Por Gumerinto Arremera
Entro a casa y siento la estela de tu perfume arremolinarse en los rincones. Te busco, intranquila, entre las sombras triangulares que proyectan tus bibliotecas atestadas de historias de horror. Observo cada centímetro, y en cada uno de ellos vaga tu presencia: tu letra en un papel sobre el escritorio, tu pijama prolijamente doblado en la polvorienta silla de la habitación, tu sonrisa escondida en la brisa que se cuela indomable por la ventana del baño y mece las toallas rosa pastel.
Vos.
En todas partes, vos.
Salgo
al jardín trasero a susurrar tu nombre a las penumbras. Quizás tu palabra,
grácil y exacta, también está buscándome. Busco a tientas un consuelo que se me
hace resbaladizo, desesperado.
Me siento sola.
Camino despacio entre los
olmos, entrenados centinelas que custodian este destierro, hogar de los cuervos
que me juzgan con sus graznidos de ónice y de esa insoportable alondra que
arruina mis mañanas.
Te extraño.
Hundida en el desconsuelo,
me dejo caer de rodillas. Clavo los dedos en el suelo, aún húmedo y maleable, y
bajo mis uñas la tierra se compacta y me lastima. Siento tu esencia latir en
los rosales, esparcirse pecaminosa por las nervaduras de las hortensias y llenar
los bulbos de las azucenas con tus melodías de acordes mayores. El dolor no es
suficiente para calmar mi penitencia. Me
agobia seguir tratando de dar forma a algo que ya no existe, a algo que quizás
ni siquiera existió.
Grito, pero no tu nombre. Ya
no puedo nombrarte.
Ahí, arrodillada ante la
tumba que hice para vos, me arrepiento una y otra vez. Y no de las puñaladas, porque
merecías cada una de ellas, me arrepiento de haberte amado hasta desdibujar los
límites de la realidad o la locura.

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