Por Parabellum
El sol, que recién nacía, transformó
en oro puro la deslucida hoz que subía y bajaba. Casi, como si una remota
alquimia transmutara toda su miseria en perfección y esplendor.
Creyó ver, a contraluz, una mujer
parada en el camino de entrada observándola. Llevó la mano hacia su frente para
bloquear el sol y descubrió que allí no había nadie.
Una alondra, a lo lejos, entonó su
primer canto del día. Había trabajado desde antes del amanecer. Fue, sin
embargo, al escuchar aquel trino melodioso cuando comprendió que estaba
completamente sola; que el campo entero podía tragársela sin dejar rastro.
La decisión de poner un punto final,
si es que podía llamársela así, comenzó a gestarse en esas madrugadas de
invierno en que la escarcha lo cubría todo. Mientras ordeñaba a Luci y a Berta,
su mente divagaba por derroteros absurdos que sabía que jamás concretaría,
hasta hoy. Hoy la hoz era de oro y la alondra había anunciado que la primavera
estaba de regreso, trayendo con ella algo más que brotes verdes.
Nadie sabía el calvario al que era
sometida a diario, mucho menos lo que ocurría puertas adentro, aunque de
haberlo sabido, tampoco hubiera importado. Entendía que, tanto para la sociedad
como para el comisario, ella era una simple campesina, un ser invisible, nadie.
La primavera, que en su niñez anunciaba
juegos y tardes bajo el sol, terminó convirtiéndose en la época más cruel del
año. Jornadas interminables y manos agrietadas hasta sangrar. Los latigazos y
los golpes terminaban de completar la jornada.
—No más —se dijo.
Lo que inició siendo un juego de su
mente cuando el trabajo se volvía mecánico, derivó en un plan que ejecutaría
cuanto antes, temía acobardarse si se demoraba. Se detuvo un momento a
contemplar esa herramienta tan natural entre sus manos y a la vez tan odiada.
¿Acaso alguna vez había brillado así? Fue entonces que decidió matarlo.
Regresó al mediodía a preparar el
almuerzo. Apenas cruzó la puerta lo vio allí esperándola, sucio, desalineado,
apestando a alcohol y con ganas de pelear.
—¿Dónde mierda estabas? —gruñó.
El golpe llegó antes de que pudiera
responder. Sintió el sabor metálico de la sangre en la boca. Él la observó con
desprecio. Ella bajó la mirada y comenzó a cocinar en silencio; mientras
cortaba las verduras, sus ojos se desviaron hacia la hoz apoyada junto a la
puerta. La hoja le devolvió un destello dorado bajo la luz del mediodía.
Comió frugalmente y volvió al campo. Trabajó
durante horas como hipnotizada, arrancando maleza y segando trigo mientras el
viento inquieto parecía atravesarla. Su mente, que en la mañana había estado
tan activa elucubrando planes, ahora se hallaba casi en trance.
Aquella noche regresó más tarde que
de costumbre. El barro se adhería a sus pies descalzos, el último par de botas
que le quedaba se había desgastado tanto que era inútil usarlas. El cansancio
le pesaba en los huesos, pero había algo distinto en ella, una quietud extraña,
casi serena.
Lo encontró dormido junto a la mesa,
todavía vestido. El plato sucio con las sobras del mediodía le servía de
almohada. El olor agrio del vino impregnaba la habitación. Permaneció estática
mirándolo durante un largo rato, el viento aullaba en el exterior de la noche
una sinfonía siniestra.
Sus dedos rodearon el mango de la hoz,
la luz de la luna que se colaba por la ventana le daba un brillo feroz. Se acercó
sigilosa al hombre que había destruido su vida por mero antojo. No sintió rabia
ni temor, solo la certeza de estar haciendo lo correcto.
La hoja corva se alzó radiante y
describió un arco perfecto. Él abrió los ojos y el grito murió ahogado en su
garganta.
Cuando nacieron los primeros rayos de
sol, ella abandonó la casa ya aseada y con una pequeña bolsa de ropa entre las
manos.
Al llegar al camino de entrada se
detuvo un instante y giró, incapaz de resistirse a mirar atrás, como la mujer
de Lot contemplando la destrucción de Sodoma.
Entonces la vio.
Una mujer inmóvil sostenía entre sus
manos una hoz que brillaba como el oro mientras el canto de una alondra rompía
el silencio del amanecer.
Comprendió todo. Si aquel era su
purgatorio y debía repetirlo mil veces más, lo haría con gusto.
Fin
Consigna: En base a la pintura El canto de la alondra (1884) de Jules Breton debes escribir un relato del género que prefieras.

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