jueves, 5 de noviembre de 2020

La estación (Byronde Poe)

 

 El cementerio a esa hora apenas si tenía visitantes. Sus calles semidesiertas solo eran recorridas por varias personas que con sus miradas teñidas de tristeza y nostalgia buscaban a sus seres queridos. Dos mujeres octogenarias acercaban una escalera con ruedas  hacia el nicho de un hombre, que se encontraba en la parte superior del muro de tumbas. Una de ellas llevaba un ramo de flores y subía con dificultad los peldaños. Sus ojos azules velados por los años se detuvieron en el sepulcro, no pudo evitar que la pena le asomara por los lagrimales. Su compañera la miraba en silencio mientras sujetaba la escalera con fuerza. Con una de sus manos acarició con ternura la foto del hombre que presidía el mármol frío. Murmuró algo que apenas fue audible y muy despacio depositó las flores en una maceta de la tumba.

─¡Señora!, ¿qué hace usted ahí? ¡Es la tumba de mi padre!−Le advirtió un muchacho joven que se acercaba desde el principio de la calle.

Las mujeres se exaltaron sorprendidas y no supieron contestar.

─¡Bájese de ahí!−Le ordenó con voz autoritaria−. ¡Por favor, no sé caiga!

La anciana bajó muy lentamente los escalones, con una de sus manos se secaba las lágrimas. El chico la esperaba al pie de la escalera y la ayudó a bajar.

─Creo que me debe usted una explicación.

Ella le miró con sus ojos de cielo y se atisbó una tímida sonrisa en sus arrugados labios. Aquel muchacho se parecía tanto a él.

─He visto una cafetería cerca−comenzó la mujer−. Si no te importa preferiría hablar allí… Es una historia larga y yo estoy tan vieja que me canso fácilmente…

   Se sentaron en uno de los rincones del bar, el aroma a café recién molido flotaba en el aire como una nube invisible que invitaba a la conversación. La anciana removía una y otra vez su descafeinado. Su amiga y el chico esperaban pacientes que comenzara la narración.

 

   ─El pitido del tren resonó en la estación mientras se alejaba cargado de pasajeros y esperanzas. Yo  desde el andén miraba de un lado a otro, descolocada. La gente iba y venía inmersa en su tiempo y en sus vidas. En una de mis manos llevaba la dirección del piso donde me tenía que alojar y el contrato de trabajo en la fábrica de puros de Essen, Alemania. En la otra, la maleta de madera que me había prestado mi tío José… Era la primera vez que salía de mi pueblo, tan lejos, en el sur de España, de aquel frío lugar donde hollaba. Lo único que me apetecía en aquellos instantes era llorar. Estaba aturdida, desorientada. Fue entonces cuando le vi por primera vez… Tu padre era un hombre guapísimo, ¿me permite tutearlo, Daniel? Rubio, bien plantado. Con unos ojos que parecían dos mares turquesas en la más infinita de las calmas y una sonrisa que se me clavó aquí−dijo señalándose el pecho−. Y aún hoy no he podido olvidar… Me quedé completamente petrificada mientras se acercaba. Cuando se plantó a escasos metros de mi, se quitó la gorra y volvió a sonreírme. Yo le miré de arriba abajo y me ruboricé.

─¿Española, no? Déjame aventurarme, ¿del sur, a qué sí?−Me preguntó con todo el descaro del mundo.

No supe contestarle, solo mirarle como una boba.

─¿Qué pasa, te ha comido la lengua el gato?

─¡Estoy más perdida que un niño en una feria!−Es lo único que pude decirle, aún más colorada.

─A ver esos papeles. ¡Anda, si vas a trabajar en la misma fábrica que yo! Tu alojamiento está dentro del recinto−Exclamó con entusiasmo−. ¡Si nos damos prisa aún podemos almorzar algo en el comedor de la empresa, no son los potajes y guisos de nuestra querida Andalucía, pero tienen buenas carnes!

Me quitó la maleta sin pedir permiso y con el brazo me indicó que le siguiera.

─Por cierto, me llamo Juan Diego.

─Milagros−Susurré.

 

   Milagros se quedó un buen rato mirando su café, parecía que el poso le mostraba todas las vivencias. Sin darse cuenta sonrió y mientras lo hacía levantó la cabeza de la taza. Daniel cruzó sus ojos con los suyos, pero ella nos lo bajó. En aquel momento una tristeza enorme la abordó… Aquel siempre había sido su sitio, en la sombra. Él no pudo o no quiso darle más, pero no le culpaba. Desde el principio fue claro con ella. Aquel chico podía ser su hijo, pudo serlo… En cierto modo no le importaba en absoluto lo que pensara de ella, que la juzgara. Estaba de vueltas de todo y aunque aquella historia dejara fuera de lugar al muchacho, era su historia, su vida.

 

   ─El trabajo en la fábrica era duro, para que nos íbamos a engañar−continuó con su historia─. Las empresas teutonas contrataban mano de obra barata de una España devastada por la posguerra. Y aunque el régimen se había abierto al exterior la pobreza aún sobrevolaba sobre los pueblos de iberia. Para nosotros, los españolitos de a pie, fue una oportunidad salir del país, por muy duro que fuera abandonar nuestros hogares… Tu padre, Daniel, siempre se las ingeniaba para hacerme una visita en mi sección de trabajo. Llegaba con su sonrisa zalamera y a escondidas me daba caramelos de toffee.

─¡Para que te endulces la mañana, rubia!

Nuestro primer beso fue entre maquinas que no cesaban en su ritmo constante y el aroma a tabaco. Su boca sabía a café con leche y mi piel se erizó; mi cuerpo se elevó, planeando por Alemania entera… Él me pidió disculpas al instante, pero aquello que había nacido entre los dos ya era imparable. Yo sabía la situación. Era un hombre casado, con hijos. Pero yo jamás había estado enamorada y solo quería sentir, dejar bogar mi corazón por aquellos océanos dóciles. No me importaba nada más.

 A tu progenitor, muchacho, le encantaba sorprenderme−La anciana en aquel momento detuvo la narración, en sus ojos fulgurantes, una luz limpia le donaba vida a aquel cuerpo vencido por el inevitable paso del tiempo−.  Recuerdo una tarde−continuó esbozando una media sonrisa−que una gran nevada nos dio una pequeña tregua. Él acababa de irse del piso que compartía con dos chicas extremeñas, a dos cuadras de su casa. Fui hasta mi cuarto a ponerme una rebeca, porque su ausencia siempre me daba frío en el cuerpo y en el alma. Rebusqué en el armario y me puse la prenda rodeándome con mis brazos. Mi cuerpo aún olía a él. Suspiré como una tonta y me asomé a la ventana. Una leve capa de vaho teñía el cristal helado. Con la mano derecha limpié el cristal y cuál fue mi asombro. En el pequeño descampado que había frente a mi piso, sobre la nieve había escrito: “Los ángeles son terrenales, uno está leyendo esto desde su ventana… Te quiero rubia”.

    Volver a tu país para la mayoría de los emigrantes que poblábamos Europa significaba un motivo de alegría. No hay nada comparable a volver a tu hogar después de muchos meses, incluso años. Porque la tierra siempre tiene esa atracción, como la gravedad que rige el espacio… Pero para mí cruzar la frontera significaba una gran desdicha. Todo volvía a la cruda realidad. Y solo contaba los días que faltaban para volver a la fábrica donde allí él era mío. De vez en cuando iba a visitarme a mi pueblo. Un día, dos. Trazos de tiempo que me dejaban la miel en los labios. Así pasaron cinco años.

 

   La cafetería se fue quedando poco a poco sola. El camarero limpiaba con destreza los vasos y tazas y las iba colocando sobre la máquina de café con soltura. Desde una radio difundían el noticiero con una voz pulcra y aplicada. Afuera había comenzado a llover.

─¡Tienes todo el derecho del mundo para reprocharme lo que quieras, Daniel! Pero ten en cuenta antes de realizar un veredicto que todo lo que hice fue por amor. Y tu padre, vive Dios, se dejó arrastrar por las mareas del querer. Somos culpables de haber obrado mal ante el mundo, seguro que sí, pero no para nuestros corazones.

 

─¡Yo no soy quién para juzgarla Señora, mucho menos a mi padre! No dudo de  lo que los dos tuvieron fuera sincero. Y viéndola a usted, Milagros, después de más de  60 años, hablar así de mi padre no me deja lugar a ambigüedades de lo que sentían el uno por el otro… Ahora solo puedo pensar en mi madre, si sabía algo de esta historia y si fue así porque lo dejó correr.

─Solo puedo decir una cosa. Tu padre era un hombre responsable, con el corazón dividido. Yo le veía sufrir porque sabía que tenía a tus hermanos, a tu madre, que para él era el pilar de su familia… Fui yo la que decidió acabar con nuestra historia. Después de varios años desde que retornamos del extranjero y no volvimos a emigrar viéndonos en clandestinidad. Días sueltos del mes, en el que teníamos que hacer birlibirloque  para vernos, después de un millar y una lágrima derramada con cada separación, después de todo…lo vivido… Aún conservo todas las cartas que él me escribió, supongo que las mías estarán escondidas al lado del pozo de vuestra alquería, donde un día me dijo que las leía y las guardaba. En el remite, mi nombre era Carlos, un amigo de Alemania… Ahí están reflejadas cada palpitación de mi pecho, cada sentimiento desbordado en tinta y papel.

El silencio se sentía en el aire cargado del bar. Tanto murmuraban aquellos silencios que no había palabras para describir aquella sensación. La amiga de Milagros la ayudó a levantarse, parecía aún más anciana en aquel instante. Como si al contar aquella historia hubiera soltado un lastre que no la dejaba volar.

─¡Vámonos, se hace tarde Milagros!... ¡Ha dejado de llover!−Dijo su amiga, que había estado en completo silencio en toda la conversación.

El muchacho se levantó al unísono y las acompañó hasta la puerta, las vio alejarse muy despacio en aquella tarde gris. No abandonó la entrada de la cafetería hasta que sus siluetas se perdieron calle abajo, entre la bruma que parecía nacer del suelo.

─¡No la digas nada a tu madre!−Le dijo momentos antes de marcharse, mientras se agarraba del brazo de su compañera−.De nada sirve remover el pasado, solo trae nostalgia y melancolía… y dolor−se detuvo en seco después de avanzar unos metros−. ¡Tu madre fue una mujer con suerte!

Regreso a la barra del bar y se pidió otro café. Había comenzado a llover de nuevo…

 

 

 

Fin

Debería estar prohibido(Tulipán Negro)

 

La poesía no quiere adeptos, quiere amantes.

Federico García Lorca

 



Debería estar prohibido salir a buscarte. Dejar la casa con el único fin de encontrarte con la espalda volcada sobre la pared mientras fumas un cigarrillo imaginario de papel y nubes. Abandonarla para encontrarte, dejarlo todo pero contigo, subir al monte de los caídos. Y si digo que no te busco, miento. Si rezo por las esquinas que no olfateo, rastreo y me pierdo en el bosque de tus ojos, también miento. Porque debería estar prohibido perseguir el aroma que desprendes a sueños y tierra. Y la luna de plata en lo alto.

 

Como un animal de carne, huesos y entrañas te busco. Suelo encontrarte, y eso aún más me desespera. Te hallo taciturno y sombrío, temiendo al alba, tocando el cielo. Apoyado sobre un pie descalzo encerrado en un zapato mientras el otro golpea incesantemente la pared. Yo me postraría ante esos pies, me arrodillaría y te desataría los cordones mientras tejes sueños de palabras hasta quedarme enredado en ellas, dormido entre tus poemas, tus romances y tus gitanos llenos de dientes.

 

¿Y por qué la luna está callada? ¿Por qué no ríen los gitanos? Porque yo elegí la ambigüedad y tú elegiste el viento en la frente. Yo decidí simplemente vivir; tú, además, soñar. Y cierras los ojos y sientes, Preciosa, el viento verde. Pero no corres, no huyes de su espada de fuego.

 

Cada día te asomas al pequeño balcón de la casa para que yo vea a lo lejos cómo te recuestas en la baranda sacudiendo el sueño. Y me vuelvo loco con el mecer de tu pelo y el comienzo de tu pantalón. Debería estar prohibido amarte como te amo: bajando cada escalón, surcando cada callejuela; preparando el café de la mañana y dando un paseo hacia el Sacromonte. Mientras me planteo tirarme por la ventana y cuando sostengo en la fuente el jarro. Incluso entonces te amo.

 

Aquella noche por fin te fijaste en mí. Fue en la tabernita de la plaza, donde reías con tus compañeros gracias y chiquilladas, pero en tu rostro se reflejaba una pena. Tus pómulos prominentes, tu frente ancha y el óvalo de tu cara intentaban sin éxito ocultar el desasosiego. Lo vi en tus ojos proféticos. Maestro de la chanza y el poderío, alicatador de promesas, confesor de braceros. Tus ojos intranquilos desmentían la sonrisa de tu pelo.

 

Teniéndote tan cerca, no pude menos que imaginar que esos labios carnosos recitaban suavemente a mi vera los poemas más oscuros; los deseos más blasfemos. Y fue entonces cuando me viste. Tuve que apartar la mirada, pues por entonces yo ya sabía que podías leer mis pensamientos y reconocer mis apetitos. Mi sorpresa fue mayúscula cuando, dejando la conversación, te viniste a mi mesa con el chato de manzanilla. ‹‹La noche no quiere venir››, murmuraste en tu caminar pausado. Yo disimulé y fingí no haber oído nada; solo te seguí con la mirada perdida.

 

Colocaste una silla enfrente y me preguntaste: ‹‹¿Por qué?››. Aunque a lo mejor te lo preguntabas a ti mismo. Yo no supe qué decir y tan solo sonreí como un tonto frente a un almendro en flor. Me miraste fijamente a los ojos, diste un trago y, acariciando la boca del vaso, comenzaste a contarme esta historia:

 

‹‹Una noche blanca y serena salí al patio donde los limoneros cantan aromas al caer la tarde. Su perfume embriagador me sedujo hasta tal punto que tuve que tumbarme en la hierba fresca, consiguiendo amilanar el calor del verano. La humedad aligeró mi angustia y, justo antes de cerrar los ojos, cuatro caballos blancos cruzaron frente a mí galopando en la noche. “Chifladuras”, pensé. Y dormí.

 

El calor era intenso en el sueño. Un calor palpable, tangible, más humano que del otro mundo, del que no sabemos nada. Más de acá, de donde los hombres son solo hombres aunque ansíen ser astronautas, acróbatas o poetas. Comencé a caminar por la explanada ocre que ante mí se presentaba, amplia como la mar en calma, y pronto comprendí que el verde se tornaba acero, los caminos de tierra era asfalto y el aire que respiraba, veneno. El alma se me hinchó para dejar constancia de mí mismo en semejante lugar donde todo desaparecía. Torres de acero, gigantes sin corona. Y, al caer la noche, el espectáculo comenzó. Luces por todas partes, pero luces muertas, no como las llamas de mis gitanos.

 

Una mujer venía a lo lejos cubierta de ceniza, con una corona de laurel en la cabeza y una túnica larga. Fue aproximándose hacia mí, mientras yo permanecía inmóvil sabiendo lo que venía a decir. Sobre la palma de su mano, una llama. Frente a frente, comenzó a mover los labios pero no emergió ningún sonido de su boca. Su rostro tampoco habló y se fue como vino, mirando al frente pero caminando de espaldas.

 

Yo no sé qué hacía allí, pero he decidido marchar a Madrid y, quizá, a Nueva York para presenciar por mí mismo que el hombre sigue siendo hombre pese a la modernidad y los nuevos tiempos. Poner de manifiesto que, pese a todo, el hombre todavía existe. Más tarde desperté rodeado de limones danzando en la cálida noche y fue entonces cuando entre los aromas dulces y ácidos, distinguí el guiso de mi madre. El olor de la carne cocinada con esmero y su chorrito de jerez. No hay mayor placer, amigo mío, que volver de un sueño y que la realidad lo supere››.

 

 

Federico volvió en sí con los ojos humedecidos, pero pronto su sonrisa cantarina volvió a inundarle el rostro. El olivo de su piel brilló más que nunca y, haciendo un gesto al dueño del local, pidió dos chatos más. Esa noche hablamos sobre el frío que se siente en el lecho vacío y de los paseos por la ribera del río. Yo me quité la corbata y él me quitó el sentido. Navajas a media noche, brillantes y relucientes; navajas calientes y en llamas cortando la madrugada.

 

‹‹¿Por qué?››, preguntaron sus cejas espesas temblando de risa. Todo aquello era una despedida. La idea de viajar se había afianzado en él y, por supuesto, marchaba a la gran ciudad. Me eligió para despedirse. Se despidió con un beso y una caída de ojos; con una sonrisa pálida y el viento verde ondeando en su sombrero.

 

 

Debería estar prohibido conocer tus hábitos, tus tiempos y rutinas; los pasos que hay desde el patio de tu casa a la mía. Saber que te gusta el rojo y que las legañas te sientan tan bien por las mañanas. Debería estar prohibido, en general, este amarte sin medida, este seguir buscándote y encontrarte ya solo en sueños. Porque te encuentro. Te dibujo. Trazo las curvas de tu perfil dorado en cualquier esquina, en todos los lechos. Aun cuando mis amantes duermen o miran fijamente al techo extasiados, yo te veo a ti. Sus ojos cansados y pequeños se vuelven de plata y sus mentones retraídos se enhiestan y me señalan. Ahí estás tú. Y dibujo el borde de tu boca una y otra vez hasta volver a besarla como la primera vez en esta fragua sin luna, en este verde sin mar.

 

Debería estar prohibido poder salir a la calle y no tropezar con nada, no sufrir ningún traspiés, que ningún visillo oculte los ojos de los vecinos y nada interfiera en mi caminar. Pasar por el lado de una mocita y, al extender el brazo, comprobar que soy transparente, que me voy apagando a medida que avanza el día. Y cuando ya casi he desaparecido, vuelvo a entrar en la taberna donde aquella noche me contaste que te ibas, y vuelvo a aparecer. Definitivamente, debería estar prohibido no poder vivir sin ti.

 

Y sé que volverás y serás otro. Un ser cargado de hastío pero de libertad todavía encendida. Aquí recordarás lo que es el canto, la tierra y la vida. Contarás de nuevo tus historias a un grupito de gente que te adorará al calor de las llamas. Y allí estaré yo, en primera fila como una sombra, porque no te acordarás de mí. Soy consciente del papel que jugué, de que fui tu regalo de despedida; el pasado que daba comienzo al futuro.

 

No repicarán las campanas de la iglesia a las cinco de la tarde. Serán los brincos de las campanillas de los mulos los que anunciarán tu regreso. Una leve brisa agitará los olivos y el aroma me contará que has vuelto. Eso me bastará para reír de nuevo, para volver a espiarte desde el balcón, para cruzarme contigo en la plaza y poder mirarte a los ojos sin que tengas que rendir cuentas. Y cuando vuelva a casa, soñaré que estoy de nuevo contigo. Tu estancia será breve y pausada, como la de un ánima que vuelve al lugar donde vivió, donde descubrió los colores por primera vez, donde un piano dormido todavía espera.

 

 

Debería estar prohibido el estruendo al alba y el canto del gorrión herido. Porque yo te vi aquella mañana alicaído sobre la baranda. Seguías preguntándote: ‹‹¿Por qué?››. Y yo te lo habría dicho: porque esto debería estar prohibido.

 

Amor a primera vista (Sauce en el agua)

 

El calor era insoportable en la región. Los perros callejeros se bañaban en las aguas verdosas de las fuentes y las personas bebían cerveza barata en los pórticos de sus viviendas. En los noticieros decían que las altas temperaturas estaban rompiendo récords y la tasa de desempleo también. Todo lo anterior me parecía un escenario tristísimo.

Aquella tarde, en la cafetería de don Juanito, yo bebía soda con hielos y leía una tira cómica para matar el tiempo mientras esperaba a papá, pero como siempre, a él se le había olvidado. Papá quedó de llevarme al lugar donde él es el jefe, según él para darme el regalo por mi cumpleaños número quince.

—Voy a cerrar la cafetería —me avisó Juanito—. No puedo tener encendido el aire acondicionado por un solo cliente.

—Aún es temprano, estoy esperando a alguien.

—Llevas esperando a ese alguien por más de dos horas. Yo pienso que ya no vendrá.

—¿Y ahora? No sé qué haré el resto de la tarde.

—Los muchachos de tu edad deben estar en el cine o divirtiéndose por ahí con sus novias. Son vacaciones de verano, hijo.

Me sentí deprimido y más solo que nunca. Mamá seguramente estaría encerrada en su habitación con su nuevo novio, haciendo cosas que no me quiero ni imaginar. Guardé mis revistas en la mochila. Juanito se desabotonó la camisa y me señaló la salida. Él tenía razón, papá ya no vendría por mí.

—Ya, ya entendí, adiós.

Las calles estaban desiertas y la luz del sol me lastimaba los ojos. Sentí las axilas mojadas. Me di prisa y tomé un atajo para llegar pronto a casa.

—¿Qué tal? —me saludó alguien, pero no vi a nadie a mi alrededor porque estaba encandilado.

Me adentré por una calle sin pavimentar que estaba rodeada de árboles.

—Hola, niño —dijo una voz angelical.

Me senté en un tronco caído, dirigí la vista hacia el final de la calle y observé a una mujer recargada en un roble, como si se estuviera escondiendo de alguien.

—Ven —me dijo, expulsando el humo de un cigarro electrónico.

Los tacones de sus zapatos de aguja se clavaban en la tierra.

—¿Yo? —Me fui aproximando lentamente.

—Acércate, no seas tímido. No muerdo, bueno, no siempre lo hago.

Ella usaba una minifalda negra que apenas le cubría una pequeña parte de sus torneados muslos.

—¿Tienes calor? —pregunté, admirando sus largas piernas.

La situación era extraña y no sabía qué decir.

—Soy nueva en la ciudad y no conozco a nadie. Vine a trabajar al burdel.

—¿Y qué haces ahí?

—Soy prostituta, claro.

—¡Ah!

—¿Quieres platicar conmigo? Será sólo un momento.

—No estoy seguro de que deba hacerlo.

Ella hizo una mueca como si estuviera disgustada.

—Así que eres de ese tipo de personas, de las que discriminan a las zorras como yo.

Ella era joven, alta, su cuerpo era trabajado como el de las mujeres que asisten al gimnasio a diario, los rasgos de su rostro eran finos: era simplemente hermosa.

—Perdón, es que nunca había hablado con una…

—Con una puta, por favor, ya dilo con toda la extensión de la palabra.

—Es que no tengo amigas, casi no charlo con mujeres… sólo con mamá.

Nos sentamos en el césped mientras ella guardaba su cigarrillo en un diminuto bolso.

—Yo puedo ser la primera.

—¿La primera? —Tragué una bola de saliva que parecía una pelota vieja de béisbol.

—Tu primera amiga, no seas bobo.

Sin pretenderlo miré su ropa interior. Ella sonrió, cruzó las piernas y me pellizcó la mejilla.

—Disculpa —dije.

—No te preocupes, suele pasar.

Seguimos platicando por un largo rato y las horas volaron. Ella me habló todo acerca de su vida, menos sobre su empleo en el burdel, yo le conté sobre mis asuntos, asuntos que a nadie le interesaban y ella me puso atención a todo lo que le dije, incluso más atención de la que me prestan mis papás. Nos confiamos nuestros secretos. Carcajeamos, luego ella vio la hora y de la nada derramó una lágrima que le llegó hasta la clavícula.

—Perdón, a veces me pongo melancólica. Hace rato tenía una cita, una cita de trabajo, pero no fui, no tenía ganas de nada ni de nadie.

No supe qué contestar y le tomé la mano. Me di cuenta de que ya estaba oscureciendo. Ella y yo teníamos mucho en común.

—Niño, ¿tú piensas que yo soy buena persona?

Cambió el curso de la charla. Ella no pretendía conversar sobre sus penurias.

—Estoy seguro de que lo eres.

—¿Piensas que soy hermosa?

—Muy hermosa.

—Eres raro, pero me gustas.

—Gracias.

Se deslizó un poco más, me besó la frente y colocó su brazo alrededor de mis hombros.

—Algún día deberíamos salir a tomar un café o a la playa, pero ahora tengo que irme. Mi jefe es un tirano. ¡Maldito sapo! A veces quisiera matarlo. De seguro vendrá a buscarme porque sabe que me gusta venir a este sitio. Me he ausentado y no le avisé.

Me sujetó del cuello, me besó en los labios con suavidad, se incorporó y se retiró.

—Adiós —le dije.

Escuché el ruido de un automóvil al frenar de golpe sobre la tierra. Era el coche del novio de mamá. Ella descendió.

—¿¡Dónde diablos te metes!?

Caminó rápidamente hacia mí, haciendo ademanes y gritando insultos.

—Esteban y yo te hemos estado buscando por toda la condenada ciudad.

—Estaba en la cafetería de Juanito, esperando a papá.

El novio de mamá nos miraba, sentado en el cofre de su coche descapotado.

—¡Vámonos ya! —ordenó mamá.

Me subí a regañadientes y me sentí afligido una vez más.

—Ya, mamá, no me digas de cosas enfrente de este señor.

El novio de mamá encendió el motor. Observé a la chica, ella estaba parada en el bulevar.

—Tu pequeñín andaba de caliente con una puta —dijo Esteban.

—¿Qué dices? —Mamá se quería volver loca—. ¡No es posible! Mañana le diré a su padre que lo lleve con el cura de iglesia.

—Sólo estábamos platicando.

La chica del burdel guiñó un ojo, me lanzó un beso y leí en sus labios decir:

—Nos seguiremos viendo, niño.

Y enseguida llegó una camioneta negra que yo conocía muy bien, papá bajó con cara de pocos amigos, le abrió la puerta a mi nueva amiga, ella entró y se perdieron de mi vista.