martes, 9 de junio de 2026

El canto de la Alondra por Mandinga

Por Mandinga


 Cada tarde, cuando el sol se esconde en el horizonte, con su fulgor de color rojizo bañando todo el campo con sombras alargadas sobre el sembradío que anuncian lo que vendrá, ella aparece, buscando a los perdidos, a los desahuciados, buscando a aquellos que no tienen un rumbo fijo, a aquellos que vagan interminablemente, con sus pies descalzos y sus hombros cansados. Ella los resguarda, los abraza, los reconforta.

            —Dale chango, vamos que se viene la noche.

            —No me jodas, no me vengas con esas cosas.

            —Dale chango, que nos falta para llegar al almacén y no quiero estar acá cuando el sol se esconda.

            —Dejame de jode´, jagua pirú, que mierda va a pasar, si tengo mi facón acá conmigo. Que venga noma´quien quiera veni´.

            —Ya sabes quién va a veni´, chango, vamos que no quiero estar acá cuando llegue.

            Las últimas sombras que brindaba la estrella todopoderosa que se disponía a descansar de esta parte del mundo, comenzaban a copar la totalidad del territorio, adueñándose de los sembradíos, de los campos, dejando el lugar a la luna, que iluminaba con el mismo ímpetu, pero con otras intenciones, con otra intensidad. Esa intensidad que daba lugar a aquellos que no podían vagar a la luz del sol, y aquellos que conocían las historias de los más viejos, sabían que les esperaba en la negrura de la noche.

            —Acá estamos, Eusebio, nos cayó la noche encima porque vos sos más lerdo que una tortuga.

            —Ja, lerdo yo, yo no soy lerdo, es que la noche no espera ni mierda y se apura para que llegue el día, así seguimo trabajando como esclavo´, Rosendo.

            —Bueno, déjate de jode y vamos que quiero comer alguito y dormir un par de horas.

            —Que mierda vas a dormir si está la peonada esperando con la partida de truco y vos nunca tenés una buena mano, más te conviene quedarte por aquí así no te perdes la semana con esos lacra.

            Eusebio caminó, resignado, siguiendo a su compañero. La noche los había alcanzado y ya no había nada que hacer. A pesar de las creencias, de los comentarios de los mas viejos, estaban acostumbrados a patear de noche. Iban y venían, según su conveniencia, pero siempre alistados al salir el sol, pues al patrón no le gustaba que lleguen tarde y se los hacía saber con el rebenque en la mano.

            Cuando se cansaron de caminar más de lo que debería ser, se sentaron a un costado del camino, entre los maizales y sacaron el charqui que guardaban en los bolsillos.

            —Bueno, chango ¿Qué hacemos?

            —Y nada, que mierda vamos a hace.

            La lengua se les pegaba al paladar, imaginando las copas que no llegarían a saborear por haberse quedado a mitad de camino.

            —Hola, mi querido Eusebio —dijo una voz que provenía de detrás de los maizales.

            —Puta madre ¿vos quien sos? —dijo Eusebio.

            —¿Qué te pasa, loco é mierda? —respondió Rosendo.

            —¿No oíste?

            —¿Oír qué? me parece que te está afectando la falta de vino a vos.

            —Esa muje.

            —El no puede oírme, sólo vos podes, vos sos el que importa.

            —¿Qué quere mujer? ¿Dónde estas?

            Rosendo lo miraba sin entender nada. Con la noche sobre sus hombros, ya ni siquiera importancia le daba a las locuras de su compañero. Sólo pensaba en encontrar un buen refugio debajo de algún árbol que les permita pasar seguros las horas.

            Una sombra se asomó desde atrás de un árbol y se aproximó caminando con gracia, mientras Eusebio miraba boquiabierto y la pasta que habitaba dentro de sus fauces, parecía disfrutar del espectáculo en primera fila. Cuando la tuvo al lado, ya no podía despegar sus retinas de los abultados pechos que asomaban sugestivamente debajo de la blanca blusa de botones.

            —¿Te gustan, Eusebio? Si queres, puedo dejarte jugar un rato.

            El hombre seguía sin poder despegar los ojos del escote cuando estos, se le abrieron como si fueran dos pelotas de tenis a la par que su rostro pasaba del deseo lujurioso a una expresión de terror como jamás había sentido. La piel que se dejaba ver detrás de la blusa, comenzó a tomar un color renegrido hasta oscurecerse por completo, los botones se soltaron y dejaron ver un abdomen cadavérico y los pechos que hasta hace unos segundos eran el deseo hecho carne, ahora estaban resecos, arrugados, pútridos. Eusebio trató de alejarse de ese rostro que presentaba dos fosas negras en lugar de ojos y las lágrimas le recorrieron la jeta cuando una sonrisa bañada en colmillos, se apoderaron de aquella figura que tenía enfrente.

             —Jesús mío —susurró, mientras su colega se acomodaba a unos metros para tratar de pegar el ojo— chango, vení chango, ayúdame —alcanzó a vociferar.

            Rosendo levantó la cabeza y clavó la mirada en quién estaba en frente. Al principio sin entender que le sucedía, pero cuando lo vio elevarse, levitando a unos centímetros del suelo, se paralizó.

            —Eusebio ¿Qué mierda te pasa?

            —Ayudame chango qu..

            No alcanzó a terminar la frase que sus intestinos comenzaron a ser escupidos desde el interior de su panza. Un tajo que lo abría de lado a lado, fue la puerta de escape para lo que llevaba bien adentro.

            —Puta madre chango, Eusebio, que mierda —Rosendo se levantó de un salto y ahí quedó, inmóvil, sin entender que estaba sucediendo.

            Diferente, fue lo que vio su colega. Allí estaba ella, un cadáver caminante, podrido, con un olor que ahogaba las fosas nasales, con la guadaña de mano incrustada en el interior de su elegido, clavada en la columna vertebral, desde adentro y relamiéndose con el líquido que brotaba, fruto de su trabajo.

 

            El canto de la Alondra

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