martes, 22 de septiembre de 2020

La Última Cena (Larcen)

 

Como discípulos a doce eligió:

dos prostitutas, cinco ex presidiarios,

dos inmigrantes negros y a un poeta de rock,

a Pedro el vagabundo y a un toxicómano menor.                                    Mägo de Oz

Por fin había llegado la noche del jueves, cuando celebrarían su gran cena de solteros. La Última Cena la llamaban sus amigos. Sin embargo, Jesús no quería verlo así. Pensaba que habría muchas más cenas como aquella aunque el domingo se fuera a casar Mª Magdalena.

Como era costumbre, los preparativos y celebraciones durarían una semana: de domingo a domingo. El día de su llegada a Jerusalén, fue recibido (como todos los futuros contrayentes de matrimonio) con vítores y aclamado por la multitud. Entró montado en una mula (que tuvo que alquilar para la ocasión, ya que no tenía mula propia) y los jóvenes del pueblo le recibieron agitando hojas de palma y con ramos de olivo, que representaban la riqueza y felicidad que le deseaban para su matrimonio. A su vez, él y su prometida, obsequiaban a los presentes lanzando fruta dulce desecada desde sus monturas.

El lunes tuvieron la última reunión con el sacerdote para indicar quiénes iban a realizar las lecturas de los votos, a entregar los anillos y a ser testigos del enlace. El martes fue el día de la prueba final de las túnicas nupciales. El miércoles, fueron a la posada en la que celebrarían el banquete de boda para concretar el número de invitados, recibieron a los mismos en la hospedería que habían reservado para que se alojasen y a última hora, se reunieron con sus amigos para charlar y beber una copa de vino antes de retirarse a descansar.

—¡Brindemos! —propuso Pedro—. Por Yisus y La Mari. Que sean muy felices juntos y nos den muchos churumbeles a los que malcriar.

El resto levantaron sus vasos de barro y gritaron ¡salud!, como era la costumbre.

—Pedro, eres mi mejor amigo —respondió Jesús, un poco entonado con el vino—. Sé que si alguna vez tengo algún problema, siempre podré contar contigo.

—Si alguna vez tienes algún problema, yo negaré conocerte hasta tres veces, paso de que me metas en algún marrón. Y menos después de haberme cambiado el nombre. Mi madre te odia, dice que Simón se llamaba mi padre, su padre, el padre de su padre y así hasta que ellos recuerdan. ¡Ya era hora de que alguien rompiera esa mierda de tradición! —Y rompió a reír a carcajadas. Jesús le acompañó y el resto hicieron lo mismo.

—Bueno, ¿estáis preparados para vuestra despedida de solteros de mañana? —preguntó Judas.

—Iscariote, no me judas. Ya os he dicho que nada de despedidas de soltero. Lo de mañana es una cena con amigos —le recriminó Mª Magdalena—. Así que no quiero ni strippers, ni putas, ni enanos desnudos, ni nada que haya podido pasar por esa mente retorcida tuya.

—Tranquila, tía. Si tú vas a tener tu despedida con las chicas, en un boys, con un tío vestido de centurión romano, sin nada por debajo de esa faldita que llevan, meneando el badajo cerca de ti… —Comentó Judas mientras se había puesto en pie y movía sus caderas adelante y atrás cerca de la prometida de su amigo, mientras su propia novia y el resto de mujeres del grupo reían la broma.

—Basta, eres un cerdo —dijo Jesús—. Deja de menear el cipote delante de mi futura mujer. Yo sé que tú me traicionarás, pero ella no.

Y así fue como pasó. Mientras Mª Magdalena disfrutaba del baile de un chico disfrazado de centurión romano con sus amigas, Jesús cenaba con sus doce discípulos en la posada Los Mercaderes del Templo.

Habían acabado con varias jarras de vino y el bullicio y las risas no cesaban. Tras unos copiosos entrantes apareció el dueño de la posada con un cabrito asado acompañado de patatas y cebollas.

—Enseguida traigo el resto, majestad —le dijo a Jesús.

—Yosef, ya te he dicho que hoy soy un cliente más. Llámame Jesús.

—¡Mesonero, más vino! —se oyó pedir a Santiago—. Qué bueno está este vino de la Hispania. Creo que debería hacerme un viaje mochilero por allí…

Cuando Yosef abandonó la sala, Jesús se puso en pie y cogió un trozo de pan, lo partió y lo ofreció a sus discípulos diciendo:

—Tomad y comed todos de él, pues esto es mi cuerpo que será entregado por vosotros.

Del mismo modo tomó el cáliz y lo pasó a sus discípulos.

—Tomad y bebed todos de él, porque este es el cáliz de mi sangre que será derramada por vosotros y por todos los hombres.

—¡Eh!, ¡quitadle la mayonesa a este hijo de puta que a saber en qué la convierte! —gritó Mateo. Todos, hasta el mismo, Jesús, rompieron en carcajadas más estruendosas que las anteriores.

—Ya me jodió el brindis, el gilipollas.

Cuando acabaron la cena y varias jarras de vino más, todos los discípulos fueron abandonando el local, abrazados unos a otros. Judas iba dando trompicones junto a Jesús, camino de la caja para pagar la cena.

—Yisus, ve saliendo con el resto, yo hago la cola para pagar. Id tirando hacia El Monte de los Olivos, que allí ponen la mejor música del momento.

Jesús le entregó a Judas treinta monedas de plata para pagar la cena y salió con el resto de amigos para dirigirse al siguiente punto de su despedida de soltero. Minutos después llegó Judas a la carrera, con un leve tintineo metálico bajo su túnica. Tras tomar varias copas en El Monte de los Olivos y bailar los últimos éxitos del año, se encaminaron al Monte Gólgota, donde iban a cerrar la noche viendo amanecer con una jarra de vino en las manos, como era habitual en ellos.

—¡¡Yo derribaré este templo y lo levantaré en tres días… con la fuerza de mi polla!! —gritaba Jesús mientras orinaba en la pared del tempo—. Cuando lleguemos al Gólgota, si hay algún hijoputa crucificado, voy a tirarle una piedra, a ver si le acierto entre los ojos.

—Menudo pedo lleva el Yisus —susurró Pedro entre risas a su hermano Andrés—. ¡Calla, a ver si te vamos a crucificar a ti!

—¡No tenéis cojones! —desafió Jesús dando un traspiés mientras apuntaba a Pedro con el dedo.

Al llegar al monte, Jesús iba abrazado a Juan haciendo exaltación de la amistad. Judas (que se había guardado las treinta monedas de plata que le había dado Jesús y escapado de la posada sin pagar) cuchicheaba con Pedro sobre la idea de atar a su amigo a una cruz vacía si las había.

—¡¡Amaos los unos a los otros como yo os amo!! —gritó el novio. Después dio dos pasos y echó una vomitona.

—Yisus, tío, vas a atraer a los romanos y nos van a poner una multa de cinco talentum por montar escándalo.

—¡AHORA! —gritó Judas. Varios de los discípulos se echaron encima de Jesús cuando localizaron una cruz vacía en el suelo. Le desnudaron y le tumbaron sobre ella atándole de pies y manos. La izaron y comenzaron a reír.

—¿Qué no había cojones a ponerte en una cruz? —le recordó Pedro la broma de unos minutos antes—. Y aquí te vamos a dejar hasta que venga La Mari a bajarte. Chicos, vamos a buscarla y nos reímos un rato.

—¡Eh, no me dejéis aquí! ¡Cabrones! ¡Hijos de puta!

Los doce amigos se apartaron de la cruz y se escondieron detrás de un muro en ruinas que estaba a varios metros de la posición de Jesús.

—Que escandaloso, se le oye desde aquí —se quejó Mateo.

—Venga, vamos a bajarlo, que si entera de esto La Mari, nos mata —dijo Pedro.

Cuando se encontraba a pocos metros de su amigo, alguien le llamó.

—¡Eh, usted! ¡Altum! —Era un soldado romano haciendo su ronda—. ¿Conoce al individuo de la cruz? El que grita y llama a un tal Pedro.

—No, yo no le conozco de nada. Yo me llamo Simón. Aquí tiene mis papelaes donde lo dice bien clarum.

—¡Pedro! —gritaba Jesús al más puro estilo Penélope Cruz en los Oscar.

—¿Seguro que no le conoce? —insistía el romano.

—No le conozco de nada.

—¡Pedro, hijoputa, no mientas!

—Acérquese y mírele a la cara, a ver si le conoce y le podemos bajar de ahí. Eso sí tendrán que pagar una buena multa por usar cruces del Imperio sin permiso.

—Ya le digo que yo no le conozco, ni a él ni al tal Pedro al que llama. Yo he salido a dar un paseíto por aquí y ya me volvía a casa.

—Muy bien, continúe. —Otros dos soldados más se acercaron al escuchar el escándalo que estaba formando Jesús con sus gritos

Pedro, nervioso, pero intentando mantener la calma para no llamar la atención de los soldados, regresó junto al resto de discípulos. A contarles lo sucedido.

—¡Joder, joder, joder!, cada vez llegan más soldados —dijo Juan al ver a otro grupo de soldados acercarse. Llevaban a dos ladrones detenidos para crucificarlos al lado de donde estaba su amigo—. No vamos a poder bajarlo de ahí. ¿Por qué no dijiste que sí le conocías?

—Porque no tengo dinero para pagar la multa y no quería que me detuvieran —se excusó Pedro.

—Ahora sí que la hemos cagado. La Mari nos mata fijo —sentenció Judas.

Y el resto es historia.

Cambio de tren (Joy Tonn)

 Cristóbal tomaba el tren de las 7:14 cada mañana para ir al trabajo. Ese día hubo una falla técnica y tuvo que esperar hasta el de las 7:34, provocándole un retraso de veinte minutos. No era una persona que reaccionaba muy bien a los cambios improvisados de plan, sobre todo si significaba que tenía que correr para llegar a tiempo. El tren estaba completamente lleno. Muchos tuvieron que permanecer en pie y algunos ni siquiera los dejaron subir. Si algo había notado Cristóbal en sus cuatro años de informático viajando en tren, era que no solo él tenía una rutina que seguía al pie de la letra, sino que la compartía con otros tantos miles de personas. Era ya normal encontrarse con caras conocidas. Con algunos intercambiaba incluso un par de chácharas y un par de veces hasta un café en la estación apenas se bajaba. Estaba Martín, que trabajaba en el supermercado a una cuadra de donde trabajaba él. Marisa, mejor conocida como La Pinta, la chica del salón de belleza que más de una vez le cortó el cabello, y Vicente, que estaba un poco chiflado. No siempre se sentaban juntos, pero encontrarse entre vagones era una certeza. Aquel día vio demasiados rostros nuevos, y uno que llamó particularmente su atención. Era una chica, de unos veintiséis años quizá. Vestía con un sombrero verde de aquellos que ya no se usan, pero que le quedaba tan bien con su vestido negro que la cubría hasta las rodillas, dejando al descubierto un par de piernas demasiado perfectas. Nunca se había sentido tan atraído hacia una persona en toda su vida.

—¿La habías visto antes a aquella chica? —preguntó a Vicente, que se había hecho con un puesto junto a él.

—No tengo la menor idea. ¿Por qué toda esta curiosidad?

—No, por nada.

—¿Te gusta? ¿Por qué no intentas acercarte?

La idea le hizo empezar a sudar. Era demasiado tímido para esas cosas. Alzó la mirada y vio cómo el pasillo estaba ocupado por las personas que no habían tenido la suerte de hacerse con un puesto: sería imposible llegar hasta ella en ese momento, y eso tranquilizó sus nervios.

—No tienes por qué acercarte ahora —intervino Vicente—. Espera a que se baje, quizás lo haga en la misma estación que nosotros.

Quizás.

La miró durante todo el viaje, olvidándose del calor, del sudor que creaba su cuerpo y del estrés que generalmente le provocaba ver tantas personas juntas. Nada de eso le importó mientras tuviese a la chica del sombrero verde bajo la mirada. Ella pareció no darse cuenta en ningún momento de lo que estaba haciendo. Cuando por fin la vio bajarse en la misma parada que él, el corazón se le aceleró como si de una locomotora se tratase.

La siguió, manteniendo una distancia muy prudente, y cuando hizo un esfuerzo por acercarse, sus nervios lo traicionaron y le prohibieron seguir adelante.

Al día siguiente cogió de nuevo el tren de las 7:34. Era demasiado largo para encontrarla rápidamente, pero en un golpe de suerte divisó a la chica luego de recorrer dos vagones. Esta vez se sentó de espaldas a ella por miedo a que creyera que era un acosador. Si iba a hacer las cosas las haría bien. Alcanzó solo a ver su sombrero verde durante todo el viaje y, de nuevo, esperó a que bajara primero que él. Cuando pasó a su lado detectó un perfume tan intenso que solo una chica como ella podría llevar.

Bajó del tren y la vio alejarse. Nada más pasó.

Cristóbal cogió el tren de las 7:34 todos los días de la semana, cambiando de puesto cada tanto, un día incluso evitó sentarse en el mismo vagón (solo después de asegurarse de que la chica se encontraba en el tren, claro). Un par de veces intentó acercarse, pero acababa por retraerse en el momento en que sentía que la cosa era seria.

Un día no la encontró más. ¿Qué había pasado? La buscó por todos los vagones como niño que juega a las escondidas. Una tristeza inmensa lo embargó al pensar que quizás no la vería nunca más. No podía permitírselo, no podía perderla sin haberla conocido.

Preguntó a sus compañeros de tren (que ya no veía desde que descubrió a la chica del sombrero verde), ni Marisa ni Martín supieron darle una respuesta, pero Vicente, muy convencido de su respuesta, le dijo que estaba seguro de haberla visto en el tren de las 7:14. ¿Por qué había cambiado?

Cristóbal pasó el fin de semana pensando en su próximo movimiento. Tenía que actuar de un modo u otro. El lunes por la mañana llegó con anticipación a la estación y empezó a analizar a todas las personas que subían. No la divisó en el de las 7:14, pero la vio llegar de pronto a lo lejos, preparándose para coger el de las 7:34, como había siempre hecho.

Fue tras ella.

Sudó todo el trayecto. Nunca se le había hecho tan largo incluso conociendo cada paisaje. Hoy era el día en el que hablaría con ella. Hoy era el día en el que descubriría quién era, y estaba dispuesto a hacerlo a toda costa.

Cuando el tren se detuvo se posicionó cerca de ella y la siguió. Apenas bajaron intentó acercarse un poco y más y, al salir de la estación vio cómo dejaba caer algo de la cartera.        

Es ahora.

—¡Perdona! ¡Hey! —Se agachó para recoger un lapicero. Cuando se levantó, vio que se había girado hacia él. Encontrarse con sus ojos fue algo que no se esperaba; una emoción tan indescriptible que su lengua se trabó—. S-se te h-ha caído.

Ella lo miró sin reaccionar unos segundos antes de fruncir el ceño mientras le arrebataba el lapicero de las manos.

—¿Me estás siguiendo? ¿Por qué estás siempre detrás de mí? ¿Crees que no me he dado cuenta? —Su voz era hermosa, pero sus palabras lo estaban hiriendo como mil cuchillos. Se había dado cuenta… Había sido un idiota.

—Yo… No, nada de eso. ¡En serio! Yo… trabajo por acá.

—Nunca te había visto antes. Y de pronto estas siempre allí, mirándome a cada momento. Por favor, si quieres acosar a alguien te has equivocado de persona.

Cristóbal cerró los ojos con fuerza para concentrarse antes de seguir hablando.

—No lo he hecho a propósito, en serio. Te vi en el tren y me pareciste una chica muy bonita y… y… Quería solo hablarte.

—Pues ya hablamos. Será mejor que me vaya antes de que pierda más tiempo.

—¡Espera! —Cristóbal estuvo a punto de cogerla por la muñeca, pero se detuvo a tiempo. Bastaría aquella acción para asustarla aún más—. Quisiera al menos saber tu nombre.

—No te interesa.  

—Vale, lo siento. No quería molestarte. —Agachó la cabeza y buscó en su bolsillo un trocito de papel doblado y se lo tendió a la chica—. Acá está mi número. Yo me llamo Cristóbal, me haré perdonar por todo esto con un café o una hermosa cena.

Ella miró desconfiada el papel.

—Es inútil. A parte que estoy ya ocupada, así que no me interesa.

—No tienes idea del esfuerzo que he hecho para hablarte en este momento. No quiero molestarte más. Pensé que haría un bonito gesto, pero en cambio parece que todo salió mal. No voy a esperar que me llames, pero al menos me alegrarás el día sabiendo que te he dejado mi número.

A regañadientes la chica cogió el papel, lo abrió para leer rápidamente su contenido y lo depositó en su cartera.

 

 

La vio despertarse poco a poco. Al inicio intentó moverse, pero no tardó mucho en darse cuenta de que estaba amarrada a una silla. Hizo un esfuerzo por gritar, pero su boca estaba cubierta por un paño que no podía dejar de morder. Cristóbal se acercó hasta ella y, apoyando el índice en sus labios, le pidió que hiciera silencio.

Los ojos de la chica se llenaron de lágrimas.

La estancia estaba oscura, iluminada solamente por una lamparita sobre un escritorio en donde se hallaba la cartera de la chica con todas sus cosas desparramadas. Cristóbal cogió lo que parecía ser su documento de identidad. Lo tomó entre sus dedos y se acercó hasta ella con pasos lentos.

—América. Qué bonito nombre. Me hubiera gustado no haber tenido que descubrirlo de este modo, pero no soporto las personas maleducadas. Solo quería saber tu nombre, porque me encantaste desde el primer momento en el que te vi.

Ella empezó a moverse, pero sus esfuerzos no la traían a nada. Estaba inmovilizada.

—América… no sabía que un día te descubriría.

Cristóbal empezó a quitarse la ropa poco a poco, y solo entonces, la chica se dio cuenta de que también ella estaba desnuda.

¡Manzanas! (Juana Azurduy)

 

―¡Manzanas! ¡Quiero manzanas! Gertrudis, ¿dónde escondiste las manzanas?

Era caprichoso con ese tema y Gertrudis estaba cansada de servirlo. Por supuesto, Isaac jamás la tuvo en cuenta ni le dio un “gracias”. Cuando él gritaba así, ella salía disparada en otra dirección. Se escondía en alguna de las habitaciones de Woolsthorpe Manor hasta que todo estaba más calmo, y recién ahí salía.

No es que el hombre fuese insoportable, aunque lo era. Sino que cuando estaba sin hacer sus cálculos o cuando algún problema matemático no le salía, el mundo crujía con sus demandas y sus gritos.

Ya había perdido a varias mucamas y otros tantos empleados. Que la ropa, que mis libros, que los zapatos no están bien lustrados. Y por sobre todo, las manzanas. Ese antojo infantil de comer una manzana cada día de su vida era insoportable.

Y justo ese día, ella no logró escapar y tuvo que confesar que no había manzanas.

―Eres una blasfemia para la humanidad, mujer. Debería despedirte en este instante. Si no fuera porque…

Isaac respiró hondo, hizo un respingo y salió caminando al salón con sus cuadernos bajo el brazo. Gertrudis se quedó mirando el caminar de su amo y cuando se relajó tan solo un poquito, se escuchó el grito histérico del hombre:

―¡Quiero mis manzanas ya!

Y Gertrudis salió corriendo al pueblo para conseguir manzanas. Estaba tan desesperada la pobre.  Es que ella sabía muy bien que no habría manzanas en todo el pueblo. No era época de cosecha. Las únicas que quedaban eran para conserva o dulce. Ninguna como le gustaba al señor. Y llevarle manzanas pasadas, tampoco era una opción.

A pesar de saber de ante mano con qué se iba a encontrar, Gertrudis recorrió cada uno de los mercados. Caminó horas enteras buscando la preciada fruta roja y por supuesto, no encontró nada. En cada lugar el discurso era el mismo: “Señora, no es época de manzanas”.

Fue a otro pueblo y a otro más. En cada lugar era lo mismo. Incluso le ofrecían otros manjares a los que ella se negaba “Mi señor quiere manzanas”. Y así se encontró en un lugar desconocido.

Gertrudis se cuestionó si debía volver porque si no encontraba aunque sea una manzana el hombre seguro la iba a despedir. Entonces, ¿para qué intentarlo siquiera?

En ese dilema se encontraba cuando, ya cayendo la noche, se topó con un mercado. Si le preguntaban, Gertrudis no podría decir dónde estaba. Jamás lo había visto y casi que parecía una visión aparecida solo para ella. Más que eso, era una respuesta a las plegarias y a la necesidad de seguir teniendo un techo a donde volver.

Tanto era lo que había caminado, tan cansada estaba de rogar en todos lados, que cuando vio el cartel, aun sin saber leer, entendió que conseguiría las benditas manzanas.

Aunque no de la manera habitual.

Un enorme cartel de madera, una manzana tallada y pintada de rojo. Gertrudis se paró frente a la puerta y dudó de su suerte. Después de todo, si hacía memoria, jamás había sido una persona afortunada. Estaba sola en el mundo y el único ser humano que la cobijaba, a la vez la trataba muy mal. Así y todo, necesitaba ser agradecida, como decía Isaac. “Gertrudis, cualquier otro amo ya te hubiera echado a patadas”, y tanto repetirle lo mismo, la mujer se dio por creer que no valía ni un centavo.

Respiró hondo y entró al lugar. Al abrir la puerta sonaron unas campanitas y, como en un cuento de fantasía infantil, una mujer se materializó frente a ella. En realidad estaba oscuro y la mujer pudo estar en cualquier lado sin que Gertrudis se diera cuenta. Pero ahí estaban ambas, frente a frente.

Se miraron a los ojos. La joven tenía una mirada penetrante y unos ojos negros. Parecía una gitana y Gertrudis sintió que le hurgaba entre los pensamientos, como quien se mete en la cabeza y manipula la realidad. Entró en una especie de trance y en ese viaje, vio a Isaac anotando cálculos en su cuaderno. Lo más raro era que estaba feliz. Hacía tiempo que Isaac no tenía momentos de inspiración como esos. Justamente, esos accesos de enojo y capricho tenían que ver con una especie de estado depresivo por falta de ideas. Eso le faltaba: ideas nuevas.

Gertrudis lo conocía bien. Al fin y al cabo, era la única que había sobrevivido al carácter de ese hombre. Era un genio y eso estaba fuera de discusión. Pero no dejaba de ser un caprichoso y egoísta. Sin embargo, en esa visión estaba alegre. Con un brillo especial en los ojos. Se notaba que lo que estaba descubriendo era trascendental. Y seguramente, sería algo importante para la humanidad. Y como si lo extraño no tuviera límites, en la visión había un enorme árbol de manzanas que brillaba: era el árbol del conocimiento, con total seguridad. Isaac tenía conocimiento y manzanas, todo en un mismo sueño místico.

La gitana de la tienda chasqueó los dedos y la visón se evaporó. Enseguida la oscuridad reinó otra vez, y Gertrudis quedó muda, sin entender qué había sucedido. Ahora que miraba bien, la mujer no era tan joven ni sus ojos tan negros. ¿Sería que al final todo fuese un truco barato? ¿Un estímulo a sus emociones y deseos, quizás? El encantamiento se había ido de verdad.

―¿Qué darías a cambio?―preguntó entonces la mujer y Gertrudis enmudeció aún más que antes.

Gertrudis salió del lugar y emprendió la vuelta a la casa de su amo. Varias veces miró para atrás tratando de entender qué había sucedido. ¿Tanto se podía delirar? Ya a esa hora y luego de semejante día, era probable. Tenía hambre y el cuerpo le pesaba, pero no había donde descansar.

Caminó gran parte de la noche. Por momentos casi a ciegas. Incluso pensó en quedarse en algún rincón, aunque fuese peligroso, tan solo para recuperar el aliento. Sin embargo, casi al amanecer, llegó. Con un sabor amargo en la boca se fue a descansar y solo pudo soñar con manzanas. Toneladas de ellas en la casa, en cada rincón, en los salones y en el jardín, esa planta iluminada por Dios, donde descansaba el señor. Feliz, y por sobre todas las cosas, inspirado. 

―¡Gertrudis! Ven aquí mujer. ¡Ven de una vez!

Los gritos de Isaac retumbaron por toda la casa. Había encontrado un frondoso manzano y estaba seguro que Gertrudis algo tenía que ver.  

―¡Gertrudis! Esto, ¿has sido tú? Si fue así, mereces la recompensa más grande del mundo. Las tardes que voy a pasar ahí…y ni hablar de las deliciosas manzanas. ¿Las has probado ya?

Isaac entró enseguida a la casa a buscar a Gertrudis.

―¿Te has escondido hoy? Tengo que contarte que mientras miraba tu obsequio, entendí porqué las cosas caen… Con solo mirar una manzana caer, ¡he descubierto la gravedad, Gertrudis! Y todo gracias a ti…

El genio de la física, que no entraba en su propio cuerpo de la felicidad, siguió buscando por todos los rincones de la casa, sin poder dar con la mujer. Tenía que encontrarla y abrazarla. Ella lo merecía después de tanto sufrimiento. Gracias a ella que había traído ese manzanero, había dado un enorme paso para la ciencia.

Siguió yendo de cuarto en cuarto, hasta llegar al de Gertrudis. Ahí se frenó. El decoro estaba por encima de la felicidad. No sería un genio que traspasara los límites prohibidos de la feminidad. Golpeó suavemente y esperó.

―Gertrudis…por favor. Sé que no he sido el mejor amo…te pido perdón por toda mi insania… ¡Gertrudis!

Con lentitud abrió la puerta y ahí la vio, acostada boca arriba, con una manzana sobre su pecho. Gertrudis ya no iba a contestar.