lunes, 2 de noviembre de 2015

Barbazul


Seudónimo: Borkum Riff.
Autor: Robe Ferrer.


Desde niña había soñado casarse con un hombre adinerado y poder cambiar de clase social, y, por fin lo había conseguido.
Su familia vivía en el extrarradio y era muy humilde. De profesión panadero, su padre hipotecó su vida familiar por trabajar para que a su prole no le faltase de nada. Su madre se había deslomado fregando escaleras de ocho a una y limpiando oficinas por las tardes. Ella era la pequeña de cuatro hermanas y había crecido heredando la ropa y cosas de las mayores. Debido a la precaria situación económica que atravesaban, nunca pudo tener cosas nuevas propias, siempre eran usadas o compartidas.
Entonces decidió que cuando formara su propia familia sería con un millonario y así no pasaría más penurias.
Creció con aquella idea en la cabeza, avergonzada de ser pobre, y con ansia de cambiar su posición social. Durante años intentó emparejarse con chicos de familia adinerada, pero siempre la rechazaron. Finalmente, con treinta años, cuando había asumido que nunca conocería a ningún hombre rico que quisiera casarse con una muchacha pobre, apareció él.

Era un hombre acaudalado de la ciudad. Poseía varios pisos en el centro y un caserón en el campo. Tenía lujosos coches, grandes yates y hasta contaba con un avión privado. El mejor caviar y el champán más exquisito siempre estaban presentes en sus fiestas. No le faltaba de nada, salvo una mujer con la que compartir sus días. De joven le gustaba la idea de ser un soltero de oro, sin embargo, a medida que pasaban los años deseaba más fervientemente encontrar a la esposa que le diera hijos y estabilidad amorosa.
A Ana, al principio le pareció un poco mayor, contaba con diez años más, pero precisamente ella ya no era una jovencita que pudiera dejar pasar aquella oportunidad.
La noche en la que se conocieron, ella estaba de camarera en una fiesta que daba un ilustre personaje de renombre de la ciudad. Cuando acercó la bandeja con los canapés a un grupo de hombres, no pudo por más que fijarse en él. Era alto, apuesto y, aunque rondaba los cuarenta, le llamó la atención que su pelo no tuviera una sola cana y luciera un color negro tan brillante que parecía azul. Lo primero que pensó era que aquel hombre se teñía el cabello.
—Disculpe, señorita —le dijo aquel hombre—. Sería tan amable de indicarme dónde puedo encontrar una copa de vino.
—Están en aquella mesa, pero no se preocupe yo le traigo una enseguida. —En todos los años que había trabajado en aquel tipo de fiestas, sabía que siendo amable con los clientes, le podía caer una buena propina.
—Por favor, que sean dos —le indicó el varón de pelo azulado antes de que se retirara.
Un instante después, ella apareció con una bandeja con dos copas de vino tinto y otras dos copas de vino blanco.
—Perdone, se me olvidó preguntarle si lo quería tinto o blanco, así que le he traído de los dos —se disculpó, sin motivo.
—No tiene motivo para disculparse, la culpa ha sido mía. Beberé el mismo vino que tome usted.
Aquello la pilló por sorpresa. No sabía que le quería decir aquel hombre. Ella no podía beber una copa de vino porque estaba trabajando, y así se lo explicó a él.
—Mi nombre es Ricardo Barbazul, y yo soy el que da la fiesta. Si usted hace el favor de acompañarme a la terraza a tomar esta copa, le garantizo que nadie le dirá nada por ello.
—Yo me llamo Ana Rovira. Le agradezco la invitación, pero no puedo aceptarla, de verdad.
—No se haga de rogar, solo le pido tomar una copa juntos. Después podrá irse si lo desea, pero… si lo desea, también puede quedarse conmigo y tomar más copas juntos.
Y así fue. Ana y Ricardo bebieron vino hasta que se hubieron marchado todos los invitados y también el servicio. Bebieron vino después y bebieron vino cuando salió el sol. Para ambos, había sido una velada soñada. Para Ana porque había disfrutado por unas horas de los placeres de la clase alta, y para Ricardo porque había disfrutado de la compañía de aquella mujer maravillosa.

Día tras día, el amor fue creciendo entre ellos y tras más de un año de ilusionante relación, Ricardo dio el paso que Ana tanto esperaba: le pidió matrimonio.
En el día más hermoso de la vida de Ana, su ahora marido, le entregó, además de las tradicionales arras y alianza, una llave de color dorado.
—Esta es la llave que abre todas las puertas de mi casa, que ahora también es la tuya. —Y ambos se fundieron en un cálido y dulce beso.
Ana se fue distanciando tanto de su familia a causa de cumplir su sueño de cambiar de clase social, que llegó un día en el que fueron desconocidos para ella. La avergonzaba reconocer a sus padres y que pudieran verla junto a ellos o entrando en su mísera casa.
Tras su boda, la siguiente vez que vio a s familia fue en su entierro. Todos habían perecido en una explosión de gas que hubo en la casa paterna durante una celebración familiar.
A partir de entonces fue cuando las cosas con su marido cambiaron. De buenas a primeras, le retiró la llave maestra que le había dado y le entregó otra de color plateado.
—¿Por qué me cambias la llave?, ¿acaso se ha roto? —le preguntó Ana.
—Nada de eso. A partir de ahora esta otra será tu llave. Con ella podrás entrar en todas las habitaciones de la casa, como hasta ahora, salvo en una. Ya no tendrás acceso a mi despacho. Allí trato negocios y tengo papeles demasiado importantes como para que tú los toques.
—Pero si cuando he entrado en tu despacho ha sido a verte o a coger un libro de la biblioteca, nunca he entrado sin estar tú —se excusó la mujer.
Una mano, veloz como un rayo, le golpeó la mejilla con una bofetada.
—¡No me repliques, mujer! Eres mi esposa, y mientras yo te mantenga harás lo que yo te diga.
Desde aquel momento todo cambió. Las flores frescas que aromatizaban los días de la joven se fueron marchitando. Las únicas violetas eran las marcas que le hacía su marido. El morado de los lirios se trasladó a su cara en forma de ojeras por el llanto. Rosa y Margarita dejaron de ser sus flores favoritas para ser los nombres de las mujeres que se encargaban de “ayudarla” con la casa. Aunque ella sabía que su labor era vigilarla para que fuera una “buena esposa”, como solía decir su marido antes de quitarse el cinturón y utilizarlo contra ella.
Pero algún día aquello tendría que acabar. Si le daba un hijo, seguro que se desvivía con el niño y se olvidaba de ella. Al menos, no podría hacerla daño porque tenía que ocuparse del crío. Y así fue. Un año después, nacía un hermoso retoño de un vientre otrora magullado por los golpes, cuyas marcas ya hacía tiempo que habían desaparecido. Aquel bebé, con el pelo de un color que parecía azul, centró toda la atención de Ricardo… hasta que cumplió los tres años y lo envió interno a un colegio del extranjero. Entonces volvieron los golpes y los gritos contra Ana. Cualquier cosa que ella dijera o hiciera que no estuvieran dentro de lo esperado por su marido le costaba un grito o una bofetada.

Un buen día, en la mente de Ana se despertó una idea que había estado siempre allí, aunque dormida. Había oído el nombre de su marido en algún lugar. Buscó y rebuscó por Internet durante días, hasta que encontró lo que quería: la relación de Ricardo con el cuento de Barba Azul. Un antepasado de su marido, había sido el sanguinario personaje del cuento. Aquel hombre que había matado a todas sus esposas por entrar en la habitación prohibida. Y ahora ella estaba reviviendo lo mismo. Estaba segura de que en aquel despacho en el que no se le permitía entrar, colgaban del techo los cadáveres de las anteriores esposas de Ricardo. No era posible que un hombre como él nunca hubiera estado casado.
Ana había averiguado que en la familia de Ricardo solo nacían hijos varones, y que todos ellos se habían casado, lo menos, tres veces. De la noche a la mañana las esposas desaparecían con su ropa y nadie volvía a saber de ellas. Las autoridades trataban el suceso como de abandono del hogar, y así quedaba la cosa. Pero las indagaciones de Ana y su experiencia personal le decían que aquellas mujeres no habían huido, si no que habían sido asesinadas por sus maridos.

Pocos días después, ideó un plan. Aprovechando un viaje de negocios que haría Ricardo, se libraría de sus dos vigilantes, y entraría en aquella habitación. Haría fotos de los cuerpos y las llevaría a la policía. Contaría su calvario y su marido sería detenido y condenado. Con su marido preso, ella sería libre de nuevo.
Rosa y Margarita yacían sin sentido en sendos sillones del gran salón tras haber sido narcotizadas con pastillas de lorazepam que Ana tenía prescritas por el médico. Subió a su dormitorio y buscó la llave dorada que en su día le entregara Ricardo. Sabía dónde la guardaba, aunque nunca se había atrevido a cogerla. Una vez que la tuvo en sus manos, acudió al despacho y la introdujo en la cerradura. Dio dos vueltas y la puerta se abrió de par en par. Lo que vio ante sus ojos la dejó petrificada.

En el despacho no había ningún cadáver colgando del techo ni sangre seca por el suelo. Lo único que había era el mobiliario que ella conocía y, sentado en el sillón, estaba su marido mirándola fijamente.
—¿Qué haces aquí, Ana? Te prohibí expresamente entrar en esta sala —dijo. En su voz se notaba un tono de reproche.
—Yo… —Ana no era capaz de articular palabra.
Ricardo se puso en pie y se acercó a su esposa. La rodeó y se colocó a su espalda. Después susurró en su oído.
—Sé que has estado investigando sobre mí y mi familia. ¿Qué esperabas encontrar?, ¿los cadáveres de mis anteriores mujeres?
—S…sí —sollozó ella.
—Ya sabes que nunca estuve casado antes, por lo que aquí no podía haber ningún cadáver. Tú has sido mi primera esposa… pero no serás la última —le dijo antes de comenzar a asestarle puñaladas con un abrecartas que llevaba en su mano. Ana no pudo tan siquiera gritar—. Sabía que tarde o temprano te podría la curiosidad y entrarías en esta sala. Ya me dijo mi padre que todas lo hacíais.



- FIN -

Consigna: Género: Drama. Basado en Barba Azul. Época actual. El azul es el cabello, no la barba.

El hombre de pelo azul.


Seudónimo: Shaady.
Autora: Calista Manriquez.


La orden fue sencilla, te casas con él porque yo lo ordeno.
Para una muchacha cuya vida siempre fue obedecer las órdenes de su ambicioso padre acatar no fue problema. Simplemente murmuro un sí y se sentó a esperar a que su futuro esposo se presentara.
Era hermosa, piel clara, cabello rojizo, ojos verdes y labios rosas. Otros antes habían visto que era bella y otros antes habían hablado a su padre sobre pedirla en matrimonio pero ninguno cumplía con los estándares de su ambición. No, si ella se vendía lo haría al mejor postor. Su padre era un comerciante que se fue enriqueciendo a punta de esfuerzo y buenas ideas y que, según él, necesitaba unos cuantos ceros mas para engrosar su billetera hasta el punto en que se sintiera satisfecho con su vida; para eso eligió a la mujer más bella que el dinero podía comprar decidido a convertir a sus hijas en objeto de intercambio para hombres adinerados que necesitaran una nueva joya en sus aburridas mansiones y bien que le había resultado el negocio.
La mayor viajo a algún país de Europa donde su esposo producía dinero a raudales con la compra y venta de terrenos a desahuciados y nuevos ricos en los países cuya economía distaba bastante de estar bien. Aunque al buen padre poco le importaba de donde venia el dinero con tal de que pagaran bien por la sangre de su sangre; la del medio, un destino parecido, solo que esta vez un magnate del petróleo en medio oriente pago una buena suma por las mejillas sonrojadas y los hermosos ojos azules de una chiquilla que apenas poco tiempo atrás despertara llorando porque la sangre de su vientre ensuciaba sus lujosas sabanas de seda blanca por primera vez. Una joya en pleno esplendor que aumento en varios millones el patrimonio familiar.
Fue poco después de eso que apareció el hombre de pelo azul. Sin decir nada pago lo que le pidieron por una de las perlas que producía el vientre de la mujer del comerciante. En esa casa aun quedaban dos muchachas, una apenas cumpliendo los dieciséis y de una belleza recatada y la preciosa pequeña de apenas diez que se escondía detrás de las faldas de su cansada madre. El hombre de pelo azul apenas miro a la más chica y pago una buena suma por llevarse a la mayor. Si resultaba madurar con la belleza de su madre era la mejor compra que podía hacer. O por ultimo podría producir niñas y niños hermosos con los que hacer negocios.
La joven recuerda cuando la chiquilla salió por la puerta cabizbaja y asustada. A veces ellas jugaban juntas y escondidas en algún rincón de la fría mansión y otras veces recurrían a la lenta y silábica lectura del único libro que tenían en su poder, una vieja versión de un cuento de hadas que para ellas era la única ventana al mundo que existía mas allá de las altas paredes que rodeaban la mansión, un libro con imágenes deslavadas por el tiempo pero que encendía su infantil imaginación con su historia sobre la mujer que hacia cosas sobre las que ellas jamás habían oído hablar. Baile, príncipe, bosque o calabaza eran palabra que apenas podía leer pero que intentaban recrear en su cabeza murmurando entre ellas sus posibles significados.
Así que cuando el hombre del cabello azul volvió a esa casa años después dispuesto a pagar por la última hija que quedaba en esa casa fue la primera vez, también, que sintió algo similar a lo que la pobre cenicienta sintió cuando el príncipe volvió por ella. Felicidad.
   Salió de la mansión y, cuando las puertas exteriores se abrieron, una angustiosa ansiedad se apodero de ella, no sabía qué era lo que había del otro lado y tampoco tenía imaginación o referencias para deducirlo así se fue mirando por la ventana asombrada de todo lo que veía hasta que llego a la enorme casona en la que sería nuevamente encerrada, solo que esta vez para cumplir el papel de esposa en vez del papel de hija.
Creía, y esperaba, que su hermana la estuviera aguardando al llegar pero le sorprendió no ver a nadie más que una triste y silenciosa hilera de sirvientes tan callados y sumisos como los que tenía en casa de su padre. Miro al hombre al que pertenecía ahora y pregunto por ella. Ese sería el día en que por primera vez recibió un golpe. Y lamentablemente no fue la última.
No sabía nada de sexo así que el dolor fue todo a lo que pudo asociarlo, quemaba, ardía y la ha hacia cansada y herida pero jamás se quejo. El miedo a él se le metió en las entrañas y sospechaba que a la mas minino queja lo golpes no harían más que aumentar. El silencio huraño y violento de su esposo no  ayudaba en lo más minino a disminuir esa sensación.
El dormitorio, el baño y el comedor eran las únicas partes de la casa donde ella tenía acceso y permiso, el resto de la enorme mansión era un sitio vedado para ella. Los sirvientes hombres no podían dirigirle la palabra, bajo pena de muerte y eso era algo que se tomaba muy enserio en ese lugar. Solo una anciana mujer era la que se encargaba de sus cosas y desde el principio ella vio el terror en los ojos de la pobre vieja. También noto la ausencia de varios dientes y, con terror, también la de algunos dedos. No quiso preguntar hasta después de mucho tiempo y ella le respondió contándole su historia. Esa noche ella se entrego a él con un nuevo miedo. Si quería vivir jamás debía ir contra los deseos del hombre de pelo azul.
Fue esa mujer la que le conto sobre el cuarto del ala oeste, lo hizo cuando el vientre de la muchacha les confirmo que un niño venia en camino. Le explico con calma lo que era un cadáver y también tuvo que explicarle que era tristeza y llanto lo que a ella le pasaba en ese minuto al enterarse de que su hermana, o lo que quedaba de ella, estaba detrás de la puerta cerrada de una fría habitación a unos cuantos metros de la única persona por la que alguna vez sintió aprecio. La anciana mujer también le dijo de la llave que colgaba del cuello de su marido, la única llave que abría la infame puerta. Aterrada más allá de lo que podía explicar esa noche espero a que el cruel hombre se durmiera para moverse despacio y buscar el objeto con el único deseo de ver con sus propios ojos los despojos de su apreciada hermana ardiendo en su pecho un sentimiento desconocido. Por primera vez en su vida odiaba a alguien y ese odio fue la fuerza para robar la llave y salir de la cama rumbo a la puerta de la que le hablaron.
Su hermana aun era hermosa, a pesar de la frialdad de su cuerpo y el ceniciento color de su piel. Y recordó una imagen del libro que ambas veían juntas a escondidas en esos viejos momentos. Los labios del príncipe se juntaron con los de la cenicienta y ella se veía radiante y feliz, como ella nunca se vería, como seguramente su hermana nunca se vio. Así que poso sus labios sobre la piel fría como una triste despedida.
Observo los demás cuerpo sorprendida de ver tantos y tan variados aunque todas ellas eran hermosas, tanto o más que su hermana. Muchas mujeres. Quizá todas ellas fueron infelices como ella, quizá todas fueron compradas como ella y murieron como su hermana. Solas y olvidadas.
La anciana entro a la habitación y se arrodillo a los pies de una de las mujeres muertas llorando, llamándola por su nombre. Ella la observo preguntándose qué parentesco tenían y si es que espero mucho tiempo antes de poder llorarla. Absorta en ese pensamiento no noto el cuchillo en la mano de la anciana y que ocupo para acabar con su propia vida cayendo desangrándose al suelo de piedra de la triste habitación. La miro sin miedo, dándose cuenta de que la anciana era libre ahora del terror que les producía ese terrible hombre.
Se pregunto cómo sería su vida de ahora en adelante, ahora que sabía que no saldría jamás de esa casa, que nunca conocería la felicidad de la cenicienta y que terminaría como su hermana encerrada en esa fría habitación. Ni siquiera la vida que crecía en su vientre le hacía sentir emoción alguna, el hombre de cabello azul no era un príncipe, simplemente era un asesino, así que sin pensar en nada se arrodillo al lado del cuerpo de la anciana. Sintió pesar por no haberla conocido mas, por no haber conocido su historia ni preocuparse de ella. Así que se despidió suavemente y, en el momento en que el hombre de pelo azul cruzaba la puerta furioso y dispuesto a castigar a esa insolente mujer que no le obedeció, ella clavo el cuchillo en su vientre acabando con la vida de su hijo y rápidamente, antes de que su esposo la pudiera detener, corto su cuello tal cual como lo hizo la vieja sirviente cayendo al piso y sintiéndose libre por primera vez. Aunque fuera por escasos segundos antes de que la vida la abandonara.
Mientras tanto, frustrado y enfadado, el hombre de pelo azul observaba desde la puerta como su última adquisición moría cargando en su vientre al hijo que esperaba. Suerte que a ninguna de ellas nadie las esperaba en casa, nadie las extrañaría, nadie vendría preguntando por su destino.
Lástima, tendría que volver a salir a comprar otra mujer y enviara a alguien a limpiar el desastre… y esta ultima casi, casi le había gustado.



- FIN -

Consigna: Género: Drama. Basado en Barba Azul. Época actual. El azul es el cabello, no la barba.

La última noche


Seudónimo: Corazón de piedra.
Autora: Soledad Fernández.


Damián entra apurado por la ventana. Su cuarto está en penumbras; lo ve desdibujado. Las manos le tiemblan, la visión está desencajada. Uno de sus pies se enreda en la cortina y cae de rodillas al suelo. Apenas siente el dolor, pero su cuerpo en contacto con el parqué de la habitación provoca un ruido sordo, opaco que se ahoga en la tranquilidad de la madrugada. Se arrastra hasta su cama y se queda tendido allí. Suspira. La agitación de minutos antes aún persiste, tarda en relajarse, en volver a ser él. Lentamente entra en un estado de sopor. Se duerme profundo. Cientos de imágenes se suceden, figuras de un sueño convulsionado y violento.
Una mancha roja se hace presente frente a sus ojos. Se estira, se hace enorme, crece y lo envuelve. Se transforma en un charco gigante que lo baña. Puede sentir el olor a sangre coagulada penetrando sus sentidos, asfixiándolo. Sin embargo, está excitado aunque no sabe por qué. El baño rojo pasa. La sangre se seca en el cuerpo de Damián mientras que sobreviene la oscuridad acompañada de los alaridos de alguien. Gira su cabeza hacia la fuente del desgarrador sonido y ve una joven. Ella es la que grita. Damián la conoce. Es una de las chicas top de la secundaria. Camila. Siempre le gustó. Ella es una de esas jóvenes que se desarrolló antes de tiempo, que les ganó en belleza a todas sus compañeras. Es alta y tiene unas tetas maravillosas que se dejan ver a través de la remera ajustada que siempre lleva. Ahora parecen más grandes y eso lo excita más. Siempre la imaginó desnuda en su cama. Pero es la novia del capitán del equipo y eso es un problema para él. “Típico de una mala historia”, piensa.
Ella continúa gritando, incansable. La sangre avanza como un mar rojo y embravecido. Él quiere saber de dónde proviene tanto y busca. A su alrededor la bruma se hace espesa y no lo deja ver bien. El olor es desagradable y no poder ver lo trastorna. Entonces, la luna sale e ilumina sus manos. Están rojas. Una brisa cálida se esparce entre él y la joven, como un suspiro y dispersa la neblina. En el suelo ve un brazo arrancado de cuajo. La sangre proviene de ahí. Unos metros más adelante, el cuerpo del capitán del equipo yace inerte con una horrible expresión de dolor mezclada con terror. Damián mira a Camila, también bañada en sangre y despierta de golpe.
La mañana está presente. Damián apenas recuerda el sueño, pero tiene un sabor a triunfo. Al menos en sus sueños él tiene una chance de quedarse con la mujer que ama. Se levanta de un salto y va hasta su ropero a cambiarse la ropa. El piso está lleno de barro mezclado con algo, pero no le interesa. El sueño lo dejó satisfecho y eso es lo mejor que lo podría haber pasado a su autoestima. Recuerda la noche de juerga con sus amigos. Recuerda que la pasó muy bien. Aunque habían tomado de más y ahora los detalles están poco nítidos. Pero se siente contento a pesar de las lagunas mentales mañaneras.
Llega a la escuela. Ve chicas llorando y a los forzudos del rugby ocultando sus propias lágrimas. La conmoción es generalizada. Por un breve instante piensa en su sueño y cree que si se tratase de una película mala de terror, su eterno rival habría desaparecido y su joven y deseada novia caería rendida en sus brazos. Una mueca se le dibuja en los labios tan solo de pensar en ella como trofeo. Pero borra la sonrisa al ver tanto dolor rodeándolo. A lo lejos divisa a sus amigos. Se acerca no sin notar la cara de preocupación de los muchachos. “Desaparecieron”, dice Javier. “¿Quiénes desaparecieron?”. El silencio se convierte en una mala sentencia. Camila y su novio no aparecen por ningún lado. Nadie sabe dónde encontrarlos, nadie los vio desde la tarde anterior.
“Estaban vivos cuando los viste, ¿no Damián?”, dice Lucas y Damián siente algo raro en su pecho. Comienza a pensar que tal vez el sueño no era del todo una pesadilla. ¿Y si era un recuerdo? “No puede ser”, se dice una y otra vez. Y la duda pesa en su conciencia.
Trastornado vuelve a su casa. Va a su cuarto, todo se encuentra limpio. Todo pulcro como cada día. Piensa en las huellas que dejó por la madrugada, esa mezcla de barro y algo más. No se atreve a pensar en ese componente extra. Teme. Se sienta en la cama e intenta recordar lo vivido la noche anterior. ¿Cómo es que no los recuerda? Lo único que se viene a su memoria es cerveza, mucha y sus dos amigos. “Fuimos a lo de Lucas, al sótano… a tomar las cervezas y a jugar a la play…” Recuerda el juego: Noche de luna. Hombres lobo contra zombis. Multiplayer. Él iba ganando. Pero estaba pasado. Empezó a hablar pavadas. Recuerda las risas. Recuerda que hablaron de Camila. “Vos fuiste el último en verlos, Damián”, le había dicho Javier esa mañana en la escuela.
El sueño lo vence otra vez. Se duerme pensando en la luna llena y en el resplandor. Se encuentra frente a la pantalla. Va ganado, siempre gana. Es uno de los hombres lobo. Sus compañeros de juego ríen a carcajadas y él solo puede pensar en Camila, en sus curvas. En todo lo que haría si la tuviese frente a él, sin ropa. “Encarala, man”, le dice Lucas tan borracho como él. Damián se imagina ese bombón derritiéndose en su cama, tanto que se le cae la lata de cerveza en los pantalones. “Menos mal, así se te baja un poco”, le gritan a carcajadas sus amigos. Damián se levanta contrariado. Esos comentarios son de mala onda, piensa. “No te enojes”, le dice Lucas. “Andá a buscarla si estás tan caliente con ella. Andá y decile” le grita Javier. Y Damián va hasta donde vive ella.
Otra vez los gritos, la sangre y el terror que lo despiertan de golpe. Esta vez, está más seguro de haber sido culpable de esas desapariciones. De alguna manera, sabe que se las ingenió para matarlo y destrozarlo. A pesar de que aquel muchacho le lleva más de una cabeza de altura, cree que pudo derrumbarlo y descuartizarlo. Se imagina comiendo a su contrincante, crudo, sanguíneo. Se imagina desgarrando la carne de su brazo con los dientes. Pero de inmediato la náusea aparece y tiene que ir al baño a vomitar. “¿Estás bien hijo?”, escucha entre arcadas. “No es nada mamá”, le contesta.
El sopor aparece otra vez, en ecos febriles y lejanos. “Estás ardiendo, Damián”, dice su madre preocupada. Él teme lo peor. Está convencido de que se va a transformar en un monstruo, de que es el asesino. Que de un momento a otro la policía va a llegar y lo va a interrogar.
“Tenés más de 40 grados…” La madre le da algo para tomar y Damián se duerme rápidamente. Y los gritos lo persiguen. La ve a ella, a la distancia. La ve con un camisón blanco, translúcido. Puede distinguir su figura a través de la tela. Ve sus senos, esos que lo vuelven loco cada noche. Se acerca hipnotizado. El aroma de ella se siente en todos lados. Ella es una loba y él será su conquistador. Camina hacia ella. Siente el pasto mojado debajo de sus pies descalzos. “Esto es un sueño”, se repite. Pero es muy real, demasiado. Extiende su mano y la acaricia. Toca el rostro de ella y desciende por el cuello y más allá. Su piel es blanca y caliente. El aroma de Camila se confunde con otro pero no le importa. Ella es lo que siempre quiso y ahora la puede tener. Se acerca para besarla. Se siente torpe. “Es la cerveza”, piensa mientras sus labios tocan los de ella. Siente su lengua en la boca y le parece lo más exquisito del mundo. Pero ese olor fuerte se hace intenso, penetrante, nauseabundo. Es el olor a sangre.
Damián abre los ojos, se desprende del beso más esperado de su vida. Detrás de Camila está su novio destrozado. Ella retrocede. La luna sale y la alumbra en su magnificencia. Y mientras arranca su ropa, su cuerpo desnudo se transforma y un aullido sale de su garganta. El corazón de Damián se desboca. Escapa corriendo. Corre cuadras y cuadras desesperado. Se cae en el barro. Se levanta con torpeza. La vista se le nubla por el alcohol que aun circula por sus venas. Tropieza. Se cae otra vez pero ahora divisa su casa y va directo hacia allá. Siente el terror en su nuca. Siente que el miedo trepa por su espalda como una garra que se clava en su cuello. Entra por la ventana de su cuarto. Se tira en la cama y piensa en ella, en la visión de la mujer transformándose en un monstruo asesino. Ve una sombra. Alguien que avanza, que lo sacude por los hombros con violencia. No quiero morir, piensa y grita con todas sus fuerzas.
“Despertá Damián”. Él abre los ojos y ve a su madre. Suspira aliviado. “Fue sólo un sueño. Estoy a salvo”, piensa y sonríe.
“Mirá quien te vino a visitar”, continúa ella. Y el joven ve a la mujer de sus sueños y sabe que es la última noche que vivirá… al menos como humano.


- FIN -

Consigna: Género: Horror. La historia debe incluir a un hombre lobo como personaje, principal o secundario.