Por Mandinga
Cada tarde, cuando el sol se esconde en el horizonte, con su fulgor de color rojizo bañando todo el campo con sombras alargadas sobre el sembradío que anuncian lo que vendrá, ella aparece, buscando a los perdidos, a los desahuciados, buscando a aquellos que no tienen un rumbo fijo, a aquellos que vagan interminablemente, con sus pies descalzos y sus hombros cansados. Ella los resguarda, los abraza, los reconforta.
—Dale chango,
vamos que se viene la noche.
—No me jodas, no
me vengas con esas cosas.
—Dale chango, que
nos falta para llegar al almacén y no quiero estar acá cuando el sol se
esconda.
—Dejame de jode´,
jagua pirú, que mierda va a pasar, si tengo mi facón acá conmigo. Que venga
noma´quien quiera veni´.
—Ya sabes quién va
a veni´, chango, vamos que no quiero estar acá cuando llegue.
Las últimas
sombras que brindaba la estrella todopoderosa que se disponía a descansar de
esta parte del mundo, comenzaban a copar la totalidad del territorio,
adueñándose de los sembradíos, de los campos, dejando el lugar a la luna, que
iluminaba con el mismo ímpetu, pero con otras intenciones, con otra intensidad.
Esa intensidad que daba lugar a aquellos que no podían vagar a la luz del sol,
y aquellos que conocían las historias de los más viejos, sabían que les esperaba
en la negrura de la noche.
—Acá estamos,
Eusebio, nos cayó la noche encima porque vos sos más lerdo que una tortuga.
—Ja, lerdo yo, yo
no soy lerdo, es que la noche no espera ni mierda y se apura para que llegue el
día, así seguimo trabajando como esclavo´, Rosendo.
—Bueno, déjate de
jode y vamos que quiero comer alguito y dormir un par de horas.
—Que mierda vas a
dormir si está la peonada esperando con la partida de truco y vos nunca tenés
una buena mano, más te conviene quedarte por aquí así no te perdes la semana
con esos lacra.
Eusebio caminó,
resignado, siguiendo a su compañero. La noche los había alcanzado y ya no había
nada que hacer. A pesar de las creencias, de los comentarios de los mas viejos,
estaban acostumbrados a patear de noche. Iban y venían, según su conveniencia,
pero siempre alistados al salir el sol, pues al patrón no le gustaba que
lleguen tarde y se los hacía saber con el rebenque en la mano.
Cuando se cansaron
de caminar más de lo que debería ser, se sentaron a un costado del camino,
entre los maizales y sacaron el charqui que guardaban en los bolsillos.
—Bueno, chango
¿Qué hacemos?
—Y nada, que
mierda vamos a hace.
La lengua se les
pegaba al paladar, imaginando las copas que no llegarían a saborear por haberse
quedado a mitad de camino.
—Hola, mi querido
Eusebio —dijo una voz que provenía de detrás de los maizales.
—Puta madre ¿vos
quien sos? —dijo Eusebio.
—¿Qué te pasa, loco
é mierda? —respondió Rosendo.
—¿No oíste?
—¿Oír qué? me
parece que te está afectando la falta de vino a vos.
—Esa muje.
—El no puede
oírme, sólo vos podes, vos sos el que importa.
—¿Qué quere mujer?
¿Dónde estas?
Rosendo lo miraba
sin entender nada. Con la noche sobre sus hombros, ya ni siquiera importancia
le daba a las locuras de su compañero. Sólo pensaba en encontrar un buen
refugio debajo de algún árbol que les permita pasar seguros las horas.
Una sombra se
asomó desde atrás de un árbol y se aproximó caminando con gracia, mientras
Eusebio miraba boquiabierto y la pasta que habitaba dentro de sus fauces,
parecía disfrutar del espectáculo en primera fila. Cuando la tuvo al lado, ya
no podía despegar sus retinas de los abultados pechos que asomaban
sugestivamente debajo de la blanca blusa de botones.
—¿Te gustan,
Eusebio? Si queres, puedo dejarte jugar un rato.
El hombre seguía
sin poder despegar los ojos del escote cuando estos, se le abrieron como si
fueran dos pelotas de tenis a la par que su rostro pasaba del deseo lujurioso a
una expresión de terror como jamás había sentido. La piel que se dejaba ver
detrás de la blusa, comenzó a tomar un color renegrido hasta oscurecerse por
completo, los botones se soltaron y dejaron ver un abdomen cadavérico y los
pechos que hasta hace unos segundos eran el deseo hecho carne, ahora estaban
resecos, arrugados, pútridos. Eusebio trató de alejarse de ese rostro que
presentaba dos fosas negras en lugar de ojos y las lágrimas le recorrieron la
jeta cuando una sonrisa bañada en colmillos, se apoderaron de aquella figura
que tenía enfrente.
—Jesús mío —susurró, mientras su colega se
acomodaba a unos metros para tratar de pegar el ojo— chango, vení chango,
ayúdame —alcanzó a vociferar.
Rosendo levantó la
cabeza y clavó la mirada en quién estaba en frente. Al principio sin entender
que le sucedía, pero cuando lo vio elevarse, levitando a unos centímetros del
suelo, se paralizó.
—Eusebio ¿Qué
mierda te pasa?
—Ayudame chango
qu..
No alcanzó a
terminar la frase que sus intestinos comenzaron a ser escupidos desde el
interior de su panza. Un tajo que lo abría de lado a lado, fue la puerta de
escape para lo que llevaba bien adentro.
—Puta madre
chango, Eusebio, que mierda —Rosendo se levantó de un salto y ahí quedó,
inmóvil, sin entender que estaba sucediendo.
Diferente, fue lo
que vio su colega. Allí estaba ella, un cadáver caminante, podrido, con un olor
que ahogaba las fosas nasales, con la guadaña de mano incrustada en el interior
de su elegido, clavada en la columna vertebral, desde adentro y relamiéndose
con el líquido que brotaba, fruto de su trabajo.
El canto de la Alondra

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