martes, 9 de junio de 2026

La señora Elisa

 Por Greta Correa


Tenía que escapar. No me arrepiento de nada. La señora Elisa no fue gran pérdida para la humanidad. En tal caso les hice un favor.

Mi mamá era la criada, mi papá era el patrón. Nací bastarda y con agallas. Mi mamá me enseñó que la vida no regala nada. Ella recogía algodón mientras yo cortaba la cosecha con la guadaña. No era una madre perfecta, pero trabajaba duro. Me enseñó a ayudarla con el cuidado de la mansión y de los animales. Cuando teníamos un ratito en la noche, me contaba historias del mundo de afuera. Dormíamos en el granero. Estiraba mi manta en el cuadrado de paja de heno y me acostaba. Mi mamá, acostada a mi lado, me daba golpecitos en la espalda, rítmicos, mientras hablaba. La escuchaba hipnotizada. El sueño me agarraba rápido. De todas maneras, antes de que saliera el sol tenía que hacer cosas. No me daba mucho tiempo de soñar.

Comenzaba el día con olor a bosta. Recogía la mierda de los cerdos, las vacas, las mulas y las gallinas. Después entraba a la casa y subía a la habitación de la señora Elisa, ahí estaba Julia, la otra sirvienta, y la cambiábamos juntas. Después teníamos que limpiar los baños. Ella sabía que era una mierda pero a la vez nos apoyábamos todos.

A la tarde tenía que volver al campo, a cosechar, cortar con la guadaña el maíz, cereales, maleza. Yo era buena cortando. Conmigo había diez más. Éramos todos família. Siempre salían esas conversaciones, de que sabíamos que detrás del río había algo. Pero todos teníamos un poco de miedo de si allá afuera estaríamos mejor que aquí adentro, porque la mayoría nacíamos adentro. La plantación era todo lo que conocíamos.

Y así, llegaba otra vez la noche y mi madre y yo nos veíamos de nuevo en el granero a contar historias y descansar un poquito antes de que saliera el sol. Mi mamá me daba esperanzas de que se podía salir porque ella ya estuvo afuera. Yo solo quería ver qué había al otro lado del río. Cualquier cosa hubiese sido mejor que quedarse ahí. Ella me dijo que iba a hacer lo posible para darme una vida mejor. Me besó la frente. Se sintió como una despedida esa noche. Me quedé dormida y me desperté con unos gritos.

Los amigos me protegieron para que no viera nada, escuché a mi mamá llorando. Ella había intentado cruzar el río y la atraparon. La señora Elisa la mató a latigazos. Mi padre no hizo nada para salvarla. Pero se ve que se sentía culpable porque  desde entonces comenzó a estar más pendiente de mí.

Yo sabía que nunca iba a ser una hija para él, pero me daba las tres comidas y a veces me traía un dulcito.  Sabía que era la favorita. Trataba de no decirle a los demás para que no se sintieran celosos, a veces comía cuando ellos no. Me sentía culpable. Pero no iba a rechazar un chocolate.

Una noche, estaba yo sirviéndole su whisky al patrón como solía hacer, y se agarró fuerte el pecho. Se apretó la camisa con su puño, arrugándola. Abrió la boca como para decirme algo y después se desmayó. La vieja me culpó de que muriera porque estaba conmigo, pero yo no hice nada. La que sí era mala era la señora Elisa. Desde que se murió el patrón y ella se quedó a cargo de todo, ahí fue que todo se pudrió realmente. Entonces, comenzaron a desaparecer los míos.

Mis hermanos se iban perdiendo de a poco. Los dejaba de ver. Quería creer que habían cruzado el río, pero mi intuición me decía que la señora Elisa los había matado. Capaz sí estaban en el río, pero en el fondo. Esa malcogida quería que el mundo sufriera por el pecado de existir. Era peor monstruo porque era de verdad y no se asustaba cuando te sacaba sangre. Vieja morbosa.

Nos hacía caminar en vidrio roto para sacar sangre y después nos chupaba los pies. Se los restregaba por la cara. Era una vieja muy rara. Pero conmigo especialmente tenía una fijación. Su mirada acusadora estaba siempre sobre mi hombro.

Yo creo que sabía que era hija del patrón. Una vez me preguntó por qué me sentaba así. Estaba con mis pies uno encima del otro, como se sentaba él. También salí parecida a él. Los rumores eran inevitables. Uno de mis compañeros me explicó lo que era una herencia, y que yo podría tener dinero de la muerte del patrón. Pero yo no quería dinero, quería ser libre. Que la señora Elisa no me pegara más y me dejara ir. Era mala. El gancho no me molestaba tanto, que me pisara la cabeza era humillante, pero lo único que yo temía era el látigo. No sé qué hice tan mal para que me quitaran la voluntad. O que intentaran. Pero lejos de quebrarme, agarré valor.

Una noche tomé mi guadaña y la degollé mientras dormía.
—Hija de put...—Soltó su última maldición ronca.

Se ahogó en su gorgoteo. La sangre espesa brotó de su cuello y de su boca. Cuando dejó de moverse, salí caminando por la puerta principal. Ya estaba amaneciendo.

 En base a la pintura El canto de la alondra (1884) de Jules Breton

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