuevo ooooohhhhh más largo que el anterior. La música paró y ella, sin soltarle las manos a Ismael, le sonrió. La muchacha le dijo algo en japonés pero él no entendió. Ismael le replicó con una frase en inglés, pero ella tampoco comprendió. Al final, ella gesticuló con sus manos alrededor del cuello, como sosteniendo un colgante. Ismael comprendió al acto, sacó la joya de su bolsillo y se la entregó. Ella la agarró con una gran sonrisa y, sin soltarle de la mano, le susurró al oído: Happy Birthday Mr. President... Entendió que le animaba a cantar juntos. Tragó saliva y acercó el micrófono a la cara de la chica; por su lado la chica sostenía el colgante en alto con una mano y con la otra agarraba el micrófono para situarlo en medio de las caras de ambos. Las palabras Happy Birthday Mr. President surgieron de la voz de Ismael resonando con hermosa armonía con la de la joven. Y desde aquel extraño-onírico-fantasioso día nunca más tuvo miedo de hablar en público.

Epílogo:

En fin... podría narraros que sucedió después de aquel bello canto de Ismael agarrado de la mano con aquella hermosa mujer asiática. También, como narrador omnisciente y omnipresente que soy os podría contar lo que Groucho no contó al bueno de Ismael: que el colgante pertenecía a Mariko, hija del jefe yakuza Mushopego Kehagodayno de Tokyo; sí, estimados, una aburrida historia de mafia japonesa, gánsteres nipones, honorabilidades rotas e hijas despechadas. No entender idiomas es un problema, sobre todo cuando una bella joven japonesa, para poder huir de su padre y de sus secuaces se compromete en público con un desconocido en un evento público. El honor nipón no funciona exactamente como nosotros los occidentales imaginamos, es más sutil, si una hija dice que se casa ante miles de personas, con una cadena de televisión grabando y ofreciendo un presente milenario perteneciente a la familia... pues, eso quiere decir exactamente... eso. La honorabilidad -fuera lo que fuese que estaba en juego- se recuperó e Ismael se vio forzado ante las graciosas circunstancias a contraer nupcias en una bonita ceremonia sintoísta con Mariko. Cabría añadir que todo sucedió ante la atenta vigilancia del padre, el honorable patriarca yakuza Mushopego, que no dejaba de prestar atención a su extraño yerno de ojos redondos.


Quizá, lo más gracioso de todo el asunto, era el chichón que llevaba en la cabeza Ismael y que aún no se le había marchado...

--FIN--

Datos del receptor:
Nombre: Ismael Manzanares
Aficiones: Pasear en soledad, leer
Lugar: Japón
Edad: 41
Trabajo: Ingeniero
Miedo: Hablar en público
     Consigna: Relato de humor en el que aparezca o se mencione a Groucho Marx,


Letras de memorias

Por Irene Dantés.

    Despertó esa mañana con la horrible y conocida sensación de haber recordado algo muy importante. No sabía bien qué era ese algo y al momento en que abrió los ojos el algo se difuminó en la niebla de la zozobra. El hálito de su propia respiración le dijo que había nevado durante la noche y que con toda seguridad, tendría que despejar la entrada a su casa. Estiró los músculos tratando de recuperar eso que se le había escapado, pero el recuerdo ya no estaba.
Mientras preparaba el té de manzanilla que le ayudaba a mantener el calor dentro del cuerpo su mirada se posó en la máquina de escribir. Trató de recordar si ella la había comprado, si se la habían regalado o si estaba en la cabaña cuando llegó. Desechó las ganas de averiguarlo y se enfocó en la tetera sobre el fuego. El calor le recordó que había leña recién cortada en el cobertizo y que podría encender la chimenea. Tomó una cobija amarilla y se la echó en los hombros. La leña podía esperar. Aun no salía el sol y el frío se le colaba por todas partes. No tenía ganas de salir y mojarse los pies en la nieve y regresar congelada.
Ya con el té servido, se permitió mirar por la ventana. El mar entraba por el fiordo llevando más espuma de lo normal. El agua, cristalina por lo general en la orilla del lago, ahora parecía turbia y un poco escarpada. Pensó que con el frío que estaba haciendo los peces estarían congelándose. De algún lado su cerebro sacó la imagen de peces bailando en el fondo del mar y un pequeño cangrejo tocando unas trompetas animadas. Sonrió a la ventana, y su propio reflejo le regresó la sonrisa.
La entrada a su casa estaba cubierta de nieve, pero no tanta que no se pudiera pasar. Un pequeño pájaro se posó en el poste del camino y comenzó a picotear… tac, tac, tac... pensó que quizá, años atrás, se sentiría complacida al ver al bello pajarito…tac, tac, tac… pero ahora su cabeza la llevaba de nuevo a mirar adentro de la casa…tac, tac, tac… una parte de ella quería ver que el ave encontrase el insecto que buscaba… pero su atención seguía desviándose, hacia la mesa, hacia el papel, hacia la máquina de escribir. Al final cedió a la tentación y se acercó a ella. Tenía una hoja puesta en el carrete, le faltaba la tecla del número 5, y alguien había llenado el logo de Olivetti con corrector líquido, alguien había escrito Paloma con bolígrafo azul y letra juvenil, tardó unos minutos en recordar que ella también se llamaba Paloma y se sintió feliz de tener una máquina de escribir que había pertenecido a alguien con su mismo nombre.
Alguien había escrito algo en la hoja del carrete. Las letras un poco irregulares bailaron ante sus ojos por unos segundos, mientras trataba de encontrarle sentido a lo leído.
“…fueron las mujeres del pueblo las que llevaron a José al escondite subterráneo que llevaban meses usando, justo debajo de la iglesia. Si el padre Manuel hubiese sabido que cada domingo celebraba misas encima de un matadero, y confesaba a los hombres los sábados mientras orgías depravadas se llevaban a cabo debajo de él, se habría suicidado un año antes y no ese viernes santo cuando los malos espíritus le obligaron a cortarse las venas…”
Paloma se sintió inquieta. Tuvo la certeza de que cada mañana alguien le escribía esas historias durante la noche para que ella las continuara por la mañana. Pero ya no más. Esa mañana, con el mar inquieto, el lago a punto de congelarse y la entrada cubierta de nieve, Paloma decidió que no seguiría el juego y que cuando el escritor fantasma que la atormentaba con historias de muertes y asesinatos llegara en la noche encontraría la historia tal y como la había dejado.
Tac, tac, tac…el ave seguía picando afuera…tac, tac, tac
¿Pero que le había pasado al tal José? ¿Qué pasaba en ese subterráneo? ¿Por qué se había matado el padre Manuel?
Quería saberlo. Quería entender… así que se sentó ante la máquina y buscó las otras hojas, sabiendo que en algún lugar estarían las páginas escritas que le dirían quién era ese José y qué hacía en ese pueblo lleno de mujeres perversas. Comenzó a jugar con su anillo, aquel que alguna vez había significado algo, quizá un joven hermoso se lo había regalado, o quizá lo había comprado en algún lugar, o quizá estaba casada… eso no importó por el momento… tac, tac, tac…comenzó a escribir.
Descubrió que ella sabía qué era lo que querían esas mujeres malvadas, descubrió que su fuerza de voluntad no era como ella pensaba y que el escritor fantasma estaría complacido en la noche al revisar su avance.
Quiso arruinar la historia y torcerle las tuercas al hilo argumental pero era tan interesante que no pudo apartarse de la forma que ya comenzaba a adivinar. Cuando la Marieta, uno de los personajes, estaba con los pechos al aire a punto de golpear el rostro de José, llegó él.
¡Mierda! dijo con voz temblorosa ¡Se me congela el culo! ¿Pero qué necesidad hay de estarte aguantando?
Paloma apenas le prestó atención.
¿Has comido algo? hubo respuesta y él no insistió más en tratar de comunicarse.
Ella no dejó de escribir. De pronto a su lado apareció un tazón de sopa de pescado y un pedazo de pan, pero ella siguió con el tac, tac, tac… con su propia ave mental buscando alimentarse a picotazos de una historia que ya estaba ahí cuando ella despertó.
No supo cuántas páginas había escrito cuando sintió hambre y por reflejo tomó la sopa que ya estaba fría. La casa se sentía cálida y notó que el fuego en la chimenea estaba encendido. Afuera se escuchaban los pasos de alguien que acarreaba leña y el constante y cada vez más fuerte rumor del agua. Pero ella volvió a lo suyo.
Después de un rato sintió ganas de ir al baño, pero justamente el nuevo sacerdote acababa de ser nombrado en la historia y Paloma aún no decidía si matarlo o dejarle descubrir lo que había en el sótano, así que se hizo en el pijama. El calor líquido que salía de su entrepierna le sacó de concentración, su cerebro trataba de coordinar las acciones a realizar como limpiarse, ponerse ropa limpia, tirar la sucia en el lago antes de que él se diera cuenta, pero al mismo tiempo su cuerpo se paralizó de terror y comenzó a gritar de miedo. Afuera los pasos se acercaron a la puerta y él entró a toda prisa.
¿Qué has hecho, Paloma? ¿Te has vuelto a hacer en los pantalones? exclamó el hombre cada vez más alterado ¿Es que eres idiota? y le soltó un puñetazo que la dejó inconsciente.
Despertó horas después cuando el sol ya se había metido y en la chimenea solo quedaban algunas brasas. Le dolía la mandíbula y la cabeza le daba vueltas. Apartó las cobijas y no se dio cuenta de que llevaba pijamas limpias, ni de que estaba hambrienta de nuevo. El rumor del agua le hizo apartar la cortina y ver por la ventana como el lago había crecido debido a la marea. El fiordo se desbordaba al fondo, embravecido el mar a lo lejos amenazaba la costa del lago que se agitaba violentamente. Se olvidó del frio y la nieve, del ave que ya no estaba, de la oscuridad que se cernía sobre el valle y solo pensó en escapar. Tenía que subir cuesta arriba, alejarse del agua, el fiordo se inundaría llevándose todo, incluida la cabaña por en medio.
Encontró su cobija amarilla y al echársela a los hombros vio que otra vez había una historia inconclusa en una hoja pálida salpicada de letras en el carrete de la Olivetti. Pero no le importó, tenía que salir de ahí.
Al abrir la puerta, el gélido aire le golpeó en el rostro con más dureza que el puño de él. Tampoco le importó. En pantuflas corrió por el camino, rodeó la cabaña y se internó en el bosque. Después de unos minutos giró la vista y sonrió al ver que el agua azotaba ya con furia las paredes de la casa y se felicitó por haber salido a tiempo. No había otras construcciones en su frenético recorrido, ni un alma que notara a la mujer que se alejaba de la orilla, huyendo de todo y de nada, puesto que todo lo que había en esa casa no significaba nada para ella.
A sus espaldas el agua seguía subiendo y muchos árboles cedieron a la corriente que ya de llenaba de astillas cuando los troncos tronaban con el peso del líquido, pero Paloma no dejó de correr. Corrió aunque los dedos de los pies le dolían. Corrió aunque el viento helado le congelara el aliento. Corrió aunque el frío le calara en los huesos. Corrió hasta que se sintió segura, mientras que el lago seguía destrozando todo detrás de ella.
Despertó en medio del bosque, con la sensación de haber olvidado algo importante. Ya no sentía las manos ni los pies, pero tampoco sentía frio y al momento de abrir los ojos le volvieron cuatro años de memorias perdidas entre arañazos de olvidos involuntarios. Se estremeció al recordar que ese día había sido diagnosticada con Alzheimer y que iba distraída pensando en cómo organizar su vida o lo que le quedaba de ella.        
Recordó el haber salido de la Universidad con las notas del día bajo el brazo y las llaves del automóvil en la mano. El golpe que le dio el desconocido antes de poder pedir auxilio. El olor a cloro que despedía su mano cuando le tapó la boca y la obligó a entrar al auto. Le dolió el cuerpo cuando su memoria le trajo los años de golpes y vejaciones, como la obligó a vaciar sus cuentas y el camino hacia el fiordo. Sus muñecas le recordaron que la tuvo muchos meses encadenada y su piernas todo el tiempo que estuvo pateándola.
La máquina la compró él después de escucharla contar historias de las que después no se acordaba. Para tenerla tranquila le llevaba hojas y cinta para la Olivetti. Él la ayudó a olvidar, con cada golpe y cada abuso sus memorias se esfumaban, olvidó el rostro de su padre, el de su marido, el propósito de su vida... y ahí, tirada en la nieve inmóvil,  se sintió por primera vez libre en muchos años. Supo que iba a morir de frio. Pero lo único que le importaba era no escuchar el tac, tac, tac que sus dedos hacían mientras tejía historias que su cabeza creaba para ayudarla a sobrevivir. Cerró los ojos dando la bienvenida a la oscuridad definitiva.

Feliz navidad, Paloma susurró con su último aliento, contenta de darse cuenta de que ya no recordaba el rostro de ese hombre.   

--FIN--
Datos del receptor:
Nombre: Paloma Celada
Aficiones: Senderismo y patinaje sobre ruedas
Lugar donde se desarrolla la acción: Fiordos noruegos
Lugar de nacimiento: Madrid
Estado civil: casada
Trabajo: investigación científica en la universidad
A qué tengo miedo: al mar embravecido en general y a ser sepultada por una ola gigante en particular.
Libros: El señor de los anillos y La casa de los espíritus
Canciones: La planta 14 (Víctor Manuel) Soldadito de plomo (Cecilia)
Películas: Amélie y Enemigo a las puertas
Consigna: Relato dramático con una enfermedad de fondo.