Por Bastinazo
No le fue difícil escabullirse tras haber realizado las últimas y duras tareas del cortijo. Sus señoritos, hartos de vino y buena carne, descansaban en las perfumadas sábanas de Holanda, ajenos a los movimientos nocturnos. Cerró con cuidado el portón y un amplio patio la recibió bajo una noche estrellada. Hacía fresco, aunque mayo ya había desatado su furia de calor abyecto sobre los trigales crecidos.
La cueva no
quedaba muy lejos, oculta en la falda de la sierra. La luna asomaba tras la
montaña como una espía tuerta y taciturna; los grillos y las aves nocturnas
amortiguaban el sonido de sus alpargatas en el polvo de la vereda. Se encontró
con dos mujeres y un hombre en la entrada de la gruta. Supo que eran los
asalariados de los cortijos vecinos.
—Los demás
ya esperan dentro —dijo el hombre, con una voz ronca y áspera como sus manos
encallecidas.
De camino de
vuelta al cortijo, sin que pudiera oponer resistencia, la imagen del señorito
entrando en su habitación se adueñó de su memoria.
—¿Me lo has guardado calentito?
Y aunque se
resistió al principio, la amenaza de verse tirada en la calle y sin un mendrugo
de pan que llevarse a la boca propició que sus piernas aflojaran; y rezó para
que acabara pronto. Después, frente al pozo, se limpió las inmundicias del
patrón con agua y perejil, como le habían aconsejado las viejas para no
quedarse preñada, para no ser una vergüenza.
La señora la
odiaba. Sabía que el señorito se escapaba a su jergón de paja y miseria varias
noches a la semana. La culpaba. Por tener aún las nalgas prietas, por sus senos
henchidos de juventud y pobreza; por su cara inocente y lozana. La culpaba por
ser una vieja que rondaba las seis décadas, por su espalda encorvada que ni el
corsé podía enderezar, por estar seca por dentro como una uva pasa… La vara de
acebuche silbaba sin previo aviso. Le decía que no había doblado bien las
sábanas, que no había traído suficiente leña, que el potaje no tenía suficiente
sofrito… La vara silbaba.
El señorito, por las noches, al contemplar los
verdugones, los besaba y los lamía.
—Mañana hablo con la señora. Ya no te pegará más.
Pero las
vejaciones al día siguiente eran aún más contundentes.
La señora
siempre hacía el reparto de las comidas para el personal: escasa, frugal.
Pero a ella
siempre le daba las sobras. Incluso los galgos comían mejor.
El rumor
había llegado a la región de voz de un estraperlista a finales de marzo. Se
extendió como un fuego, ávido y voraz. En un principio no sabía si creer lo que
estaban contando. Solo era una pobre empleada, analfabeta y sin esperanzas.
Pero el mensaje hablaba de ella, de esperanza. Vientos de cambio. Y el
mensajero llegó a aquellas tierras.
La primera
reunión en la cueva le abrió los ojos.
—Vosotros tenéis el poder.
La voz de
aquel desconocido era convincente. Ya había llevado su mitin a muchos sitios.
—Estad atentos, pronto empezará la siega.
Después, las
reuniones se realizaron sin el mensajero. Ya sabían qué hacer. Solo tenía que
aguantar un poco más.
En los
albores de junio, el capataz abrió el cobertizo donde guardaban las hoces y las
guadañas. El trigo estaba en su cúspide, las espigas preñadas, y las eras y los
trillos esperando la molienda. Uno a uno fue cogiendo las herramientas. Aquella
madrugada, con la blandura del rocío, comenzaría la siega.
Despertó a
las tres de la madrugada. Lo supo porque escuchó el reloj de cuco que los
señoritos tenían en el salón. Cuando salió al patio se encontró con los cuatro
peones, la cocinera y el porquero. Ni el ama de llaves ni el capataz estaban al
tanto.
Salió fuera
de las paredes encaladas del cortijo y caminó un poco hasta una loma para ver
el horizonte. En su mano, una hoz. Entonces vio la señal. En la penumbra de la
noche observó cómo primero, a lo lejos, se encendía una fogata; después, varios
puntos de luz surgieron de repente, cada vez más cerca.
Se acercó a
la pira que habían preparado al caer el sol y con un pedernal prendió fuego a
la madera. Al principio le costó un poco arrancar por la frescura de la noche,
pero de golpe los palos crepitaron y las llamas se elevaron en la oscuridad.
Los perros aullaban desconcertados. Al cabo de unos minutos, los cortijos
vecinos también encendieron sus candelarias.
La señal.
Se dirigió
de nuevo al cortijo y, cuando entró, sus compañeros la esperaban con las hoces
y guadañas. Preparados…“¡Sin piedad!”
Recordó las palabras del desconocido.
Entraron en
la hacienda en silencio. Las escaleras crujían a cada paso; el reloj seguía con
su cadencia hipnótica. El señorito roncaba como un cerdo, cómodo y ajeno. La
señora fue la primera en abrir los ojos. A ella fue a quien vio primero.
Su grito se
ahogó en un borboteo de sangre justo cuando su marido despertó. Las hoces y las
guadañas cayeron sobre él sin remordimiento, sin dudas. Sin piedad.
—¿Ande los
niños? —preguntó el porquero.
Ella lo
miró; la sangre de los señoritos le había salpicado la cara y su vestido roído.
—Árbol sin
retoños no da frutos.
Miraron por
la ventana. A lo lejos, aún se veían las hogueras extendiéndose hacia el
infinito estelar.

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