lunes, 2 de noviembre de 2015

El legado del Hombre Invisible


Seudónimo: Hestia.
Autora: Evelia Garibay.


—Abuelo cuéntame de nuevo la historia de Griffin —pidió el pequeño mientras su abuelo lo arropaba en la cama.
—¿Estas seguro que quieres oírlo de nuevo? Tengo muchas historias más que puedo contarte.
—Lo sé abuelo, pero esta es la importante, la que inició todo.
—Bueno, no voy a hacerme del rogar pero tienes que quedarte acostado porque si tu madre te ve danzando fuera de la cama no va a dejar que tu viejo abuelo vuelva a arroparte nunca.
Sonriendo el anciano acerca una silla y se acomoda cerca de la cabecera de la cama. Se queda callado por unos segundos rememorando y tratando de encontrar la mejor forma de empezar su historia.
—Cuando era joven, hace no mucho tiempo; no te rías —hace un guiño a su nieto y se sumerge en su historia.
“Vivía en un pequeño pueblo llamado Iping, tenia diecisiete años, y trabajaba como mozo en la posada local The Coach and Horses.
Uno de esos tranquilos días llegó un extraño al pueblo y tomó una habitación en la posada.
Este forastero llamó mucho la atención ya que a pesar del clima templado siempre usaba un abrigo largo, guantes y lo más extraño de todo, llevaba la cara cubierta por vendas y un gran sombrero de ala ancha. Los señores Hall, los dueños de la posada, siempre estaban muy atentos a sus huéspedes, en especial a este ya que todos los habitantes del pueblo sentían mucha curiosidad.
Al mismo tiempo, por los alrededores de la posada comenzaron a reportarse cosas desaparecidas, pequeños hurtos en las casas cercanas.
Una tarde la Señora Hall no pudo más con la curiosidad y al no escuchar ruidos en la habitación de Griffin entró a curiosear, y se horrorizó mucho al ver el caos imperante en la habitación con ropa tirada por todos lados.
El Señor Hall se dio cuenta de lo que su mujer estaba haciendo y se unió a ella y su sorpresa fue mayúscula cuando una silla voló desde el otro lado de la habitación y los hizo huir espantados.
Se dieron cuenta que Griffin era invisible y por eso necesitaba la ropa para abrigarse y las vendas para disimular el rostro que no estaba ahí.
Cuando los Señores Hall salieron corriendo dando voces sobre el hombre invisible yo aproveche y entre en la habitación, además de la ropa había libros y libretas de apuntes, abrí una y me di cuenta que contenía la descripción de los experimentos de ese hombre, de cómo había logrado ser invisible, y antes de pensarlo mucho, tome todas esas libretas y huí con ellas.
Con el paso del tiempo, como ya sabes, logré descifrar todas las anotaciones y repliqué el experimento en mi mismo, para poder hacerlo conseguí financiamiento con el gobierno, cuyos miembros vieron la ventaja de tener a su servicio a un hombre invisible que no estuviera desequilibrado por la soledad.
Al final Griffin se volvió loco y atacó a un antiguo compañero de clases, al Doctor Kemp quien junto con unos peones lograron someterlo pero Griffin no sobrevivió a las heridas que le hicieron.”
—Papá, te llaman de la oficina.
—Muy bien, se acabaron las historias por hoy, los agentes invisibles no se van a entrenar solos. —Dijo el anciano guiñándole un ojo a su nieto mientras abandonaba la habitación.



- FIN -

Consigna: Género: Infantil. Basado en la trama de «El hombre invisible».

LA VEJEZ VIENE DE "GOLPES"


Seudónimo: Mike Noonan.
Autor: Carlos Ultraman.


 —Bueno, amigo Aguirre, aquí tengo los resultados de sus análisis. —saludó el médico entrando al consultorio con una cartilla en la mano. Pasó por detrás de la silla en la que se encontraba sentado un joven vestido con un elegante traje y fue a ubicarse en su propio sillón, al otro lado del escritorio de roble.
 —¿Y bien, doctor Valdés? ¿Qué me dice? —el muchacho se adelantó hasta el borde mismo del asiento, con la mirada inundada de ansiedad.
 El médico sacudió el informe. Una amplia sonrisa le asomaba bajo el frondoso bigote y sus ojos simiescos chispeaban.
—Bien, señor Aguirre, lo felicito… ¡no tiene nada!
—¿Qué dice? —Aguirre lucía más asustado que aliviado.
 —Que no tiene nada. Está usted sano como un roble. Más fuerte que un toro.
 —¡Ay, no! ¡Qué desgracia! ¡Estoy sano! —aulló, desconsolado, Aguirre.
  Sorprendido, el doctor se levantó para ubicarse junto a su paciente. Enseguida la puerta se abrió dando paso a Florinda, la asistente de Valdés.
 —Pero, doctor, ¿otra vez le ha contado uno de sus chistes malos a un paciente? —amonestó severamente al ver cómo lloraba el muchacho.
 —¿Cuál chiste? Este hombre llora porque está sano —replicó Valdés..
 —¿Qué dice? —Florinda se acercó a Aguirre  quien, en medio de hipos y moqueadas asentía con firmeza — ¿De dónde saca usted tantos locos para atender, doctor?
 —No estoy loco, señorita. Y no es culpa del doctor. Es… es mi maldición.
 —¿Su maldición? –médico y enfermera hicieron la pregunta a coro. Por toda respuesta, Aguirre se levantó del  asiento, tomó la cartilla de análisis del escritorio y abriéndola en la primera página se la extendió al médico —Vea. Lea. ¿Qué dice allí?
 —Señorita Florinda, otra vez ha copiado usted mal una fecha de nacimiento —reprendió con severidad Valdés, enseñándole a su secretaria lo que acababa de leer.
 —¿Qué? ¡No! –Aguirre le arrancó la cartilla de la mano —No hay error, la fecha está bien;  es el año en que nací
 —Pero, entonces, usted tiene… — Florinda alzó los ojos al techo como si allí hubiese una calculadora que le ayudase a sacar cuentas
 —¡Quinientos ocho años! — la mandíbula del doctor pareció a punto de tocar el piso.
 —Quinientos ocho años, siete meses, tres semanas y un día exactamente —confirmó Aguirre con pesar. —Y no puedo envejecer. Y seguiré así por siempre.
 —Pero es fabuloso —el médico se hallaba desorientado —¡Y con semejante salud!
 —¿No lo entiende, doctor? ¡Quiero envejecer! ¡Quiero ser un anciano! Si sigo siendo joven, tendré que trabajar eternamente. Nunca podré jubilarme. —Aguirre se acercó a la puerta y tomó el picaporte, dispuesto a marcharse — Debo resignarme. No hay solución para mi mal. Brujos, druidas, curanderos, magos, chamanes, médicos… ya probé de todo. ¿Quién podrá ayudarme?
 —¡¡¡¡Yoooo!!!! —´la voz vino desde el otro lado de la puerta, la cual se abrió violentamente golpeando a Aguirre en la nariz y enviándolo al suelo..
 —¡¡¡¡El Chapulín Colorado!!!! —gritaron, jubilosos, médico y asistente.
 —No contaban con mis astuc… ¡Epa! ¿Qué te pasa? —se asombró el héroe al ver al caído.
 —Mi nariz. Me duele. Creo que está quebrada. —Aguirre se puso de pie con dificultad. Su altura parecía duplicar la del Chapulín.
 —¿Y me llamaste a mí? Lo que necesitas es un médico.
 —Yo soy el doctor Valdés —el médico se adelantó extendiendo su mano al Chapulín
 —Y yo soy Florinda, su asistente — se presentó la muchacha con la cara arrebolada al ver de cerca al héroe rojo.
 —Ah, pues entonces, ya está todo listo. Ahí tienes al médico que necesitabas. El Chapulín Colorado ha cumplido con una nueva misión y ahora se retir… — Aguirre tomó las colitas del traje del paladín escarlata para retenerlo.
 —No, no, Chapulín. Yo necesito otra clase de ayuda. Yo necesito hacerme decrépito.
 El Chapulín lo miró con desconfianza.
 —¿Hacerte de qué?
 —Decrépito —insistió Aguirre
 —Es más simple hacerse de otro cuadro. Digamos de…
 —¡Pero no, Chapulín! Decrépito. Viejo. Anciano  —intervino el doctor Valdés —El gran problema del señor Aguirre es que no puede envejecer. Está enfermo de juventud
 —Pobre. Si al menos fuese joven y buen mozo y no feo y largo como un ferrocarril parado —Aguirre, ofendido se acercó amenazante y el Chapulín levantó su famoso Chipote Chillón. Luego, de pronto, pareció darse cuenta de la situación —Ah, ya entiendo. Estás atrapado en la juventud. Igual que Doris Day.
 —No, no, Chapulín. No es Doris Day. Es Dorian Gray —corrigió Florinda
—Ah, sí, claro… lo sospeché desde un principio. Bueno, entonces el problema es que debe haber un cuadro tuyo que esta embrujado. Cuando lo encuentres y lo quemes…
 —Ya probé eso, Chapulín. Queme fotos, cuadros, daguerrotipos… Y nada sirvió. Tengo quinientos  ocho años, soy viejo, pero parezco joven. Yo quiero sentirme viejo y parecer viejo. Así podré darle de comer a las palomas en la plaza, me cederán  el asiento en el colectivo, y podré pasar el día quejándome de los jóvenes y de todo.
 —Para eso no hace falta hacerse viejo, hombre. Te haces un perfil de Facebook y listo.
 —No, no es lo mismo Chapulín. Quiero mi jubilación. Pero me ven así, saludable y lozano y no me la dan. Me mandan a trabajar.
 —Ah, pues esto se arregla fácil. —el Chapulín encaró a la asistente del doctor — Florinda, ¿me traerías talco, por favor?
 —Si mi amor… eh, digo, claro Chapulín. —turbada, fue hasta un gabinete y volvió. El Chapulín tomó el envase, desenroscó  la tapa y volcó todo el contenido en la cabeza del sorprendido Aguirre.
 —Pero, pero… — mientras el joven tosía envuelto en  una nube, el Chapulín tomó su Chipote y le dio un furioso golpe en el estómago. Aguirre, dolorido,  se dobló a la mitad. Enseguida, el héroe saltó detrás y le asestó otro “chipotazo”,  a la altura de los riñones. El paciente, todavía encorvado, se tomó la última zona golpeada con una mano. En la otra, le apareció un bastón que el propio Chapulín acababa de recoger de un paragüero cercano.
 —¡Listo! Ya eres un anciano canoso, maltrecho, achacoso y adolorido. Todas las mañanas tendrás que repetir la dosis. Así que ya sabes, me avisas y yo vengo a dártela
 —Pero, pero… Es muy doloroso —Aguirre apenas podía articular palabra.
 —Así es ser anciano. Como decía mi tío el boticario: “Ser joven duele a veces, pero ser viejo, duele a diario”
 —Eres lo máximo Chapulín —corearon el doctor y su asistente. Mientras tanto Aguirre, con paso titubeante marchó rumbo a la plaza mascullando maldiciones contra todos.



- FIN -

Consigna: Género: Comedia. Basado en la novela «El retrato de Dorian Gray», con «El Chapulín Colorado» como protagonista.

La pintura del señor Colorado


Seudónimo: Corleone.
Autor: George Valencia.


—Chanfle… —murmuró el Chapulín Colorado para sus adentros, mesándose las antenitas de vinil con aire ausente. 
Se encontraba en su estudio privado observando atentamente el retrato que le había pintado por encargo su amigo, el reconocido pintor Pincelio Brocha. Y no es que la obra careciera en modo alguno de calidad. Por el contrario, la pintura gozaba de una ejecución sobresaliente, con sus trazos finos y seguros y esa precisión en las tonalidades que le daba tal realismo que en ocasiones el Chapulín casi tenía la sensación de estar mirándose en un espejo.
No, la calidad de la obra no era la razón de sus elucubraciones.
Se trataba del gorro.
Había aparecido esa mañana, al igual que el resto de los anormales cambios, justo después de haber pasado otra noche de perros plagada de sueños febriles llenos de visiones grotescas.
Era un gorro con orejeras, hecho con lo que parecían ser retazos de diferentes tonalidades de verde, que había reemplazado a sus antenitas en medio de la noche. De ahí que el Chapulín las tocara distraído mientras miraba el cuadro, como si esperara que también hubieran sido reemplazadas en su cabeza.
De pronto una parte de la pesadilla salió a flote, provocándole un escalofrío.


Se encontraba en un lugar oscuro. Estrecho y oscuro. La única fuente de luz provenía de un pequeño agujero en la pared de madera. A través de él se veía lo que parecía ser el patio de una vecindad. Alcanzaba a entrever una puerta marcada con el número “71”, algunas macetas, un gran balón de playa olvidado y un pasillo que al parecer comunicaba con otra ala del vecindario. Recordaba sentir un hambre atroz y, por alguna razón, no dejaba de pensar en tortas de jamón. A medida que el tiempo transcurría, la sensación de claustrofobia iba en aumento. Estaba helado, sentía el frío atenazando cada centímetro de su piel, a excepción de las orejas, que se hallaban cubiertas por una especie de gorro. Miró hacia arriba, pero todo era oscuridad. «Que no panda el cúnico», pensó incoherentemente, pero luego comenzó a desesperarse y gritó pidiendo ayuda, y fue entonces cuando despertó.


Y allí estaba el gorro en la pintura, reemplazando a sus antenitas de vinil.
Había comenzado a evitarlo a medida que este comenzaba a mostrar los sucesivos cambios, conforme las pesadillas invadían sus hasta entonces apacibles noches, pues la pintura lo hacía sentir cada vez más inquieto, con una sensación de desdoblamiento que no sabía describir con exactitud, como si fuera varias personas a la vez y estuviese perdiendo gradualmente su identidad.
Lo primero había sido el cabello, ahora largo y blanco, tras una pesadilla en que alguien había hurtado la bolsita de papel que contenía su estetoscopio. En el sueño era un viejo médico, lleno de achaques y caprichos, cuya posesión más preciada era la dichosa bolsita de papel. No recordaba exactamente cómo había terminado el sueño, pero tras despertarse había descubierto que el Chapulín del cuadro lucía un pelo tan blanco como la nieve.
Luego vino la camisa a rayas blancas y negras, como las de un preso —aunque seguía conservando la “CH” roja en medio de un corazón amarillo—, tras una serie de pesadillas especialmente recurrentes en las que un tipo gordo y malhumorado le daba una bofetada tras otra sin ningún motivo, luego de peinarlo cuidadosamente con un peine lleno de caspa. Recordaba ver las pequeñas partículas blancas sobre la superficie negra del peine con demencial nitidez, una y otra vez, antes de que el gordo le propinara una bofetada tras otra, cada una más fuerte que la anterior.
Y ahora el gorro.


—Mis antenitas de vinil detectan la presencia del enemigo —dijo el Chapulín, volviéndose.
—Soy yo, señor Colorado—dijo el criado.
El Chapulín se apresuró a tapar la pintura y tomó asiento frente a su escritorio simulando estar ocupado.
—¿Qué deseas? Sabes que no me gusta que me interrumpan mientras trabajo.
—Lo siento, señor Colorado. Es que ha llamado el señor Brocha. Dice que aún no ha recibido el dinero que le prometió usted para este mes, tanto por su retrato como por los trabajos anteriores. Dice que…
—¡Sé lo que dice ese maldito bribón! —exclamó el Chapulín, malhumorado—. Se aprovecha de mi nobleza. Parece que ya se le olvidó la deuda que tiene él conmigo. Ya lo dice el conocido refrán: “A diente regalado, no se le mira el caballo”.
—¿Cómo dice, señor Colorado?
—¡Que a caballo dientón no se le regala el estribo!
—Perdón, señor Colorado. No entiendo a qué…
—¡Olvídelo! —ordenó el Chapulín, ya por completo desencajado—. Retírese. Y no quiero más interrupciones por el resto de la tarde, a menos de que sea realmente importante.
Así lo hizo el criado, tragándose para sus adentros todo lo que habría querido decirle en la cara a su prepotente jefe.


El evento que acabó finalmente con la paciencia del Chapulín ocurrió en la mañana del sábado.
En el sueño hablaba sin parar con un tipo llamado Lucas, a quien le preguntaba una y otra vez si acaso estaban locos. En el fondo sabía que era él, el Chapulín, pero por una de esas extrañas circunstancias propias de los sueños, no dejaba de pronunciar contradicciones y sinsentidos.
En realidad no era la peor de las pesadillas que había tenido, pero por alguna razón esta lo sacaba de quicio.
La guinda del pastel fue despertar y descubrir que el Chapulín del cuadro lucía ahora un frondoso y bien cuidado bigotillo, muy del estilo de Adolf Hitler, aunque un poco más ancho, como si la pintura quisiese, de alguna manera, burlarse de él. Ver el aspecto que tenía ahora su retrato, con el gorro de orejeras, el cabello largo y plateado, la camisa a rayas blancas y negras y el pequeño mostacho bonachón, fue simplemente demasiado.
El Chapulín cogió una de las espadas de colección que reposaba en una repisa de la pared, y le propinó una fuerte estocada a su gemelo de la pintura, justo en medio de la “CH” que engalanaba su corazón.
Acto seguido, el Chapulín sintió una fuerte punzada en el pecho, y cayó muerto y espatarrado en medio del estudio, víctima de un ataque al corazón.


Cuando el criado lo encontró tendido sobre la alfombra, no pudo evitar esbozar una sonrisa. A excepción de la espada clavada en la lona, el cuadro lucía tal como en el momento en que Pincelio Brocha se lo había entregado a su patrón, pero el cuerpo que descansaba en el suelo del estudio era una grotesca parodia del Chapulín: una figura con cabello canoso, un pequeño mostacho, gorro de orejeras y camisa de presidiario. Cualquiera habría creído que el Chapulín Colorado tendría que haber estado bastante fuera de sus cabales en el momento anterior a su muerte para haberse vestido así, dejándose crecer el bigote y tiñéndose el cabello de aquella manera.
Pero el criado sabía la verdad.
Levantó la bocina del teléfono y marcó el número de Pincelio Brocha. Cuando este contestó, la sonrisa del criado se ensanchó aún más.
—Está hecho —dijo—, y esta vez nadie sospechará del mayordomo. Pensarán que murió sin querer queriendo.
Escuchó un instante lo que le decía Brocha al otro lado de la línea, tras lo cual sentenció con aire de suficiencia:
—No contaba con mi astucia.


- FIN -

Consigna: Género: Comedia. Basado en la novela «El retrato de Dorian Gray», con «El Chapulín Colorado» como protagonista.