lunes, 27 de octubre de 2014

Los tres chiflados

Por Robe Ferrer.

       Larry Fine nace en Filadelfia en 1902. Hijo de dos equilibristas de circo, es el menor de cuatro hermanos.
Desde bien pequeño le atrajo la profesión de cómico, debido a que se crió en el circo. Con solo dos años ya participaba en los espectáculos en el número de los payasos. Salía paseando a un pequeño caniche, al cual enredaba su cuerda alrededor de los pies de sus compañeros para hacerlos caer y así arrancar las carcajadas del público.
Siempre lo tuvo muy claro, su vida iba a estar ligada al circo y a hacer reír a la gente.
Con el paso de los años se le iban ocurriendo bromas graciosas que mejoraran el número y que le dieran otro aire distinto. Repetir las mismas gracias año tras año en las mismas ciudades hacía que el público se aburriera y dejase de ir a sus funciones. Suya fue la idea de rociar a sus compañeros con agua cuando olían una falsa flor que portaba en su solapa o estampar un pastel en la cara de otro payaso. Ideas que posteriormente sus compañeros trasladaron a otros circos cuando el suyo se vio obligado al cierre.
En agosto de 1921 una desgracia cayó sobre el joven Fine. Comenzaba la feria de la cosecha de Maine y el circo había preparado un nuevo espectáculo. Los payasos se iban a enfrentar a un león, al que previamente le habían administrado sedantes y no se movía de su sitio. Los payasos salían con látigos y aros para que el león pasara a través de él. Como el león no hacía otra cosa que dormitar, los payasos hacían de leones y saltaban por el aro, se subían a banquetas e imitaban el comportamiento del animal. El número fue un gran éxito durante la primera semana de la feria.
El día de descanso, el león atacó a su cuidador cuando iba a limpiarle la jaula y escapó, sembrando el pánico en el recinto. Tras matar al cuidador de un zarpazo en el cuello, se lanzó sobre los ponis que tenían los payasos para su número de Buffalo Bill. Larry, al igual que el resto de sus compañeros de espectáculo, acudió a auxiliar a los equinos. Sin saber cómo había sucedido, Larry Fine se encontró arrinconado por el león.
La intervención de su familia acróbata (The Flying Fines) evitó la muerte del muchacho, aunque el precio fue demasiado alto. La mayor de sus hermanas recibió un zarpazo en la cara que le arrancó la mejilla izquierda y le hizo perder la visión de aquel ojo. Su padre murió cuando el león se lanzó sobre él y le aplastó la caja torácica con su peso antes de destrozarle el cuello y el hombro derechos a dentelladas.
El presentador del espectáculo llegó unos instantes después y descargo su escopeta contra el animal, que cayó mortalmente herido.
La tragedia acabó con dos fallecidos, seis heridos leves y tres graves. Las autoridades le retiraron al propietario la licencia circense y le impusieron una fuerte multa por el uso de animales salvajes sin autorización, lo que provocó la quiebra del empresario y el forzoso cierre.
Los meses siguientes la familia Fine intentó buscarse la vida realizando trabajos de ayuda a granjeros del lugar a cambio de comida y techo, pero las cosechas se estaban acabando y la proximidad del invierno hacía que los campesinos no pudieran emplearlos.
En 1925, tras varios años de aceptar pequeños papeles en comedias locales, se une a los hermanos Howard en lo que se convierte en el trío de humor más conocido de los siguientes veinte años.
Corría el año 1939 cuando en Europa se desencadenaba otra gran guerra. El Tercer Reich alemán invadía Polonia. Aquello produjo la declaración de guerra por parte de Francia y el Imperio Británico.

7 de diciembre de 1941. Las tropas japonesas atacan la base de Pearl Harbor. Al día siguiente los Estados Unidos de América declaraban la guerra al Imperio del Japón y la vida de Larry Fine cambiaba por segunda vez.
Su hijo Larry Fine Jr. moría en aquel ataque. Al igual que su país, Larry Fine le declaró la guerra a los japoneses. Sin pensárselo dos veces, y en contra de la opinión de su esposa, se alistó como voluntario junto con sus dos amigos Moe y Curly.
Tras varios años gloriosos de batalla, los tres cómicos se licenciaron con honores habiendo cumplido con su patria.
Más de cien cortos y veinte largometrajes avalan la carrera de Fine.
En 1975 fallece en California, pocos meses antes que su amigo Moe.

Moe Howard nace en Nueva York en 1897. Crece junto a su hermano Shemp, con el que más tarde formaría el germen de lo que serían los Tres Chiflados.
Debido a las calamidades económicas que atravesó su familia, Moe tuvo que ayudar con las labores del campo a sus padres, al igual que ya hacían sus hermanos mayores.
En 1915, la Gran Guerra o Primera Guerra Mundial, como posteriormente fue conocida, se llevó la vida de dos sus hermanos mayores y dejó parcialmente ciego del ojo derecho a su hermano Shemp. Al cumplir 21 años y con ellos alcanzar la mayoría de edad, se alistó en el ejercito para combatir, sin embargo, pocos días después la guerra finalizó y no entró en batalla.
Cuando se licenció, se dedicó a la electricidad durante algunos años, hasta que en 1921, su hermano Shemp le propuso formar un dúo cómico y actuar por las ferias locales. Al principio a Moe no le pareció una buena idea, pero su hermano le convenció con el argumento de que en la guerra había visto sufrir tanto a la gente que habían perdido hasta la sonrisa y que él intentaba arrancársela a los niños con algún truco. Que ni los niños ni los adultos deberían olvidarse de reír ya que la risa era el motor del mundo.
Así fue como pasados los años, y de casualidad conocieron a Larry Fine en un espectáculo en la Feria de la Cosecha de Oklahoma. Tanto Fine como los hermanos Howard participaban con un número cómico. Tan prendados se quedaron de las respectivas actuaciones, que finalizada la jornada se reunieron en una taberna de la ciudad. Bebieron cerveza, charlaron y no dejaron de comentar las bromas del espectáculo.
Shemp escuchó que alguien que había en la taberna le preguntaba al tabernero “¿De qué ríen?” a lo que el mesero respondió “No lo sé. Están los tres chiflados”. De ahí le vino la idea de ponerse aquel nombre artístico que arrastraron toda su vida.
Fue en 1934 cuando Shemp dejó la formación para dedicarse al jazz y Moe Howard propuso la entrada de su hermano pequeño Curly, quedando así la formación definitiva con la que llegaron los éxitos televisivos.
Moe se casó con Hanna Sherman en 1925 y fue padre de tres niñas, las cuales nunca quisieron seguir los pasos de su padre. En 1942, cuando él se encontraba luchando por su país en la Segunda Guerra Mundial, su esposa fallecía de una embolia cerebral. Sus tres hijas nunca le perdonaron que él no estuviera a su lado y rompieron toda relación con Moe.
A finales de la década de los 40, contrajo matrimonio con la también actriz Carla Wayne con la que tuvo un hijo.
Retirado de los escenarios, Moe encontró entretenimiento en la papiroflexia y en las emisoras de radioaficionado con las que se comunicaba con su amigo Larry.
Desde la muerte de Fine, comienza a mezclar medicamentos con alcohol hasta que en Mayo de ese año fallece por sobredosis de ansiolíticos.

Curly Howard nació en Brooklyn en 1903. El pequeño de los Howard sobrevivió a una dura enfermedad que lo mantuvo en cama desde que apenas era un bebé hasta los cuatro años de edad, por lo que tuvo un importante retraso en sus funciones motoras. Tras ser infructuosas todas las técnicas conocidas hasta el momento, el Dr. Chang decidió probar con una novedosa técnica basada en la aplicación de radio al paciente.
Gracias a la idea del doctor, Curly sobrevivió a la enfermedad y adquirió las habilidades motoras que tenía que tener y con seis años era como cualquier otro niño de su edad.
Las sesiones con radio le habían dañado algunas funciones de su cuerpo, como el crecimiento del pelo y de las uñas, que le crecían mucho más lento que a cualquier otra persona. Por el contrario, le habían conferido un gran poder de regeneración de las heridas. Lo que para un hombre normal era una herida que tardaría una semana en cicatrizar, a él se le curaba en apenas un día.
Fascinado por la ciencia que le había salvado la vida, decidió estudiar química en la universidad de Nueva York, en la que se licenció con matrícula de honor.
Durante su juventud trabajó en algunos laboratorios de una gran compañía, pero nunca pudo realizar sus propios proyectos de investigación con radio. Siempre obtenía la misma respuesta: la partida presupuestaria era escasa para destinarla a experimentos que no habían sido aprobados por la junta directiva.
Harto de escuchar una negativa tras otra, con treinta años abandonó su trabajo para montar su propio laboratorio. Sin embargo, no consiguió los permisos gubernamentales necesarios para las investigaciones con isótopos de radio.
Un año después, su hermano Moe le propone ocupar el puesto que deja en el grupo cómico su hermano mayor Shemp. Sin pensárselo dos veces, Curly acepta la proposición y empieza la etapa más gloriosa de su vida.
Durante los diez primeros años los éxitos se van sucediendo en todos los campos; en el laborar con numerosos cortos y varios largometrajes, en la financiera con un incremento considerable de su patrimonio y en la sentimental con numerosos romances, aunque nunca pasó por el altar.
Con la oscarizada Katharine Hepburn mantuvo una relación amorosa de tres años que finalizó cuando en el rodaje de “Sueños de juventud” la actriz se fuga con el director de la película.
Posteriormente, conoció a Vivien Leigh durante el rodaje de “Lo que el viento se llevó”, película en la que Curly tenía un papel secundario, que nunca llegó a interpretar por decisión del productor. Con Leigh entabló algo más que amistad, que finalizó cuando Curly Howard se alistó para combatir en la Segunda Guerra Mundial.
De regreso a los Estados Unidos, se dejó ver con Ava Gardner y nuevamente con Vivien Leigh, pero esta última relación no duró más de dos meses, después de la cual se le relacionó con una desconocida joven llamada Norma Jeane Mortenson.
La relación con Norma Morteson duró cerca dos años, cuando la joven dio el salto a la gran pantalla con el sobrenombre de Marilyn Monroe. Entonces Curly no pudo soportar que aquella, hasta entonces, desconocida tuviera más éxito que él y rompió su romance.
Desde ese momento, y con el gusanillo que la Segunda Guerra Mundial había despertado en su interior, se dedicó plenamente a la carrera militar, participando en diversas misiones de espionaje en la Guerra Fría y en asaltos a varios establecimientos del ejército ruso en la Guerra de Corea.
Fue en dicha guerra donde comenzó a sufrir brotes esquizofrénicos, que le obligaron a trasladarse de nuevo a los Estados Unidos. Allí, los doctores del North Hollywood Hospital and Sanatorium avisaron a sus familiares que Curly había comenzado a causar problemas y que lo conveniente sería internarlo en una institución mental, a lo que Moe se opuso.
Durante el rodaje de “He coocked his goose”, Moe recibió el aviso de que su hermano había sido internado en el hospital Valdy View Sanitarium, donde fallecería algunos días después por una hemorragia cerebral masiva.

A pesar de haber tenido vidas tan dispares y desgracias de todo tipo, Moe, Curly y Larry supieron hacer reír a todo Estados Unidos y a países de América Latina como México, Venezuela, Paraguay o Argentina (donde tienen dedicado el museo más grande en Iberoamérica).
En 1983, por fin tuvieron el reconocimiento que se merecían y se consagró en su honor una estrella en el Paseo de la Fama.


– FIN –


Consigna: escribir una biografía ficticia sobre la vida de los actores de «Los tres chiflados».


El atleta

Por Vanesa Ian.

Ramiro se consideraba un chico normal, del montón, uno más en la gran urbe que era la escuela. Claro, que los demás, no lo veían de ese modo; para los demás era Skeletor, Fideo, Radiografía, Patas de tero, Alambre, y cuanto sobrenombre imaginen. Siempre fue muy buen alumno, destacaba en materias como literatura, le encantaba leer y, en los recreos, podía vérselo en el rincón más alejado siempre con un libro en la mano. No tenía amigos, sus únicos amigos eran los libros. Era un buen muchacho, un poco retraído, nunca se metía con nadie, pero bueno… después de tanto tiempo de bromas pesadas, golpes y bullying continuos, la palabra “bueno” resulta bastante efímera.
Jamás disfrutó de ninguna clase de educación física, si bien él era bastante atlético y corría como si se lo llevara el mismo demonio, los deportes de equipo no eran lo suyo. Odiaba con toda su alma los días en que había fútbol; él podría ser muy veloz, pero era pésimo en ese deporte, por lo que siempre terminaba en el arco, y no por buen arquero, todo lo contrario, pero en algún puesto tenían que ubicarlo, aunque el mismo entrenador se riera de él a sus espaldas. En ese momento de la clase, era llamado Clemente*. Detestaba ese apodo, cada vez que era llamado así, se veía gritándoles en la cara a sus verdugos: ¡Dejá que te ponga una mano encima, hijo de puta! ¡A ver si me podés seguir diciendo Clemente! Claro, eso solo ocurría en sus fantasías más secretas, pero como lo disfrutaba…
El día que se jugó el torneo intercolegial, su equipo competía con un curso del turno tarde. Ese día fue histórico y también lo hubiera sido el castigo recibido de manos de sus compañeros, si la suerte no lo hubiera acompañado. Perdieron vergonzosamente, el marcador indicaba la derrota diciendo: 9-1. El pobre de Ramiro sabía lo que le esperaba, por eso, cuando terminó el partido, no fue directamente al vestuario. Rodeó el campo de deportes de la escuela y se quedó un rato bajo las gradas del lado oeste. Se tiró sobre un montículo de hojas secas y pensó: Si me agarran ahora me matan, si logro ocultarme hasta la noche, quizás mañana se olviden o se les pase un poco, no tienen mucho cerebro que digamos y para lo único que sirven es para correr como simios tras un objeto esférico o para alentar a otros once monos que hacen lo mismo que ellos, pero que juntan el dinero con palas. Si logro quedarme aquí sin que me descubran, por la noche saltaré la reja y me iré a casa.
Al rato, empezó a dormitar y soñó. Era un sueño de observación, en él se veía a si mismo corriendo como un rayo en la pista de atletismo, sus verdugos iban tras él, pero nunca podían alcanzarlo. Hasta a Alexis, que era el mejor de todos y siempre se llevaba los elogios del entrenador, le sacaba diez metros como mínimo. Cuando estaba por cruzar la línea de llegada, un sacudón fuerte lo despertó y lo primero que vio, fue la horrible cara de Marcelo, el peor de todos.
—¡Acá está Clemente, chicos! —gritó— Y ahora vas a ver lo que es bueno, manco de mierda.
Lo tenía agarrado por los brazos, cuando Ramiro giró su cabeza, vio que venían siete u ocho de sus compañeros hacia donde él estaba. Venían como buitres. Sintió miedo, entonces hizo lo único que se le ocurrió.
—¡Entrenador, aquí! —gritó mintiendo.
—¿Pero dónde…?
Aprovechó la confusión de su agresor, soltó sus manos y lo golpeó en la cara. Era un golpe mal dado, un golpe de nenita, pero sirvió. Se zafó y empezó a correr.

*Clemente es un personaje de historieta argentino que carece de brazos.
 
Bordeó las gradas y atravesó el campo de deportes como un animal desbocado. Corrió como alma que lleva el diablo, mientras la poca gente que quedaba lo miraba extrañada, entre ellos, estaba el entrenador.
El entrenador, que no era ningún tonto, sabía lo que pasaba. Según él, había cosas que había que dejarlas tal cual estaban, eran el balance perfecto dentro de una institución. Hasta los animales tenían la misma conducta, siempre el más fuerte, se aprovechaba del más débil. Claro, que cuando las cosas pasaban de castaño claro a castaño oscuro, ahí es cuando dejaba de hacer la vista gorda y una luz de alarma se encendía en su interior. No iba a permitir que pasaran de las habituales bromas a los golpes físicos, los golpes que contaban, para él, solo eran los psicológicos y hasta creía, en lo más profundo de ser, que eran beneficiosos; a la larga endurecían el carácter y formaban a las personas, en particular, ese tipo de personas, con tan poca actitud y que vivían encerrados entre las páginas de un libro. Pero no iba a dejar que pusieran en duda su condición de entrenador, si querían lastimarlo, que lo hicieran afuera, no adentro de la escuela. Hasta acá habían llegado, ver a un chico correr de esa forma anta la vista del rector, no se podía permitir.
Al otro día Ramiro puso el despertador más temprano, quería llegar a la escuela antes que sus agresores, menuda sorpresa se llevó, cuando en los escalones de la entrada, estaba el entrenador y con cara de pocos amigos.
—Buen día, entrenador —saludó.
—Hola Ramiro, te estaba esperando a vos —contestó.
—¿A mí?
—Sí, hijo. Vamos a mí oficina.
Los peores presentimientos rondaban por la cabeza de Ramiro, jamás en su vida esperó lo que a continuación le dijo el entrenador.
—Te vi ayer como corrías, me sorprendiste —dijo.
—Lo que pasa entrenador, es que ayer ehh —titubeó Ramiro.
—Nada de eso, Ramiro —se apresuró a decir el entrenador, moviendo sus manos en un gesto de darle poca importancia—. Lo que quiero decirte, es que el año que viene, esta escuela incorporará el atletismo en su currícula y me interesaría mucho incluirte. Podría prepararte lo que resta de este año y podrías estar compitiendo el año que viene ¿qué te parece?
Ramiro estaba estupefacto, por fin se sacaría de encima a esos malditos, era un sueño hecho realidad. Recordó vagamente el sueño que había tenido la tarde anterior, mientras se escondía.
—Puedo esperar a que lo pienses, hijo. Pero permitime decirte que sería la mejor decisión que podrías tomar —concluyó ansioso.
—Sí, ehh entrenador, me gustaría mucho, lo único ehhh, es que nunca me preparé, yo siempre corrí rápido.
—No te preocupes por eso, yo te prepararía con mucho gusto Ramiro, ¿qué hago, entonces? ¿te anoto para el año que viene?
—Sí, gracias entrenador, en esta, no lo defraudaré…espero —contestó con una sonrisa.
—No lo harás, hijo.
Se sentía feliz, nunca pensó que él entrenador podría llegar a pensar en él como un deportista, sabía que era veloz, pero jamás pensó que serviría para un deporte; el único deporte que había practicado en su vida, era huir para que no lo maten ¿y qué había hecho él para merecer eso? No lo sabía. Era el loser de toda la escuela y siempre lo había sido, como si nacer con cara de rata ahogada y cuerpo de lombriz, hubiese sido su elección. En las únicas competencias que había asistido y ganado siempre, eran las de ortografía, gramática y literatura. Lo raro era esto, muy raro.
Estuvo toda la mañana queriendo hacer correr al reloj, no veía la hora de llegar a su casa para contárselo a sus padres. En cada recreo se iba a la biblioteca, ahí pasaba sus ratos más mágicos, pero esta vez solo lo hizo para ocultarse de sus compañeros; igual, no se podía concentrar en la lectura, en su cabeza solo había una palabra, ATLETISMO, y así la veía, en mayúsculas; eso también era algo nuevo para él. Cuando sonó el timbre de salida fue el primero en salir. Corrió hasta su casa, que quedaba a unas diez cuadras y se tomó el tiempo, nada mal, pensó. Cuando lo contó a su familia y vio la cara de felicidad de su padre, supo que había hecho lo correcto. Nunca en su vida había tomado una decisión, sin antes consultarla con sus padres, esta era la primera. Libre albedrío, pensó saboreando cada letra, hermosas palabras.
El tiempo siguió su curso y Ramiro comenzó con el entrenamiento. Eran unos pocos, solo unos cinco chicos de cursos mezclados, a nadie le gustaba la idea del sacrificio en sí mismo y eso era el atletismo, sacrificio. No había un equipo ganador, solo dependías de vos mismo, no había tampoco a quien culpar, todo dependía de uno. Para el solitario y freak de Ramiro, eso era lo ideal. El entrenador le enseñó como alimentarse y como respirar; su cuerpo comenzó a cambiar y descubrió músculos que no creía que existieran dentro de él.
Terminó el año escolar y Ramiro siguió entrenando. Nada podía hacer que pare, ni siquiera su madre, cuando le preguntó si no creía que había bajado un poco sus notas por dedicarle demasiado tiempo al deporte. Él, realmente disfrutaba de esto. Pero de lo que más disfrutaba, era ver la cara de odio de sus compañeros cuando corrió la primera competencia, y ganó. Cuando empezara el siguiente año correría para las nacionales y se había propuesto ser el mejor, no de su escuela, sino del país. En los pasillos ya nadie lo molestaba ni usaba alias infames para él, pasó de ser Clemente a ser llamado “Bolt”, como el mejor atleta olímpico.
Como todo perdedor nato, Ramiro menospreció a sus enemigos. Creyó que ahora, que ya no les estorbaba en sus partidos de fútbol, no le tendrían tanta bronca y hasta esperó que lo felicitaran, después de todo, él era igual que ellos, un deportista. Nunca siquiera supuso, que se estaban reuniendo, en ese mismo momento, en el galpón del padre de Marcelo. Ahí había grandes cantidades de fibra de vidrio, que Don Arrnaldo usaba como material aislante en su trabajo.
El grupo nefasto, con Marcelo a la cabeza, fueron a las dos de la tarde, cuando Don Arnaldo dormía la siesta. Marcelo se calzó los guantes y robó una buena cantidad de fibra de vidrio, la que colocó en una caja con sumo cuidado.
De ahí se fueron hasta la casa de Alexis a ver videos tutoriales de internet. La idea se le ocurrió a Marcelo viendo pavadas por la web.
—¿Vieron? Esto no puede fallar —dijo Marcelo, mientras miraban absortos el video.
—¿No te parece que será demasiado? ¿y si en vez de hacerlo nosotros lo compramos en la tienda de chascos? —preguntó Martín, ya no le estaba gustando nada lo que veía, ya pasaba de la simple broma para él.
—No —dijo rotundamente Marcelo—, el de la tienda de chascos es para nenitos, no le hará nada.
—¿Y si lo lastima? Ahí dice que ese material es peligroso.
—¿Y si lo lastima? —se burló Marcelo con voz de falsete— si lo lastima mejor, Martín.
Y se pusieron manos a la obra.
La maravillosa idea de Marcelo, consistía en ponerle polvos picapica en las zapatillas de Ramiro, el día que corriera para las nacionales. No el de la tienda de chascos, que era para nenitos y solo picaba un poco; el del tutorial de internet era mejor, ese prometía escozor, dermatitis y gran irritación; con ese, abandonaría la carrera.
Llegó el día de las competencias nacionales, y Ramiro, que se había preparado durante meses, sentía una gran tranquilidad. Sabía que su promedio de tiempo era el mejor de todos los demás competidores, sabía que ganaría. Un gran abanico de posibilidades se abría ante él, su meta, ahora, eran las olimpíadas. Soñaba en grande, ¿y quién podía juzgarlo?, pasó de ser el nerd y el perdedor, a ser la promesa de la escuela y todos lo respetaban, hasta algunas chicas querían estar con él, y eso ya era lo máximo.
Llegaron al circuito, su padre, su madre y él. Después de muchos besos de su madre y de deseos de suerte de su padre, Ramiro, con su bolso deportivo, fue a cambiarse al vestuario, mientras sus padres ocupaban el primer lugar en las gradas. El vestuario era un caos, sacó toda su ropa y las zapatillas y empezó a vestirse. En eso, entraron Marcelo y su grupo. Lo rodearon todos y fue Alexis el encargado de hablar.
—Vinimos a desearte suerte Ramiro, ¿sin rencores?, ahora nos representas a todos, seamos amigos.
—Gracias chicos no los voy a defraudar, ya van a ver —contestó Ramiro en un éxtasis de felicidad.
            Le dieron todos la mano y se fueron a ocupar un lugar en las gradas. Nadie vio, que mientras rodeaban a Ramiro y hablaban con él, Marcelo se agachó y puso los polvos picapica dentro de las zapatillas. Llegó el entrenador y les dijo a todos que se apuraran, solo tenían cinco minutos.
Cuando se acomodó en su carril de largada, Ramiro saludó a sus padres y a sus amigos de la escuela que habían ido a verlo. Sintió un a ligera picazón en sus pies, pero no le dio importancia, solo nervios, pensó. Y largaron…
Ramiro sacó rápidamente una gran ventaja, su ritmo era muy bueno, daba gusto verlo correr. Pero algo andaba mal, sus pies, que habían empezado picándole solo un poco, ahora le estaban ardiendo mucho, no lo dejaban concentrarse en la carrera. Después comenzaron a quemarle, casi podía imaginar volutas de humo saliendo de sus zapatillas. En ese momento, trastabilló un poco y casi cae, perdió algo de ventaja pero continuó. Su mente era un torbellino, quería parar pero no se lo permitió, ahí fue cuando creyó entender lo que había pasado. Un odio profundo se apoderó de él, y cuando sintió que más adrenalina era segregada por su cuerpo, le dio la bienvenida y la usó para seguir. Ahora era una máquina sin sentimientos, llegaría a la meta y ganaría aunque tenga que hacerlo con dos muñones. Recordó vagamente un libro que había leído hacía unos años, “La larga marcha”, al lado de eso, pensó, esto no es nada. Y siguió a pesar que ya sentía los pies mojados y no creía que fuese sudor. Estaba seguro de que era sangre y él estaba chapoteando en ella. Quedaban los últimos cien metros y aunque Ramiro sintió que eran mil, siguió... Ya sentía el aliento de su competidor tras él, no estaba cansado, solo eran sus pies lo que lo estaban matando, trató de no pensar en ellos. El libre albedrío es una puta trampa, pensó. Cuando vio que la meta se acercaba, un segundo aire llegó a él y corrió desbocado, como lo había hecho el año anterior, para escapar de sus verdugos. Cruzó la meta, como alma que lleva el diablo… y ganó.
Al día siguiente salió en todos los diarios de país, no solo por haber ganado las nacionales, sino también, por su gran hazaña. En uno de ellos decía: Atleta gana la competencia a pesar de cruel broma jugada por sus compañeros, los ocho bromistas terminaron expulsados.
Ahora Ramiro sigue entrenando, su próximo objetivo son las olimpíadas y sus libros siguen con él; cuando relee uno, es como reencontrarse con viejos amigos. A veces, solo a veces, el mundo gira y da una vuelta en favor de chicos como Ramiro. A veces, los astros se alinean, le guiñan un ojo al universo y una buena estrella acompaña el camino de un perdedor, solo a veces.


– FIN –


Consigna: escribir un relato que transcurra en el ámbito deportivo, con el deporte elegido como base principal.


Mientras corríamos

Por Sergio Bonavida Ponce.

Comencé a correr a la edad de veinte años. Por aquel entonces mi forma corporal era más bien redonda y según palabras de mi doctor "debía adelgazar".  Dieta y deporte. Así fue como comencé a correr, o en nuestra jerga, a hacer running.
En seis meses había conseguido adelgazar doce kilos. Mi compromiso con este deporte era tan grande que incluso me inscribí en la federación de corredores. Y aprovechando aquel arrebatador ímpetu, ese año me apunté a la Carrera de San Cipriano, es esta una famosa carrera popular patrocinada por el ayuntamiento de mi ciudad.
Aquel evento deportivo me ilusionaba mucho. Me entrené a conciencia. Intercambiaba ejercicios de cardio y musculación entre semana y semana. Con mi recién adquirido pulsómetro , regalo de mis padres, regulaba con ardiente interés la intensidad de mi latido y revisaba con asiduidad el histograma y los históricos.
En la federación me asignaron un número de dorsal. El 1008. Con ese último paso ya estaba listo para correr.
El día de la carrera estaba muy nervioso. Una cantidad ingente de personas se agolpaba detrás de nosotros. Por suerte los federados nos situábamos quinientos metros más adelante de la salida oficial, bien separados de aquella turba humana. Entonces me fijé en ella. Una corredora guapísima. Llevaba unas mallas verdes ajustadas que realzaban su trasero. Su pelo largo lo llevaba recogido en una curiosa coleta trenzada en forma de zigzag. Y un rostro precioso, como la guinda en el pastel, finalizaba obra de arte de que era aquella mujer.
No pude recrearme mucho pues por los altavoces dieron paso a la emocionante cuenta atrás. 5...4...3...2...1...Listos. Salida. Salida. Chillaba el comentarista mientras seguía contando anécdotas sobre años anteriores. Pude escuchar el griterío humano a espaldas nuestras. Sin darme la vuelta comencé a correr a un buen ritmo pero sin esforzarme. Cuando consiguiera encontrar mi ritmo de carrera podría intentar acelerar un poco. La chica, la de la trenza en zigzag y mallas verdes, iba un poco más adelante que yo. ¡Oh! Entonces me  fijé en su dorsal. El 1007. Teníamos números consecutivos. Yo el 1008 y ella el 1007. Aquella especie de tonto azar me hizo sentir algo, y aunque intenté centrar todo mi esfuerzo muscular y mental en la carrera, mi vista no podía apartarse del bonito cuerpo que lucía aquel dorsal 1007. En un vano intento de hombría realicé un esfuerzo y la adelanté. Quería que viera mi dorsal. Si se sorprendió o se dio cuenta de aquella casualidad numérica yo no lo noté. Llegamos casi a la par a la meta. Aunque si debo ser sincero me ganó ella. Sin embargo, se desvaneció entre la muchedumbre, supongo que de vuelta a su casa, y yo hice lo propio, no sin una cierta amargura dentro de mí.
Al año siguiente me apunté por segunda vez a la misma carrera popular con unos conocidos de la universidad que poseían la misma afición que yo. Remoloneando por la exigua salida de corredores federados buscaba con desenfreno el dorsal 1007. Y allí estaba. Pero en aquel momento la voz en megafonía del asiduo comentarista dio paso a la salida. Mi grupo no se tomaba muy en serio la carrera, así que los dejé atrás. La chica del pelo en zigzag había mejorado, su ritmo era ligeramente mejor que el del año pasado. Marchaba sola. Aquella segunda vez estuvimos peleando por cada palmo de terreno. Evitando arcenes y las botellas de plástico que lanzaban los otros corredores. Un corredor sabe que cualquier mal paso puede dar al traste con una brillante actuación. Pero lo que me tenía realmente aturdido era el vaivén de aquellas caderas hipnotizadoras. Esa visión entorpecía mis pensamientos y no ayudaba para nada en mi concentración, e incluso en un leve momento de distracción tuve que reprimir el inicio de una erección. El dorsal 1007 volvió a ganarme la carrera. A una distancia prudencial pude observarla, anegando su sudor con su mano. Y en aquel instante, sorpresa, su mirada se clavó en mí. Estaba mirándome fijamente. El corazón me latió con fuerza acusando el esfuerzo. Deseaba iniciar una conversación con aquella chica. Levanté la mano y la saludé, ella hizo lo mismo señalándose su dorsal y después señalando el mío. Aquel gesto me dio a entender que ella también se había dado cuenta de la consecución de los números. Pero de repente aparecieron mis conocidos de la universidad y me zambullí en aquel clima de camadería. Desgraciadamente aquello ocasionó perderla nuevamente de vista.
Entre el segundo y tercer año comencé a salir con una chica de la universidad. Era muy bella y simpática. Pero no le gustaba el running. Y el tiempo pasó...
La tercera carrera popular de San Cipriano estaba próxima. Sólo un par de días me separaban de aquel ansiado evento. Mi novia insistió en esperarme al final de la línea de meta. Yo no estaba del todo seguro de querer aquello. La noche anterior a la carrera un leve recuerdo de la chica del dorsal 1007 me desveló. Y aunque en aquel año debo reconocer que me había olvidado de ella, la cercanía de la carrera, reavivó los recuerdos de años anteriores. El día de la carrera vi aquel número tan conocido por mí en la salida de federados. 1007. Y nuevamente, como en el eterno retorno, la carrera comenzó. Como siempre, me volvió a ganar. En esta ocasión, al final de la carrera, se me acercó y me habló. "Hola número 1008. No lo haces mal, si mejoras la pisada quizás el próximo año me ganes." Su jactanciosa sonrisa era preciosa y por un momento me olvidé de mi novia. Estuvimos hablando con una cordialidad innata, como si nos conociéramos toda la vida, pero apenas fueron un par de minutos. De entre la gente apareció inoportunamente mi novia, y sin tiempo a reaccionar me abrazó y me propinó un beso. Yo estaba anonadado. Me despedí torpemente de la chica del dorsal 1007 a la que ni siquiera le pude preguntar por su nombre. Mi novia me realizó la casi obligatoria pregunta:"¿Quién es esa chica?". Apenas balbucí: "Una corredora que conozco".
A los pocos meses dejábamos la relación. No es que fuera mala chica, ni que nos lleváramos mal, pero no teníamos ninguna afición común, y mi tiempo dedicado al entrenamiento y a los estudios era cada vez mayor. Tampoco me quise engañar a mí mismo. No podía quitarme de la cabeza a la chica del dorsal número 1007.
En el cuarto año yo estaba empeñado en ir a por todas con la chica del dorsal 1007. Hice mis estudiados planes por adelantado. Las frases que debía decir, las que no, evalúe los pros y los contras de infinidad de variaciones de una misma conversación. El día de la carrera el cielo estaba nublado. Allí estaba ella, pero en aquella ocasión no corría sola. Iba acompañada de otro federado. Mi corazón tembló funestamente. Deseé que fuera un amigo, esperanza que se desvaneció en cuanto llegamos a la meta, el chico la agarró tiernamente de la mano. Después de eso la beso en el cuello. Tantos planes para nada. Antes de irme ella me vislumbró entre la masa de corredores y me dedicó un afectuoso saludo que le devolví. Aprovechando que su acompañante estaba ausente me acerqué y hablamos. Comentamos la carrera y con esa astucia propia de las mujeres en un momento de la conversación me preguntó por mi novia. Le conté que habíamos roto. Así estuvimos hablando un par de minutos más hasta que volvió el gorila de su "novio". Nos despedimos agradablemente. Y quizás fuera mi subconsciente pero por un instante, al girarme para irme, creí que me miraba con pesar. Posiblemente era lo que yo deseaba pensar. Volví a casa muy alicaído. Además, me había vuelto a ganar.
Durante todo el año pagué a un entrenador personal. Mejoré mi técnica. Hacíamos ejercicios a diario.
Era el quinto año que me presentaba a la carrera popular de San Cipriano. Estaba en mi mejor momento físico y ya había tenido muchas experiencias en otras pistas y carreras. A aquellas alturas San Cipriano no suponía ningún reto para mí. Pero seguía acudiendo por el placer de volver a verla. La chica del dorsal 1007 apareció otra vez con el mismo tipo del año anterior. En la salida nos saludamos y me invitaron a correr a su lado. En aquella ocasión pude hablar mucho más rato, y aunque su "novio" no era un mal tipo, no lo podía sufrir. En aquella ocasión yo llegué antes que ellos. Mientras realizaba los ejercicios de estiramiento, pasada la línea de meta, observé como discutía con su pareja. Ella limpió una lágrima de su rostro. Ese día, después de cinco años, conseguí ganarle por primera vez una carrera, pero eso no me hizo sentir mejor. 1007 estaba cabizbaja. Estaban teniendo claramente una discusión de pareja. No me acerqué a ella por respeto. Volví a casa pensando en el próximo año.
Pero la vida guarda sorpresas en cada esquina. Durante el año siguiente me sucedieron experiencias muy extremas y estúpidas. Me enamoré tontamente de una chica de mi clase y me casé en una ceremonia fugaz. Mi familia se enfadó mucho al enterarse. El tiempo les dio la razón. A los seis meses nos separábamos. Un año extraño. Abandoné un poco el deporte y mi forma física se resintió. Sin embargo acudí a la carrera popular de San Cipriano por la simple costumbre de querer volver a verla.
Aquel año, fuera como fuera, hablaría con ella. Pero ese año no apareció. Era mi sexto año compitiendo en la carrera de San Cipriano. Corrí totalmente apático y rodeado de la soledad de una multitud de personas. Al llegar a casa vomité y durante un par de días me sentí mal.
Es curioso cómo cambia la vida. Me planteé tantos retos y objetivos durante todo ese tiempo. E incluso algunos los realicé. Acabé la universidad y conseguí mi primer trabajo decente por vez primera en mi vida. Mi familia, en unos pocos meses, perdonó mis estupideces pasadas y me volvió a hablar. La vida es un ying y un yang. Una época mala. Una época buena.
El equilibrio de los opuestos.
Y volví a entrenar como hacía tiempo no lo había hecho. Ya era mayor para destacar profesionalmente en el running pero seguía corriendo por afición. Las desgracias de la vida aún no habían destruido esta ilusión en mi vida.
Era el séptimo año que me presentaba a la carrera de San Cipriano. No tenía ninguna esperanza de volver a encontrarme con el dorsal número 1007 después de su ausencia del año pasado. Incluso sopesé si ir. Al final ganó mi lado nostálgico y acudí. Mi sorpresa fue mayúscula al descubrir el número 1007 en una mujer completamente calva. No reconocí su rostro hasta que me sonrío. La reconocí por aquel gesto tan suyo, por su rápida sonrisa. Nos saludamos y hablamos un poco antes del inicio de la carrera pero sin entrar en detalles personales. La voz del comentarista que marcaba el inicio de la salida bramó como cada año. Salida. Salida. En aquella ocasión el ritmo de ella era más lento y yo me encontraba físicamente mejor. Pero la duda me corroía, ¿Donde estaba su larga melena? ¿Por qué estaba calva? ¿Quizás tuviera alguna enfermedad? ¿Cáncer tal vez? Una miríada funesta de posibilidades se generó en mi mente mientras nos debatíamos en nuestra particular lucha. Llegué a la conclusión que todo aquello daba igual. Ella estaba allí conmigo. Me prometí a mí mismo que aquel día hablaríamos mientras le invitaba a un café.
Acabé la carrera diez segundos por delante de ella. No tuve que esperarla mucho. Cuando me vio sonrío como quien sonríe a un viejo amigo. Por supuesto le invité a un café y se dejó invitar. Le pregunté por su nombre después de siete años de coincidir corriendo. Ella respondió y replicó realizándome la misma pregunta. Acabada la presentación, fuimos a una pequeña cafetería italiana y estuvimos hablando largo rato hasta que se hizo muy tarde. Apenas recuerdo las cosas que hablamos, solo me quedó la maravillosa sensación de esa mágica conexión mutua. Nos habíamos enfriado e íbamos a salir de aquel encuentro con un resfriado o algo peor. Antes he dicho que no recordaba apenas nada de aquel encuentro, no era exactamente cierto, si recuerdo mi última pregunta pues me costó mucho realizársela, "¿Estas enferma?", le pregunté con pena mientras señalaba su preciosa cabeza sin rastro de pelo alguno. Ella rió animadamente. “No bobo", contestó, “esto es por una apuesta con una amiga". La miré asombrado. "¿Qué clase de apuesta hace cortar a una mujer su bonito pelo largo?" le comenté realmente asombrado. Ella rió aún más. Yo seguía sin entender porque estaba tan contenta de no tener pelo. Entonces se calmó. “Verás", me dijo, “mi amiga se apostó conmigo que si me cortaba el pelo al cero y el tonto del dorsal 1008  me invitaba a un café, ella también se cortaría el pelo". El tonto del dorsal 1008 era yo. Me reí mucho con aquella apuesta y pensando, que por mi culpa, otra mujer a la que no conocía también se quedaría calva por una temporada. Aquella imagen me hizo reír con una risa contagiosa. Ella también empezó a reír como una loca. Nuestras mentes se rozaron por un breve lapso de tiempo y reímos como niños al compás de un antiguo juego. Nuestros ojos lloraban de la alegría.
Por desgracia el camarero muy amablemente nos señaló la salida. Era tarde.
Por suerte para mí ella cogió la iniciativa, al igual que en las carreras, siempre un paso por delante.

"Vente a mi casa", me sonrío, "nos duchamos, cenamos y seguimos hablando."
La verdad sea dicha aquella noche no hablamos mucho. Tampoco cenamos. Pero desde entonces ya hemos pasado doce años juntos. Un tiempo maravilloso que nos ha permitido hablar mucho de todo aquel periodo en nuestras vidas. Y en esos momentos de intimidad compartida siempre recordamos lo que cada uno pensaba del otro... mientras corríamos.


– FIN –


Consigna: escribir un relato que transcurra en el ámbito deportivo, con el deporte elegido como base principal.