martes, 22 de septiembre de 2020

Atrapado en su destino (Ayante)

 El primero en llegar a la meta fue el joven Oedipus. Sus padres y cientos de espectadores aclamaban desde el graderío. Logró la medalla de oro para los suyos y estalló en júbilo la corte del rey en el palco de honor, así como todos sus súbditos. Caían de su frente gotas diminutas apelotonadas. Él reflexionaba. Habían pasado muchos años desde que decidiera entrenarse para competir en las olimpiadas. Por el camino, tuvo que saltar muchos obstáculos; renunciar a los pequeños placeres y regocijos a los que tienen acceso otros mortales; sacrificarse en pro de su carrera. Pero ahora recogería los frutos. Al fin lograba alcanzar su objetivo. 

 

      Oedipus se arrodilló y, con los ojos desencajados, miraba al cielo. Sus perseguidores, habiendo cruzado también la meta, levantaban polvo en derredor de su figura al pasar trotando, aminorando la marcha sin detenerse. Sus ojos se tornaron blancos. Su pulso temblaba mientras la algarabía crecía y crecía sin cesar. En sus mientes todo circulaba a la velocidad de la luz. Una voz ronca y profunda irrumpió entonces en su pensamiento: —volver a empezar es tu única meta... —decía.

 

           El joven, exhausto, mordió el polvo. Tal fue el golpe, que perdió varios incisivos. Se lo llevaron los servicios de urgencias. Despertó por completo dos días después y aún somnoliento, dijo a sus padres haber tomado la decisión de irse al extranjero para afianzar, quizá, alguna otra dedicación más allá de sus dotes deportivos.

—Madre: con el dinero que he ganado, tendré suficiente para iniciar una nueva vida. Tienes que comprender que es algo que necesito. Llevo meditando esto mucho tiempo... Cuando terminé la carrera lo vi claro. Debo iniciar una nueva andadura. Os escribiré a menudo, lo juro. Vendré todos los años. Padre: ¿recuerdas que siempre me decías que las estrellas brillan porque no se detienen?

—Lo recuerdo, hijo.

—Pues debo brillar. Os quiero y por ello debo brillar.

—Lo comprendemos, hijo. Te echaremos mucho de menos...

 

          Tuvieron emotivos abrazos tras la recuperación del atleta. Su madre preparó   pastel de ciruela para despedirlo. Es su favorito. En casa, todo quedó más grande sin Oedipus. Ambos viejos, lo despidieron en la estación. Tuvieron una larga charla llena de incertidumbres tras su partida. Recuerdan con cierto temor, que aquella criatura apareció en sus vidas cuando la soledad los devoraba.

—Tal vez debimos habérselo dicho, querido...

—¿Para qué? Es nuestro único hijo, eso no cambiará nunca.

 

          El tren llegó a su destino. No tardó, el joven atleta, en encontrar un enclave adecuado para vivir de forma provisional mientras ordenaba sus ideas. Pagó seis meses de arrendamiento. Adquirió un sillón de tres plazas, muy cómodo, y lo colocó delante de un ventanal de doble hoja que daba luz a la estancia, en el salón de estar. Al otro lado se divisaba, abajo, un jardín florido. Era privado. Oedipus no tardó en percatarse de que allí regaba y cuidaba las flores una hermosa mujer de pelo negro y anchas caderas. Cada mañana la espiaba desde un lateral del ventanal, mientras sujetaba y tomaba su café. Se convirtió tal cosa en una rutina, igual que el salir a buscar trabajo sin éxito, o leer el periódico al atardecer.

 

          Aquella mujer morena sufría de insomnio. Algunas noches salía al jardín mientras su cruel marido roncaba. Fumaba cigarrillos largos y el vientecillo nocturno acariciaba sus piernas bajo el camisón. La tarde en que el atleta Oedipus encontró trabajo fue a celebrarlo. Se bebió él solo media botella de ginebra mientras disparaba dardos en un viejo antro de la calle paralela. Al pasar junto al jardín, llamó su atención el olor a dama de noche y tabaco. Se percató, mirando entre las rendijas, de que la mujer que a menudo espiaba por su ventana estaba allí sentada, sola. Tuvo el impulso de llamar su atención. Y lo hizo:

—Hola... Vivo aquí al lado.

—Hola... No sé quién eres, pero tu carita de ángel me transmite confianza.

 

          Rápidamente, se dio cuenta, tras una breve conversación, de que la mujer que observaba con ojos ardientes tenía algún tipo de trastorno. Pero eso despertaba más aún su curiosidad y su lascivo discurrir. Cambió su rutina. En lugar de espiarla, ahora saldría todas las noches a pasear junto al jardín para intentar encontrarse con ella. Y ella, atenta cada noche, lo recibía. Se compró incluso nuevos blusones, sensuales y diminutos. Era consciente de que un joven así, atractivo y esbelto, no se interesaría por ella tan fácilmente, una mujer que le doblaba en edad y no tenía relaciones sociales en absoluto.

 

          Las palabras que intercambiaban poco a poco fueron acercándose hasta que ambas bocas se juntaron una madrugada, entre los barrotes del enrejado. Oedipus saltó, haciendo gala de su magnánimo estado de forma.

—No sé tu nombre, mujer, pero sé que necesito amarte— le dijo mientras acariciaba con extrema excitación sus piernas. Cayeron a la húmeda hierba.

—Mi nombre es Yocasta...

 

          Noche tras noche, los amantes se encontraban. Él, posaba desnudo cuando ella se lo permitía, a sabiendas de que su marido estaba de viaje. Como una escultura griega, lucía sus atributos entre jazmines y coníferas. Ella retozaba cual tierna manceba y lamía su falo hasta que se endurecía. El atleta la embestía con todo su potencial. Yocasta, a veces sumisa y otras dominante, supo seducirlo profundamente.

 

          En una ocasión, algo rompió la rutina. Oedipus salía saltando la valla como casi siempre, cerca de las cuatro de la mañana. Y se encontró de frente con un hombre uniformado, de estatura media y ojos de asalto.

—¡Hijo de puta! ¡Te voy a matar!— dijo el tipo al ver saltar al muchacho.

—Sal de mi camino, aparta. Ni tus armas ni tus emblemas podrán detenerme. Soy  maratoniano y tú un general despreciable que no sabe reinar ni en su propia casa.

 

          La batalla era inminente. Layo, que así se llamaba aquel hombre, que estaba casado con la morena de anchas caderas, sacó de su funda una pistola. De nada le sirvió. El joven Oedipus fue raudo y le propinó un puñetazo en la mejilla desviando sus brazos. Y el arma cayó al suelo disparándose sin blanco alguno. Los siguientes golpes lo dejaron inconsciente. La sangre dibujó un río que nacía de los oídos de Layo y desembocaba en una alcantarilla próxima a la disputa. Cuando Oedipus se dio cuenta de que lo había matado, quedó paralizado. De rodillas, igual que en aquella ocasión ante el graderío, tuvo la misma sensación. Una voz le susurraba adentro: —volver a empezar es tu única meta.

 

          A la mañana siguiente, despertó sobresaltado. Se había quedado dormido en el sillón del salón de casa. Sus manos y su camisa estaban manchadas de sangre ya seca. Tuvo que limpiar todo y ducharse varias veces. Pasaron dos días tras el incidente. Se había recluido en casa, aturdido. Sonó la puerta. Era el cartero. En la misiva, pudo leer una trágica noticia: su padre había fallecido. No podía creerlo. Apenas hacía un año de su marcha.

 

          “El postrero atardecer nos espera siempre”, escribió en una nota y, antes de irse para asistir al funeral de su padre, la introdujo en el buzón de la casa de Yocasta. Ella no estaba en ese momento. Precisamente, presenciaba cómo enterraban al hombre que una vez la desposó. En mitad del funeral no se pudo contener y estalló. Sufrió una crisis nerviosa:

—¡Bastardo! ¡Perdí a mi hijo por tu culpa! ¡Púdrete en el infierno!— gritaba Yocasta ante las atónitas miradas de los asistentes.

          Un amigo de la víctima intentó calmarla. Ella confesó que su difunto marido,  Layo, dio a su único hijo en adopción. Que nunca nadie supo de él.

 

          Mientras, lejos de allí, tras la ceremonia por la muerte de su padre, Oedipus era informado por su madre de que sus verdaderos padres lo dieron en adopción veinte años atrás. Él estaba consternado. Se giró, serio, cabizbajo por una vez en la vida. Y volvió a sentir la voz ronca y profunda de su desvarío: —volver a empezar es tu única meta...— decía.

—He permanecido ciego durante harto tiempo. Ahora quiero abrir los ojos y encontrar a mis padres biológicos— dijo a su madre adoptiva.

 

          El chico regresó en busca de Yocasta. Le contó que deseaba encontrar a sus verdaderos padres y que quería contar con ella; que la amaba. Y ella le contó que Layo había sido asesinado. Que no habían dado con el asesino todavía.

—Mi padre adoptivo me ha dejado en herencia un capital inmenso. Viviremos como reyes, querida Yocasta.

—Oedipus: debo decirte algo más importante que todo lo acontecido hasta la fecha en nuestras vidas. Estoy embarazada...

 

          Pasó el tiempo, ligero como la brisa. Cuatro hijos fueron concebidos y todo parecía seguir un orden establecido, calmo y recto.  Pero el destino atrapa a todo el que lo mira. Y la voz ronca y honda que acosó en el pasado al joven Oedipus, volvió para gritarle insistente: —¡Edipo, maldito y despreciable ser! Tu madre es tu esposa. Has profanado a la mujer que te dio la vida y derramaste la sangre de tu padre. Sin piedad lo mataste—. Y dicho esto por el propio Oedipus en mitad de un trance, y escuchado por Yocasta, se hizo un silencio atroz y denso; angustioso. Ella, se ahorcó. Él, se arrancó los ojos con sus propias manos.

Segundo advenimiento (Ewateam)

 Han pasado cinco meses desde que le dimos la noticia y hoy es el primer día en que ha dejado de escribir, de forma convulsiva, en esos diarios. Tal vez saber que en pocas horas le van a trasladar, para ser juzgado, a Núremberg ha sido la gota que ha colmado el vaso.

Al igual que he hecho en los últimos ciento cincuenta y seis días observo, con detalle por la pequeña compuerta que hay en la cancela que lo separa del mundo libre en busca de algún indicio de amenaza. Hoy, como la mayoría de las veces, nada parece indicar que vaya a intentar suicidarse otra vez.

Sentado de frente hacia la puerta, sus manos descansan sobre la mesa de pino que está manchada por los rastros resecos de la tinta que dejó su pluma en los pocos instantes en que su febril mente no encontraba la forma de plasmar sus ideas. Permanece con la cabeza erguida mirando, creo, que en mi dirección. No puedo asegurarlo ya que sus ojos están enterrados en las sombras que su cabeza, marcadamente cuadrada, genera al ser golpeada, desde atrás, por la luz de la luna que se cuela por la ventana plagada de barrotes.

Delante de él, sus cuadernos, más de veinte, están colocados sobre la mesa formando una pirámide perfecta. Vestido con un simple traje de pana, lejos quedan los días en los que llevaba puesto el uniforme nazi con orgullo y soberbia. Ahora solo es un simple prisionero esperando que la justicia caiga sobre él.

Agarro el pomo de la ventanilla y me dispongo a seguir con mi ronda, aquí en el Maindiff Court Hospital, cuando de pronto, no sé cómo, él, Rudolf Hess, ha llegado hasta la puerta y coloca su mano de tal forma que no puedo cerrarla. Sus ojos, encendidos con la llama de la urgencia y la ansiedad me miran, sin vergüenza, a través del mínimo espacio libre que queda.

—Buenas noches, soldado. ¿Tiene un minuto para mí?

Yo, perplejo por su desfachatez, tardo unos segundos en reaccionar.

—¡Aléjese de la puerta! ¡Sabe que no puede hablar con nadie!

—Mi querido guardián, he visto como me mira todas las noches y sé que le pica la curiosidad. No hay duda de que quiere saber el contenido de esas hojas que descansan tras de mí. Si de verdad lo desea, ahora es el momento. Luego será tarde.

—Está usted muy equivocado. No tengo el menor interés en lo que un loco genocida ha escrito en sus largas horas de soledad.

—Pues debería. Al menos alguien debe oír y creer la verdad. Sabrá que me he reunido con el duque de Hamilton y con el sr. Kirkpatrick, pero digamos que dichas conversaciones no han sido todo lo fructíferas que deberían haber sido. Ha de saber que intenté, al ver que esos dos personajillos no me hacían caso, que viniera el mismísimo Churchill, pero se ve que tiene otras cosas más importantes que hacer. Así que solo me quedas usted.

—Quite la mano. No quiero rompérsela.

—Lo haré si me jura que no le interesa saber qué es lo que le ha pasado a Hitler.

—Yo le diré lo que le ha pasado. Está muerto. Se suicidó en su bunker antes de permitir que los rusos lo cogieran vivo.

—Qué ingenuos sois. ¿Por qué cree que vine yo solo a Inglaterra? Lo hice para avisar de lo que se avecina. Y ninguno de los que le mandan a usted quiere escucharme. Hitler no está muerto. Se les ha escapado.

—Esa historia fantástica ya me la sé. No sé como ha llegado hasta usted, aislado como está, la absurda teoría de que Hitler se ha ido a Sudamérica, pero ya le digo yo que es mentira. Está muerto y enterrado.

—¿A Sudamérica? No he oído disparate más grande en mi vida. ¿Qué infiernos haría Hitler en Sudamérica? No, él se ha ido a un sitio más lejano e inaccesible.

—¿A dónde? Si puede saberse.

—Paciencia, paciencia, todo llegará. Creo que desde el momento en que cruce estas puertas para que me lleven al juicio propagandístico que tienen preparado, mis posibilidades de tratar con gente se van a ver reducidas de forma drástica. Déjeme que disfrute un poco. ¿Qué sabe de las “Wunderwaffen”?

—Lo que todo el mundo. Que los nazis os creísteis capaces de crear unas armas milagrosas con las cuales ganar la guerra sería un juego de niños. Por lo que sé, ninguna fue determinante y si me apura, la mayoría fueron sonoros fracasos.

—Cierto. Lo que nadie quiere escuchar es que el problema no fueron las armas. No, lo que impidió nuestra victoria fue que no supimos entender aquello que se nos ofreció.

—No lo entiendo.

—Es lo que he intentado explicar a sus superiores, pero no me creen o no quieren creerme. Y ahora ya es tarde. El reloj ya está en marcha y la desaparición de Hitler fue la mano que dio cuerda a la cuenta atrás que llevará a la humanidad a la extinción. Esa fue la razón por la que volé desde Alemania hasta Inglaterra. Cuando comprendí la verdad y entendí que pasaría si no deteníamos a mi Fuhrer, fue lo único que se me ocurrió. Pero todos piensan que estoy loco y no lo estoy.

—No comprendo nada de lo que me dice y es hora de terminar la charla. Recoja sus cosas, en breve vendrán a por usted.

—¿Usted tampoco quiere saber? Creí que alguien no corrompido por la política y la revancha podría escuchar y recordar. Hacerlo, tal vez, le convierta en el salvador de este mundo. Por favor, présteme tu atención solo unos minutos más. Será muy rápido y esclarecedor.

No tengo intención de perder más tiempo, pero algo en sus ojos me impide largarme de allí. Aunque hay súplica en ellos lo que clava mis pies al suelo es el miedo que pugna por salir de sus entrañas a través de su mirada.

—Está bien, cuénteme. Soy todo oídos.

—Verá, todo comenzó con el viaje de Ernst Schäfer al Tíbet. Allí encontraron unas reliquias sagradas que, en un principio, parecía que no iban a significar nada más que simples baratijas esotéricas con las que entretenerse durante algún tiempo. Pero al traerlas a Berlín, en un conclave de la Ahnenerbe, Maria Orsic presente allí gracias a su especial relación con Heinrich Himmler, entró en trance y, según los testigos, poseída por espíritus lejanos y arcanos, comenzó a recitar extrañas canciones que relataban como llegaron a la tierra unos seres provenientes de una estrella, Aldebarán, que está a más de sesenta y cinco millones de años luz de nosotros, para librar una batalla a muerte con otros seres cósmicos provenientes de la constelación Auriga. El enfrentamiento lo ganaron estos últimos quedándose la Tierra como premio. Desde entonces sus descendientes, el pueblo judío, dominan, desde las sombras, el destino de todos nosotros. El error que cometieron los vencedores fue no aniquilar a todos sus enemigos. Algunos consiguieron sobrevivir, escondiéndose en el Himalaya, dando lugar a la raza aria. A partir de ese germen fueron creciendo a la espera de poder asestar el golpe definitivo que acabase con sus ancestrales enemigos. Es por eso que escondieron sus conocimientos y sabiduría en el Tíbet para usarlos en la batalla final. Y ese momento llegó, según Hitler, cuando esa herencia cayó en sus manos.

—Vaya sarta de sandeces. No hay británico que no se haya mofado de las locas creencias de vuestro Führer frente a un par de pintas. Solo un loco se creería algo tan descabellado.

—Tienes razón, alguien cuerdo e ignorante de la verdad cósmica que nos rodea, viviría feliz en su anodina y falsa vida. Pero yo he estado allí, he visto en que se han convertido las enseñanzas que nuestros antepasados nos legaron. Es cierto que las armas que nos deberían haber dado la victoria no han funcionado pero lo que ni tu gobierno ni nadie quiere entender es que eso no es lo más peligroso que obtuvimos de esos seres celestiales. Lo que quise advertir al resto del mundo con aquel aparente vuelo sin sentido es lo que descubrí un día en el despacho de Hitler.

—¿Qué descubrió?

 —El as de la manga de mi Führer. Su plan maquiavélico para triunfar aun en la derrota. Allí, escrito de su puño y letra, estaba la ubicación de un portal, traído desde el Tíbet, que enlazaba la Tierra con Aldebarán. Lo tenía escondido en sus aposentos del bunker bajo la Cancillería. Un portal que solo podía ser usado una vez y en una sola dirección.

—¿Me está diciendo que Hitler no murió y que se fue a otro planeta? Mejor. De una manera u otra, ha desaparecido de nuestras vidas.

—No le hacía por un estúpido. Piensa igual que sus superiores. Nadie es capaz de ver más allá de lo obvio.

—¿Y qué es lo obvio?

—Que el mundo debería haber dejado a Hitler conquistar Europa y ayudarle a exterminar a los judíos, a esos malditos descendientes de seres de otro planeta.

—¡Jamás se habría aceptado eso! ¡Está usted tan loco como lo estaba Hitler!

—Veo que usted tampoco lo entiende. Si Hitler hubiera conseguido sus objetivos, habría reinado, tranquilo, en su imperio ario y no habría utilizado la puerta para escapar a Aldebarán.

—Sigo sin ver el problema.

—Ni usted ni su gobierno. Imagine a Hitler llegando a un planeta habitado por unos seres con un poder tal que ni siquiera podemos imaginarlo. Seres que durante milenios no tuvieron noticias de aquellos que vinieron hasta aquí y de pronto se enteran, de boca de uno de los oradores más convincentes e incendiarios que ha existido, de que los descendientes de sus enemigos no solo siguen vivos, sino que los vencieron y que ahora son los dueños de un planeta maravilloso y fértil. ¿Qué cree que harán? Vendrán, capitaneados por el Führer, como una nueva Wehrmacht endiablada y enloquecida que acabará con todos. Nadie escapará de su furia. No habrá lugar donde esconderse.

—Todo lo que dice son patrañas. Cállese y prepárese para el traslado.

Al oír mis palabras, una furia irracional se apodera de Hess y se lanza como un poseso contra sus cuadernos y empieza a romperlos con las manos y con los dientes. Ante tal ataque de locura, llamo a mis compañeros mientras abro la puerta.

Entre cuatro nos cuesta un mundo reducirle. Tras conseguirlo y mientras mis compañeros lo atan con firmeza veo que no se ha salvado ninguna de sus notas. Mientras recojo todo lo que está esparcido por el suelo comienzan a sacarlo de la celda. Levanto la vista en el último segundo y Hess me mira antes de desviar su atención hacía la noche cerrada que está a mis espaldas.

—Volverá —vocaliza sin voz. Y el temor se adueña de nuevo de él mientras, sin poder evitarlo, un escalofrío recorre todo mi cuerpo.

Un trago de vodka (Ubiksolar)

 

Colgó el teléfono y se quedó pensativo. El calor húmedo de la habitación hacía que el sudor recorriera su espalda y la camiseta se le pegara a la piel. Absorto aún en la conversación telefónica que acababa de mantener, esa sensación física le trajo de vuelta a la realidad, y observó la puesta de sol desde su ventana. La luz del atardecer reposaba sobre su cara y acentuaba sus facciones delicadas. Una piel blanca y sedosa, una nariz respingada y una bonita boca perfilada con labios rosados. Los ojos de color azul intenso eran herencia de su origen eslavo. Solo la espesa barba rubia de Ramón le daba a su hermoso rostro el aire viril que necesita la compostura de un hombre. .

***

Ramón y Marina, dos jóvenes rusos decididos a cambiar el rumbo de sus vidas, habían emigrado a México hacía ya diez años. Allí, instalados en Ciudad de México, vivieron los dos años más felices de su matrimonio; los recuerdos de aquellos días inundaban aún a Ramón. Poco después, la depresión se había adueñado de su salud, y, de manera intermitente, a lo largo de los últimos años, Ramón había recibido tratamiento psiquiátrico hospitalario.

La primera vez que Ramón volvió a casa después de un ingreso en el hospital, notó a su mujer distinta. Aunque preocupada como siempre por el estado anímico y físico de su marido, las muestras de amor hacia él eran cada vez menos frecuentes. Pronto, el intenso deseo sexual que les había unido se transformó en un dulce cariño.

***

Oyó un portazo y reparó en que habían pasado diez minutos desde que había hablado por teléfono. Era Marina que, como cada tarde, volvía del trabajo a la misma hora. Ramón se fue a la ducha y se vistió de sport. Antes de salir de casa le dijo a su mujer que se encontrarían en la cafetería El Fresco de la calle Callao, el lugar a donde iban todos los miércoles. Aquellas reuniones semanales eran aún una de las pocas actividades que al matrimonio le gustaba compartir. Allí, se reunían con otros emigrantes soviéticos que, unidos por la distancia y la nostalgia, mantenían un acuerdo tácito para no comparar sus vidas pasadas con un presente tan distinto, tal vez, no más feliz. Compartían vivencias actuales que disipaban sus recuerdos de juventud, al menos, durante una vez a la semana.

En la cafetería, mientras que Ramón charlaba con un compatriota, su mujer estaba hablando con un hombre de pelo canoso, de, aproximadamente, sesenta años de edad. Marina no participaba en la conversación más que con algún monosílabo y movimientos de cabeza para asentir, regularmente, a lo que su interlocutor decía.

       Al cabo de un rato, Ramón se quedó solo. El cansancio le vencía y decidió marcharse a casa sin decir nada a su mujer. Mientras caminaba, iba pensando en la conversación telefónica que había mantenido con Alexei aquella mañana. Su amigo le había ofrecido ayuda y le había repetido que su estado de ánimo cambiaría si acababa con aquella situación. Cuando llegó a casa se acostó y se durmió pensando que ya no volvería a aquellas reuniones semanales.

***

Temprano se reunió con Alexei para ultimar los detalles; estaba nervioso y con el ánimo hundido. Había llegado el momento. Durante mucho tiempo, creyendo que Alexei acusaba a Marina de infidelidad porque envidiaba la vida en pareja del matrimonio, Ramón había negado lo que su amigo le contaba. Hasta que una tarde vio a su mujer con un hombre en actitud cariñosa en su propia casa. La escena le hizo sentir que el corazón se le punzaba y, derrotado, salió de la casa en silencio. Se detuvo en la puerta, y, después de unos minutos, miró al interior a través de una ventana. Pudo ver que el compañero de su mujer era de edad madura, y que tenía el cabello salpicado de canas, un bigote ancho y una perilla que acababa en punta. Era el mismo hombre con el que Marina había estado hablando el último miércoles que habían estado juntos en El Fresco.

***

Era tarde de miércoles, y Ramón le dijo a su mujer que no iría a El Fresco, ella no le preguntó por qué y se marchó sola. En casa, Ramón, sintió otra vez aquella sensación de calor sofocante, el ventilador de techo no era suficiente para mitigarlo. Se preparó para salir, cogió su mochila y a las nueve de la noche se dirigió hacia la calle Callao, había tormenta de verano y llovía granizo. Cuando llegó a la puerta de El Fresco estaba mojado, y sin quitarse el impermeable entró con la capucha puesta. Vio a su mujer y a su amante conversando en una mesa alta de una esquina de la cafetería. Se acercó a un tramo de la barra cercano a ellos y pidió un vaso de vodka. Notó que Marina no había reparado en su presencia. Sigilosamente, se acercó a ellos e introdujo la mano en su mochila para sacar un instrumento punzante que clavó en la sien izquierda de él. La sangre salpicó el rostro de Marina, y ésta comenzó a dar gritos de pánico mientras su acompañante se desplomaba del asiento. La gente se agolpó alrededor del herido tendido en el suelo y la alarma se estableció en el local. Ramón salió sin ser visto.

***

En el asiento del avión, Marina leyó la nota que había encontrado en su cartera cuando fue a sacar dinero para pagar el café: “Mi muerte nos separa ahora, la tuya nos unirá para siempre. Ramón, tu marido”. A continuación arrugó el papel y lo depositó en el vasito de plástico que contenía aún un poco de líquido, y, poco a poco, la nota se fue mojando hasta quedar completamente empapada.

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22 de agosto de 1940

León Trostki, el líder político soviético y exiliado en México, ha fallecido a manos de Ramón Mercader, un hombre de cuarenta años de edad, nacionalidad ucraniana y descendiente de abuelos catalanes. El hecho se produjo en el interior de la cafetería El Fresco sita en la calle Callao cuando el asesino atacó al político por la espalda, clavándole un piolet en la sien que le produjo la muerte. A las pocas horas de lo sucedido, se encontró el cuerpo sin vida de Ramón Mercader, y todos los indicios apuntan a que se trata de un suicidio.

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          Después de leer el resumen de la noticia en el Diario Oficial de Ciudad de México, Marina dejó el periódico en la bandeja junto al vaso de café. Cuando la azafata pasó para retirar la basura, recogió la bandeja y la tiró a la papelera. Se colocó un cojín en la nuca y antes de disponerse a dormir dio un beso en la mejilla a Alexei mientras le decía: “Te amo, José1”. Faltaban dos horas para llegar a Ucrania.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

1 José era el nombre con el que Marina se dirigía en México a Iósif Stalin.